La peligrosa migración digital de los medios tradicionales

Publicado en Código Cba

Diciembre de 2020

Las plataformas digitales han aumentado de forma exponencial en la última década debido a la democratización de la banda ancha de internet, que, prácticamente, ha llegado a todos los rincones del planeta. En tan sólo algunos años, la televisión, considerada históricamente el medio de comunicación más poderoso del mundo, ha visto mermada sus fuerzas y perdido su potencial de alcance frente a los nuevos medios digitales que han surgido con la llegada de la red.

Uno de los casos más emblemático para analizar es la plataforma de YouTube; creada por tres exempleados de PayPal en 2005 y adquirida por Google un año más tarde. YouTube es el segundo sitio web más visitado del planeta sólo por detrás del motor de búsqueda Google. Con más de 500 horas de contenido por minuto que se suben a su plataforma y más de 2.000 millones de usuarios registrados –sólo por detrás de Facebook-, YouTube recibe unos ingresos anuales estimados en 15 mil millones de dólares. A estos impresionantes números hay que añadirle que, en el 2020, la plataforma le ganó la pulseada a su contendiente televisivo, puesto que, según las estadísticas de Google, los usuarios invierten alrededor de 84 minutos más de media general consumiendo contenido en YouTube que frente al televisor.

Desde sus inicios, la plataforma de videos fue un medio que favoreció todo tipo de formatos audiovisuales, desde vlogs, películas, videos musicales, documentales, cortos, entrevistas, contenido académico de divulgación, magazines, entre una larga lista de géneros. Por otra parte, si algo destacó en sus primeras etapas a YouTube, fue una amplia democratización del uso de su plataforma, sentido común y público heterogéneo. YouTube se encuentra disponible en más de 91 países y se encuentra perfectamente funcional en al menos ochenta idiomas distintos; lo que representa un 95% de la comunidad total de internet. Sin embargo, muchos de estos factores y características que fomentaban la libertad de expresión dentro de la comunidad se han ido recortando desde 2016 debido a los severos estatutos que rigen los derechos de autor y al interés de los gobiernos globalizados por legislar y controlar el contenido que circula por la red. 

Esta problemática se ha ido acentuando, sobre todo, por la inmigración a la plataforma de las grandes marcas y medios hegemónicos líderes del entretenimiento y de la comunicación, que han presionado a los desarrolladores y programadores para que YouTube sea más severa con los usuarios tradicionales en lo referente al uso de contenido de terceros.

La publicidad que circula en los videos de YouTube son la razón de ser del medio y de los creadores de contenido profesionales, que viven gracias a los ingresos que los anuncios les proporcionan. Pero, en los últimos cuatro años, el mundo ha dado un giro de timón y ha virado hacia sociedades cada vez más políticamente correctas, integradoras y mimetizadas las unas con las otras; lo que ha forzado a YouTube –mediante un cambio en sus algoritmos- a premiar los contenidos aptos para todo público, también llamados family friendly, mientras, por el otro, a castigar los contenidos no aptos para el público general; como aquellos que involucran contenidos racistas, antisemitas, opiniones políticas radicales o contenidos considerados ofensivos o sexuales. En otras palabras, el contenido audiovisual políticamente correcto y amigable con el prójimo es es el que quieren las grandes marcas y, por lo tanto, el que la plataforma incentiva a crear y compartir por la comunidad.

Las tendencias de megaplataformas como YouTube o como Facebook -especialmente a partir del 2019- son cada vez más evidentes para los usuarios que consumen sus servicios a diario; mediante sus algoritmos, estas plataformas hegemónicas han implementado un sofisticado sistema de ingeniería social donde se aplican premios y castigos al contenido de los usuarios, obligando a éstos con el correr del tiempo, a ser más cuidadosos con el materia audiovisual que comparten.

En el caso de YouTube, las consecuencias de estas mecánicas se ven reflejadas en el trato que los propios creadores de contenido le están dando a sus canales; donde, cansados de no poder publicar ciertos videos o de no poder monetizarlos, terminaron por autoregular o recortar su propio contenido con la expectativa de ser recompensados y de alcanzar así a un mejor posicionamiento con sus videos, y, en consecuencia, tener mayores visualizaciones y una mejor remuneración. De otra manera, de atentarse contra las medidas deseadas por la plataforma, se corre el riesgo de que el video entre en la categoría de restricción de edad en caso de que haya malas palabras, violencia o contenido obsceno, etiquetado como Fake News en caso de ser contenido de información alternativa disidente y restringido en alcance, o, en los casos más extremos, ser directamente censurados y ocultados del ojo público

Por todas estas razones son que plataformas como YouTube o Facebook se han vuelto el blanco de millones de reclamos por parte de la comunidad de usuarios que utilizan estos medios como entretenimiento o como forma de ganarse la vida; debido a la censura deliberada y arbitraria que sus plataformas están tomando frente a algunos contenidos alternativos que se comparten o ante opiniones que no reflejan la simpatía de las mayorías.

YouTube se ha vuelto un poderoso medio de comunicación en sí mismo, en el que, sin embargo, cada vez hay menos lugar para los pequeños canales informativos que intentan ofrecer un contenido propio, subjetivo y en ocasiones alternativos al discurso dominante de los grandes medios de comunicación históricos. Es curioso ver cómo los grandes medios de información y de entretenimiento han migrado a YouTube, implementando –en el grueso de los casos- la ley del mínimo esfuerzo, replicando el contenido televisivo más relevante como espejo en la plataforma. Contenidos en ocasiones levemente adaptados o segregados en varias partes o capítulos, con el fin de conseguir un mejor posicionamiento en las tendencias de videos más vistos. Por lo que, poco a poco y de manera muy torpe, YouTube se está transformando en un remanente del contenido televisivo de los grandes multimedios, a la vez que pierde miles de usuarios activos al día por sus estrictas políticas. 

Las estadísticas son esclarecedoras; quienes más consumen YouTube son personas que van en un rango de edad desde los 19 a 49 años; que, por otra parte, no están especialmente animados a consumir el contenido reciclado de la TV en la plataforma. Mucho menos los nativos digitales, que pasan de los medios tradicionales que, en la mayoría de casos, nunca pudieron conectar con su generación. Por lo tanto, en esta reñida encrucijada se está produciendo un doble fenómeno que es muy curioso de apreciar: por un lado, está la migración en masa de los medios históricos de comunicación hacia YouTube, mientras que, por el otro, existe la salida de millones de usuarios de la plataforma y el éxodo hacia otros medios similares que cuentan con políticas más permisivas y claras, como los casos de Twitch, Vimeo, Lbry o BitTube.

La televisión, por su parte, está yendo hacia una pendiente negativa que parece augurar un inminente declive. Según un estudio realizado por LG Electronics Argentinael 90% de personas mayores a 65 años consume habitualmente contenidos televisivos a nivel mundial, mientras que, quienes integran un rango de edad menores a 20 años lo hace en un 47%. En Argentina, quienes más miran televisión son las personas mayores a 50 años, que consumen diariamente un promedio de 3,3 horas diarias. Estos números se traducen en las distintas programaciones televisivas, que se ven anticuadas, poco creativas y que nada tienen que hacer ante las producciones de excelencia que se pueden ver en los distintos servicios de streaming por suscripción como Netflix o Amazon Prime Video, por poner dos ejemplos de plataformas que supieron reinventar el mercado del entretenimiento.

Los contenidos televisivos mejor valorados por el público a nivel mundial suelen ser los eventos deportivos en directo y los contenidos informativos en vivo. En este sentido, la televisión todavía tiene una clara ventaja sobre su competencia digital que se encuentra más diezmada. Pero lo cierto es que nunca antes en la historia, como en la coyuntura actual, fue tan sencillo acceder a la información y a bibliotecas enteras de conocimiento gratuito. Sin embargo, en contrapartida, jamás fue tan fácil infoxicarse hasta escupir la bilis –intoxicarse de sobreinformación-, caer en las telarañas de las noticias falsas que circulan por todo internet, o ser susceptible de ser manipulado junto a la opinión pública a través de la ingeniería social que implementan muchas veces las distintas redes sociales para sacar tajada sobre los más diversos acontecimientos.

Por su parte, Google y Facebook, han sido señalados por algunos ingenieros organizados de Silicon Valley, entre los que se encuentran Justin Rosenstein –creador del botón “Me gusta”- o Tristan Harris –exdiseñador de ética de persuasión en Google-, como canales directos “para manipular sociedades enteras con una precisión sin precedentes”. La agrupación de especialistas que conforman la alianza sin fines de lucro de Center of Human Technology (Centro para la tecnología Humana) se encargan de denunciar las técnicas de las distintas compañías para “secuestrar mentes”. La conclusión de la agrupación de tecnócratas es inquietante, puesto que consideran que las nuevas tecnologías brindan eficaces herramientas para favorecer la manipulación mediática de la opinión pública. Al respecto, sobre las diferentes plataformas que dominan la red, mencionan:

“Desafortunadamente, lo mejor para captar nuestra atención no es lo mejor para nuestro bienestar: Snapchat convierte las conversaciones en ‘rayas’, redefiniendo cómo nuestros hijos miden la amistad; Instagram glorifica la vida de la imagen perfecta, erosionando nuestro valor propio; Facebook nos segrega en cámaras de eco, fragmentando nuestras comunidades; YouTube reproduce automáticamente el siguiente vídeo en cuestión de segundos, incluso si eso afecta a nuestro sueño”.

Un ejemplo claro del tipo de manipulación y persuasión que se le puede dar a una plataforma de envergadura, es, por ejemplo, el que se dio en el mediático caso de Cambridge Analytica, que en 2016 utilizó los datos privados de al menos 50 millones de usuarios en Facebook -valiéndose de presuntos puntos ciegos en las normativas de la plataforma de Mark Zuckerberg- para acceder a la información de los perfiles de los votantes y estudiar sus comportamientos; aplicando estrategias de marketing político -según los comportamientos y gustos de los usuarios analizados- con el propósito de alterar sus intenciones de votos a favor de Donald Trump durante las elecciones de ese mismo año

Cambridge Analytica fue creada en 2013 por la compañía británica Strategic Communication Laboratories (SCL) para operar en múltiples elecciones del Continente Americano; a su vez, SCL se desarrolló a partir de Behavioral Dynamics Institute (BDI) en Londres, donde según su propio discurso es «el principal centro internacional de excelencia para la investigación y el desarrollo de la persuasión y la influencia social”.

En unas grabaciones encubiertas realizadas por periodistas de la cadena británica Channel 4 que trascendieron a la opinión pública, el consejero delegado de Cambridge Analytica, Alexander Nix, delata el papel de la corporación en la operación:

Hicimos toda la investigación, todos los datos, todos los análisis, toda la orientación, nos encargamos de toda la campaña digital, la campaña de televisión y nuestros datos sirvieron para establecer toda la estrategia”.

El equipo detrás de la compañía de marketing político creó cientos de blogs, webs y campañas de publicidad persuasivas y convincentes destinadas a los perfiles de Facebook estudiados, con el único propósito de manipular el comportamiento de los usuarios; que consiguieron con sobrado éxito.

En el siglo XX, el propagandista y sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, escribió en su libro Propaganda:

“Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar. Ello es el resultado lógico de cómo se organiza nuestra sociedad democrática. Grandes cantidades de seres humanos deben cooperar de esta suerte si es que quieren convivir en una sociedad funcional sin sobresaltos”.

Bernays, quien fue un publicista de éxito y el asesor de varios presidentes estadounidenses como Eisenhower, Roosevelt, Hoover o Coolidge, también mencionó:

“En nuestra organización social actual, la aprobación del público resulta crucial para cualquier proyecto de gran calado. De ahí que un movimiento digno de todos los elogios pueda fracasar si no logra imprimir su imagen en la mente pública. La beneficencia, así como los negocios, la política o la literatura, han tenido que adoptar la propaganda, pues hay que disciplinar al público para que gaste su dinero del mismo modo que hay que disciplinarlo en la profilaxis de la tuberculosis”.

El discurso hegemónico, en conjunto con un contundente bombardeo de información persuasiva constante, tienen el poder de influir y modificar las conductas de un grupo social ante determinados circunstancias o acontecimientos. Por esta razón es preciso que la sociedad tenga una mirada crítica sobre los medios de comunicación, así como un conocimiento profundo sobre los desarrollos de las nuevas tecnologías emergentes y los agentes que las controlan; como, por ejemplo, el funcionamiento puntual de los algoritmos utilizados en los distintos dispositivos electrónicos o plataformas, las patentes aprobadas que podrían utilizarse en un futuro cercano en artefactos tecnológicos, así como también un mayor conocimiento sobre la inteligencia artificial, que sin duda, será con el correr de los años cada vez más relevante y omnipresente en el sistema. Todos estos conocimientos deben tenerse presente con el fin de que el gran público no vea atacados sus derechos y valores intrínsecos, y para que en las comunidades sociales se respete y se goce de una auténtica libertad democrática.

Periodismo, militancia y circo: un examen del cuarto poder

Publicado en Exégesis Diario

Octubre de 2021

Con el correr de las décadas y los avances tecnológicos imponiendo nuevas reglas de juego en las redacciones y estudios de los medios de comunicación, el oficio considerado el benefactor público de la verdad, lejos de reinventarse hasta alcanzar un nuevo cénit, ha degenerado hasta convertirse en una mercancía confeccionada en una monstruosa maquinaria de industria cultural. Por esta razón, es menester comunicar el estado agónico en el que pervive el periodismo en los tiempos que corren.

«El escándalo, en nuestros días, no consiste en atentar contra los valores morales, sino contra el principio de realidad».

Jean Baudrillard.

El periodismo de masas surgió con la consolidación de la revolución industrial a finales del siglo XIX y siempre fue un apéndice encubierto del poder político y empresarial de su coyuntura. En otras palabras, el periodismo hegemónico nunca fue, como mencionó el periodista y político Thomas Macaulay,“el cuarto poder”; entendiéndolo desde una lógica del contrapoder, sino que desde sus inicios formó parte de una maquinaria muy bien aceitada de un pequeño sector privilegiado que intentó —y sigue intentando— por todos los medios a su disposición mantener vigente el status quo dominante.

Para comprender el mecanismo de este fenómeno, es necesario escarbar en la raíz del discurso que imponen los mass media dominantes. Un discurso que, aunque en constante cambio y transformación, cumple una función privilegiada —en conjunto con toda la industria cultural— dentro de la burbuja artificiosa que bordea la sociedad global unificada. Los discursos que vierten los medios de comunicación hegemónicos son los promotores sociales y principales catalizadores de la aquiescencia entre los ciudadanos con el medio circundante. Los medios son, en otras palabras, quienes producen e imprimen en el inconsciente colectivo el consenso y el pacto social sobre lo que representa la ficción de lo real.

Para el padre del socialismo científico, periodista, filósofo y satanista confeso, Karl Marx, la ideología —como no puede ser de otra manera—, tiene un sesgo negativo; esto debido a que considera que la ideología es en su instancia final consciencia enajenada. Una falsa consciencia que sirve como mecanismo de ocultación a la clase dominante para encubrir la desigualdad en la distribución del capital y la explotación sistemática del esclavo proletario. Es decir, para Marx, todas y cada una de las ideologías dominantes que circulan en el sistema cerrado donde se desarrolla la humanidad están fabricadas, definidas y divulgadas por el poder-religión de su tiempo a través de diferentes frentes infiltrados. Y me permito agregar que esto incluye a aquellas ideologías que incluso pareciesen surgir para atentar contra la propia supervivencia del status quo, como el socialismo científico (también llamado marxismo) que inauguraron Marx y Engels; cuyas obras fueron financiadas por el primo tercero de Marx, Lionel de Rothschild, el hijo del banquero más importante de su tiempo, Nathan Mayer Rothschild

En este sentido, Marx menciona:

«La producción no sólo produce al hombre como una mercancía, la mercancía humana, el hombre en forma de mercancía; en conformidad con esta situación, lo produce como a un ser mental y físicamente deshumanizado. Su producto es la mercancía autoconsciente y autónoma».

A razón de esto, Karl Marx concluye que la ideología es un sistema que utiliza la clase dominante para promover de forma encubierta sus intereses particulares como intereses que atañen a todo el grupo social.

La mano que controla la historia
Marx y la mano que controla la historia. El Grado del Gran Arco Real (Grado 13 del Rito Escocés o el Grado Séptimo del Rito de York); durante este título los iniciados reciben las grandes verdades masónicas.

En el presente, muchos medios especializados en la mercancía de la información —sobre todo en Latinoamérica— se sustentan en gran medida gracias a la pauta publicitaria que reciben por parte del Estado o del financiamiento de grupos privados cuyos intereses están relacionados con el medio; y es de público conocimiento que existen medios o programas oficialistas cuyos periodistas orgullosamente enarbolan el blasón de la militancia del gobierno de turno o de sus antípodas. Sin advertir en su accionar -o haciendolo de manera pérfida- del sesgo nocivo y deshumanizante de este infame vocablo. 

La  etimología de la palabra militancia viene del latín militans, que significa el que se adiestra para el combate. Pero si nos acercamos más a la raíz del significado descubriremos que militanica surge de la palabra militar, del latín militarius, que refiere a miles y que se relaciona de manera directa con la palabra soldado; del latín soldius (moneda de oro romana) y el italiano soldato-soldare, que significa pagar un sueldo. Sin embargo, al deconstruir el término nos encontramos con su más profundo significado hermético; SOL-DADO (dar el sol, o lo que es lo mismo, sacrificar la propia vida en favor de un propósito ajeno). En la jerarquía piramidal de la milicia un soldado no es más que un eslabón de entre idénticas réplicas que acata órdenes y que carece de voluntad, sentido y de actitud propia para obrar con libre albedrío.

Aunque no se puede aseverar en toda su dimensión, este tipo de terminologías que comienzan a imponerse en los medios de comunicación para después terminar imprimiéndose a fuego en la cultura popular —y que en la actualidad se puede apreciar en toda la dialéctica panfletaria feminista o en términos como postverdad o fake news—, suelen plantarse diligentemente por los agentes de la contrainformación que integran las filas de las agencias de inteligencia; instituciones amorales con agendas propias que, entre telones, son grandes generadoras de la ficción política y mediática que después replican los medios informativos. 

El periodista Jorge Lanata mencionó en una entrevista que se le realizó en el America Business Forum 2018, que filosóficamente la función del periodista es preguntar y no responder . A la inversa de lo que se dedica a hacer el periodismo militante que apareció en la última década, que sólo “tiene respuesta”; lo que termina generando “no es periodismo, es propaganda”.

Por otro lado, el autor francés, Lucién Cerise, explica que la ingeniería social —aplicada en gran medida por las agencias de inteligencia a través del método de subversión ideológica— “es el cambio planificado, sostenible y solapado del comportamiento. Se trata de modificar definitivamente la naturaleza de una cosa de manera irreversible, por lo tanto para el largo plazo y no sólo a corto plazo; esto es lo que distingue a la ingeniería social de la propaganda y de la manipulación, cuyos impactos son puntuales y reversibles”

Además, el ensayista francés explica una de las claves de la aparatología del poder para sortear revoluciones latentes:

“El método clásico para mantener el control de un grupo consiste en aumentar la visibilidad de sus diferencias internas, resaltar sus contradicciones, a fin de amplificar sus divisiones latentes y paralizar su organización”.

En este punto hay que señalar que las agencias de inteligencia no son solamente las institucionales dedicadas al espionaje y ligadas al Estado como la AFI en Argentina, la NSA y CIA en norteamérica o el MI5, MI6 y GCHQ en Reino Unido, sino que hay otras organizaciones de mayores escalas y recursos que operan en el país y que pasan por completo desapercibidas para el gran público; como el caso de la Francmasonería (hermandad esotérica a la que adhiere el presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Fernández Wilhelm); cuyos agentes de altos grados responden al Imperio Británico, más precisamente al duque de Kent (el Gran Maestre de la Masonería Inglesa), o la agencia de inteligencia más antigua de occidente, la Iglesia Católica, cuyos ubicuos tentáculos se vienen extendiendo desde el Imperio Romano (y éste desde Babilonia) a través del Vaticano.

El confesionario —o la confidencia para purgar los pecados— fue uno de los primeros instrumentos de ingeniería social que utilizaron los sacerdotes para agenciarse información y esgrimirla en su larga escalada al poder omnipresente; algunas de estas pérfidas maniobras de los eclesiásticos para alcanzar un dominio total se pueden leer en la Monita Secreta de los Jesuitas, un manuscrito en latín encontrado entre los papeles del último bibliotecario de la Compañía en Paris, el padre Brother, antes de que se alzara la revolución francesa. 

Desde que el sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, retransformó la Propaganda en Relaciones Públicas a finales del siglo XX, la profesión ha ido in crescendo y ocupando las vacantes en puestos de privilegio que terminaron por operar —tras bambalinas— a la prensa. Los relacionistas públicos son esencialmente propagandistas, y se encargan de las comunicaciones públicas de las instituciones, empresas, organizaciones y gobiernos. El padre de las relaciones públicas, Edward Bernays, un judío alienado al sionismo internacional, publicista célebre y asesor personal de presidentes estadounidenses como Eisenhower, Roosevelt, Hoover o Coolidge, escribió en la biblia de las Relaciones Públicas, su libro Propaganda:

“En nuestra organización social actual, la aprobación del público resulta crucial para cualquier proyecto de gran calado. De ahí que un movimiento digno de todos los elogios pueda fracasar si no logra imprimir su imagen en la mente pública. La beneficencia, así como los negocios, la política o la literatura, han tenido que adoptar la propaganda, pues hay que disciplinar al público para que gaste su dinero”.

Para Bernays, las mentes de los ciudadanos son moldeadas, sus gustos definidos y las ideologías sugeridas por personas de las que el gran público jamás ha oído hablar. Y resalta que esta situación es el “resultado lógico de cómo se organiza nuestra sociedad democrática”. 

bernays
Publicidad de Lucky Strike dirigida por Bernays. El sobrino de Freud fue el propagandista que consiguió que la otra mitad de la población (las mujeres) fumaran «la antorcha de la libertad».

En la Argentina de los 60’s serían las compañías multinacionales quienes desembarcarían con políticas y prácticas en comunicación institucionalizada, sin embargo, sería en los 90’s, con la llegada del licensioso gobierno menemista y del “libre mercado” —que blindó y ofreció todo tipos de ventajas al capital extranjero por sobre la industria nacional— que la Propaganda devenida en Relaciones Públicas cobraría impulso entre las instituciones y empresas más fuertes radicadas en el país. 

El exagerado crecimiento de las Relaciones Públicas en el país se puede apreciar en los ingresos que la oficina de prensa del Estado ha destinado a la pauta publicitaria. Según el libro La prensa de la prensa: Periodismo y Relaciones Públicas en la información de Adriana Amado, la oficina de prensa del gobierno argentino pasó en 2001 del 0,4% del presupuesto total de la Administración Nacional al 0,28% en 2010, para más adelante, entre los años 2012 y 2015, contar con un presupuesto diario dirigido a los medios de comunicación de más de un millón de dólares; lo que muestra la pretensión de la casta política en el poder por tener cierto margen de control sobre los medios en los asuntos que consideran relevantes para su gobierno. 

Por otra parte, es importante tener presente las recurrentes fuentes informativas que utilizan los medios de comunicación para luego poder lucubrar una serie de conclusiones. Las principales fuentes informativas de un periódico provienen de la Oficina de Prensa, de las Agencias de Noticias y de los relacionistas públicos a cargo de las comunicaciones de corporaciones, instituciones y organizaciones oficiales. Y en un segundo plano de periodistas, corresponsales y otros medios de comunicación. Por lo tanto, el grueso de noticias que se ven, se escuchan y se leen en los múltiples canales informativos, no surgen de investigaciones o fuentes propias del medio, sino que provienen de fuentes externas organizadas que tienen sus propias agendas y que están interesados en promover sus propios intereses.

Las informaciones y datos vertidos por los relacionistas públicos a través de las organizaciones y empresas que los contratan para promover una imagen positiva en el público o para contrarrestar los efectos negativos de malas políticas, son cables de primera línea que son esgrimidos de manera cotidiana por los mass media por su rápido acceso y fácil digestión social. El inconveniente con esta situación está en que esta información parte de una única fuente oficial y a menudo no es constatada o puesta en hesitación bajo la lupa por los medios que la publican. Por lo que, los periodistas, sobrecargados de un ritmo de trabajo cada vez más industrializado y alienado, terminan siendo utilizados como voceros por los relacionistas públicos, en un doblejuego en el que los publicistas —por contar con más recursos económicos y humanos, tiempo y estrategias definidas— llevan la ventaja.

Parte de la problemática en el visible desmejoramiento y mediocridad en el trato de la información de los mass media radica en las mismas instituciones académicas especializadas en la comunicación, que incentivan un método de trabajo industrial de la noticia, donde el aspirante a periodista es alienado de inmediato a un régimen de trabajo “proactivo”, donde debe desempeñar todas las tareas en la producción de una información —no como un método de aprendizaje holístico sino como el futuro inmediato que deberá enfrentar en la industria informativa cuando concluya la carrera—. Un periodista graduado estará listo para desempeñarse en las redacciones clónicas de los medios de masas, «a punto» para desenvolverse histriónicamente frente a una cámara televisiva o hablar de corrido ante un micrófono; pero pocos profesionales conseguirán la impronta, la frescura y la autonomía de pensamiento crítico que sólo brinda la disciplina del conocimiento autodidacta. Algo que jamás dará una institución educativa debido al principio con el que fueron diseñadas: como un instrumento de ingeniería social para moldear el comportamiento de masas hacia arquetipos dóciles y poco críticos con el sistema social que les toca enfrentar.

En una entrevista con Jorge Halperín, uno de los miembros fundadores del diario El País de España -el periódico más importante de habla hispana- y exmiembro del Club Bilderberg, José Luis Cebrián, desestimó de manera categórica el presunto contrapoder que encarna la prensa en la cultura popular, y mencionó que “existen más personas dedicadas al manejo de la información de las noticias —y por lo tanto a la estructuración de la agenda pública— fuera de los medios de comunicación que dentro de ellos. Y esto es válido para el mundo político pero también para el mundo de las empresas, la industria y el mundo cultural. Hay más gente dedicada a presionar a los medios de comunicación para que digan lo que tengan que decir y callen lo que tengan que callar que gente en los medios”.

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Pan y Circo: el expresidente Menen junto a la Ferrari que le regaló el empresario italiano Massimo Del Lago en 1991.

Con la democratización de Internet, la llegada de los dispositivos móviles y la incursión de los social media al terreno social y geopolítico, un abanico de posibilidades se abrieron al juego periodístico en una primera instancia; sin embargo, al cabo de unos pocos años y con el aterrizaje de monstruos como Facebook, Twitter, Whats App o Youtube —y más adelante de Instagram y Tik Tok—, se terminó por fumigar un efecto catatónico en las masas a la vez que comenzó un desmalentamiento progresivo en las estructuras de los medios de comunicación; que terminaron por promover un ritmo de trabajo perpetuo en las redacciones y abaratando la profesión periodística. 

En este punto, debido al progreso digital en contraposición con la desvalorización del consumo de la información tradicional, muchos diarios debieron dejar de publicar sus periódicos en papel y tuvieron que reinventarse como medios puramente digitales. Como consecuencia de esta demolición de los medios de comunicación, muchos diarios dejaron de existir o tuvieron que recortar personal y abaratar costos. Desde la revolución digital, el ser humano tras el oficio periodístico —cuyo trabajo es tan importante debido a la doble plusvalía que produce, puesto que, por un lado elabora la información (que tiene un reintegro económico), mientras que por el otro, genera repercusión social que se transforma en ideología o se multiplica en discursos en la opinión pública— vio mermada su calidad de vida y tuvo que multiplicar esfuerzos para poder ganarse el pan.

El periodista argentino, Luis Bilbao, relata en su libro Periodismo y Militancia que “cuando una crisis muy severa ataca todos los ángulos de la vida social, es más y más difícil ser una persona digna. Pero se trata sólo de eso: mantener la dignidad, la integridad individual frente a la exigencia de sumisión, acriticismo, chabacanería y falsedad de las grandes empresas periodísticas”. Para Bilbao, que muchos de los medios dominantes estén repletos de ignorancia, mediocridad y que incontables veces para alcanzar el éxito profesional un periodista se tenga que rebajar a la superficialidad, incuria y falta de escrúpulos que las empresas noticiables imponen, suele ser una ley histórica en tiempos de crisis, donde se debe vender la fuerza de trabajo para pervivir holgadamente. Sin embargo, Luis Bilbao remarca que este hecho no es una ley que acataría un periodista consciente: 

“Vivir, sin embargo, requiere mucho más. Requiere violar ambas leyes: negarse a la sumisión, a la  complicidad de la ignorancia y buscar otros medios para decir la verdad sin cortapistas ni camuflajes, con el nivel conceptual y el estilo que ella demanda”.

El periodista y autor Peruano, Mario Vargas Llosa, escribió un ácido ensayo pintando la dantesca escena que nos ha traído en el nuevo siglo La civilización del espectáculo que impera en la actualidad. En su libro, el ganador del Nobel de Literatura 2010, menciona lo siguiente:

“El avance de la tecnología audiovisual y los medios de comunicación, que sirve para contrarrestar los sistemas de censura y control en las sociedades autoritarias, debería haber perfeccionado la democracia e incentivado la participación en la vida pública. Pero ha tenido más bien el efecto contrario, porque la función crítica del periodismo se ha visto en muchos casos distorsionada por la frivolidad y el hambre de diversión de la cultura imperante”.

Vargas Llosa insiste en su ensayo en que la cultura no está —o no debería— atada a la política, pero que esta ligadura es, sin embargo, “inevitable” en gobiernos dictatoriales; sobre todo en aquellos donde impera una doctrina ideológica o religiosa en la que el déspota de turno se siente acreditado a dictar normas y con la obligación de intervenir la vida cultural de la sociedad que gobierna. En estos casos —menciona el autor peruano— el resultado del control obsesivo deviene en la “progresiva conversión de la cultura en propaganda”.

Es una realidad que la propaganda ha irrumpido cada espacio público y privado de la sociedad globalizada, muchas veces con fines publicitarios relacionados con el mercado, pero en otras innumerables oportunidades para hostigar un comportamiento que el poder considera reprobable, para divulgar un marco ideológico o para infundir por múltiples flancos una doctrina conductual absolutamente invasiva con la disposición del libre albedrío y del derecho natural con el que todo ser humano viene a este plano.

A través de la manipulación propagandística se ha avanzado en una agenda eugenista y restrictiva con las libertades sociales y personales. Y se han logrado “méritos” tales como; la instauración solapada de lo políticamente correcto —es decir, de un pensamiento único—, el desmantelamiento progresivo de la educación y de la familia, la vigilancia panóptica mediante dispositivos electrónicos así como la instauración de un sistema de libertinaje rabioso cuyo aparente fin es automatizar las conductas individuales a través de productos culturales cada vez más degenerados, invertidos y lejos de cualquier costa artística.

 Ya lo advirtió Aldous Huxley en 1958

“La esencia de la coerción psicológica consiste en que aquellos que actúan bajo su efecto tienen la impresión de que están actuando por iniciativa propia. La víctima de la manipulación mental no sabe que es víctima. Las rejas de su prisión le son invisibles, y cree que es libre. El hecho de que no es libre, sólo es aparente para los demás. Su esclavitud es estrictamente objetiva”.

Por esta razón, sería preciso inquirir si la sociedad globalista no se encuentra ya en el umbral de la dictadura del placer que profetizó el alto iniciado y aristócrata británico en su obra Un Mundo Feliz. Un régimen absolutista solapado tras frentes democráticos investidos de benefactores de la humanidad, en el que los seres humanos “realmente pueden ser felices, de alguna manera, bajo un régimen” pero en “situaciones en las que no deberían serlas”.