Mentira la verdad

2016-2017

El departamento era un basurero. Había decenas de botellas vacías tiradas por todos los rincones. Una botella de vino se había derramado sobre la biblioteca y había manchado mi colección de Dostoievski. Abrí Crimen y castigo y leí un párrafo salpicado: «¿Dónde he leído —pensó Raskólnikov prosiguiendo su camino—, dónde he leído lo que decía o pensaba un condenado a muerte una hora antes de que lo ejecutaran? Que si debiera vivir en algún sitio elevado, encima de una roca, en una superficie tan pequeña que sólo ofreciera espacio para colocar los pies, y en torno se abrieran el abismo, el océano, tinieblas eternas, eterna soledad y tormenta; si debiera permanecer en el espacio de una vara durante toda la vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir así que morir. ¡Vivir, como quiera que fuese, pero vivir!». Quedé absorto en mis pensamientos tratando de descifrar lo que acababa de leer, cuando me percaté de que había un bulto sobre la cama. Hago el acolchado a un lado y veo un cuerpo pálido y hermoso durmiendo boca abajo con el culo al aire.

Aquel culo era insuperable y había sido mío horas antes. No recordaba demasiado, ni siquiera el nombre de la susodicha que se encontraba postrada en mi cama con una resaca de muerte. Era una preciosa rubia que había estado en la fiesta la noche anterior y que yo había tratado por todos los medios a mi disposición de llevármela a la cama. Al final, mi boleto de entrada había sido un trago tropical que con modestia le preparé. Al pensar en esto, en lo ruin de mis acciones, en lo banal y carnal de mis últimas actuaciones, no pude hacer más que sentir pena por mí mismo. Nunca había sido así. Al menos no al extremo de querer hacer pasar por la guillotina a cada chica que me gustara. Pero, especialmente en el último año, me sentía arrastrado como por un demonio. Me veía preso de los más bajos instintos y me complacía en embarrarme como cerdo en el charco de la lujuria. Una lujuria superficial, sin convicción. Me veía acorralado por la clase de instintos mezquinos y decadentes que hacen de un hombre, poco menos que una bestia insaciable. Esos pensamientos y esas acciones de querer ligar a cualquier precio con cualquier chica que me gustara, se habían apoderado de mí, pero no eran en absoluto mi esencia.

Me daba cuenta de que me estaba consumiendo, pero, por otro lado, sentía que era necesario una larga caída al abismo para poder rencontrarme con mi verdadero yo. Era necesario tocar fondo para volver a revalorarme como ser humano. «Como sea que fuese, pero vivir», me repetí.

Me vestí, dejé una nota amigable sobre la mesa más algo de dinero para que la linda rubia se tome un taxi y me marché con culpa, pero ciertamente también con unas ganas endiabladas de regresar y pegarme un último revolcón con aquella hembra que sucumbía como moribunda en mi cuarto. «¡Cruel enigma es el destino!»; no tenía otro lugar hacia dónde ir, así que me dediqué a vagabundear. «Pero quién me mandaba a mí a atentar contra mi propio espíritu», me pregunté. Iba por Bulevar San Juan, pasando Independencia cuando me detuve de un sobresalto frente a la fachada del cine municipal al ver que estaban proyectando una vieja versión de El gran Gatsby, con Robert Redfort y Mia Farrow en los papeles estelares. Estaba por entrar, cuando advierto a una belleza extraterrenal cruzar la calle y entrar a un café unos edificios más adelante con un libro bajo el brazo. Algo parecido a la inquietud y el deseo me arrastró a ir tras ella.

Me metí al recinto y tomé asiento al lado del ventanal, a un par de mesas de ella. La cabeza me palpitaba y las entrañas se me revolvían. Tragué algo de saliva y pedí un café con medialunas. Una voz ronca y seca escapó de mi garganta deshidratada. Entonces, mientras esperaba el pedido, observé con filosa atención a esta mujer. Era una mina joven de prolijos rizos castaños. Tenía una piel cobriza y unos increíbles ojos a juego. Su mirada, ¡ah, su mirada… era como el éter!, tenía esa clase de mirada elástica que es capaz de envolverlo todo. Sin embargo no miraba a nadie en particular, ni a la mesera, ni a quien administraba la caja, ni a mí, nada más levantaba la vista para luego volver a bajarla, como si cavilara, como si intentara resolver algo de vital importancia. Su zapato de tacón grueso temblaba contra el suelo producto de un leve pero persistente movimiento de la pierna derecha, sus manos, por otra parte, aferraban con aplomo el libro como si dentro de sus páginas se encontrara el mayor secreto de la humanidad. Yo la miraba, y en mis fantasías era capaz de corresponder con una historia o circunstancia por cada gesto que le encontraba. Era como una felina agazapada a la espera de un repentino ataque. Pronto la mesera se acercó con mi pedido, un café tan negro como el foso que mi cuerpo tieso habitará algún día.

Intenté divisar qué libro tenía, y tras varios intentos, por fin pude verlo con claridad cuando ella apartó las manos de la cubierta asalmonada para recibir la merienda. Se trataba sin duda de Lolita, del ruso Nabokov. Era la misma edición de Anagrama que yo había leído años atrás. Ciertamente era una mujer de gustos exquisitos. Cargué la bandeja, la arrimé a su mesa y me senté. Ni siquiera fue capaz de levantar la vista para repeler de alguna manera mi embestida.

—Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas —comencé a recitar con pausa el célebre párrafo que me había estudiado—. Pecado mío. ALMA MÍA. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo… hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo… Li… Ta… ¡Era Lo!, ¡sencillamente LO!, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos…

«EN MIS BRAZOS SIEMPRE FUE LOLITA…», terminó susurrando ella al unísono conmigo. Por fin pude ver mi imagen recalcitrante doblada como en el pomo cromado de la perilla de una puerta, cuando ella levantó los ojos aceitunados y me miró con voracidad lasciva.

—Impresionante —continuó. Luego, dos hoyuelos se le dibujaron en las mejillas y me mostró los dientes.

—Carajo, no miento cuando te digo que tenés una sonrisa maravillosa —dije y tomé un sorbo de café para aclarar la garganta—. Lamento interrumpirte, joderte, pero no lo pude evitar. ¿Puedo decirte un secreto?

—¿Qué clase de secreto?

—La clase de secreto que puede echar a perder un agradable encuentro con un extraño.

—Hmm… bueno, de alguna manera, todos en este mundo no somos más que extraños. ¿De qué se trata?, ¿no me digás que sos uno de esos psicópatas que andan abordando desconocidos por la calle?

—Bueno… parece que me descubriste —escupí yo todo serio—. No voy a engañarte, te seguí. Es decir, pará… Quiero decir; estaba por entrar al cine de acá nomás, pero cuando te vi, algo, váyase a saber qué, me arrastró a ir atrás tuyo. Quise culpar a tu belleza y a mi debilidad ante esas superficialidades —y añadí tocándome el pecho—. Pero en el fondo, acá, muy adentro, yo sé que quería ver cuál era el libro que cargabas bajo el brazo.

—Hmm… Ésa sí que es nueva. Perseguir a alguien para ver qué lee —me dijo ella a la vez que hacía una expresión grandilocuente, como si se esforzara por encontrar algo elevado que decir. Después me correspondió con una sonrisa maliciosa, de esas que quedan mordidas en los labios, que escapan a medias.

—Bueno, es la verdad. Y te puedo decir que no ha sido una decepción, para nada.

—Oh, pero creo que el próximo movimiento sí lo puede ser —me susurró y se mordió el labio inferior. Llevaba una especie de velamen azul, ajustado en el abdomen por un grueso cinturón negro. El vestido era lo suficientemente sutil como para dejar entrever a la imaginación las voluptuosidades de las curvas que se resguardaban bajo él. Acto seguido me tomó la mano con delicadeza y la guio por debajo de la mesa, hacia su entrepierna. Le acaricié la superficie de la vagina que estaba recubierta por una braga de encaje. Ella me miraba con fiereza. Yo, por mi parte, mientras roía con mis garras aquella panacea, trataba de sostenerle la mirada a la vez que comenzaba a sufrir una violenta erección. Por fin, a los pocos segundos se detuvo, sacó con disimulo mi mano de su sexo y se la llevo a la boca. Los dedos índice, corazón y anular caminaron sus labios gruesos para luego ser aducidos y devorados dentro de lo que era esa perfecta arma de seducción—. Ves, te dije que te iba a decepcionar.

—Nada de eso —repuse mientras trataba de mantener la compostura.

Miré alrededor para ver si alguien había advertido la escena. Podía quedarme tranquilo. Al instante le sonó el celular. Ella lo miró, dio un suspiro y me dijo que esperaba a alguien, lo cual era evidente. ¿Te voy a volver a ver? Quién sabe, quizá sí, quizá no. ¿Pero puedo saber tu nombre al menos?, manifesté como afiebrado. Ja, ja, já, puede que la próxima vez. ¡LA PRÓXIMA VEZ!, ¡ay!, ¿pero y si no hay próxima vez?, las ansias de que hubiera una próxima vez me quemaron el cuerpo, si hasta podía sentir las llamas crepitar adentro mío y elevarse de corrosivas formas intempestivas hasta provocarme dolor de manera física, si hasta me mordí la lengua, ¡qué puta era la vida cuando quería!, bien, bien, tranquilo, hombre, eso es; a pesar de todo, sin embargo y pese a todo, en un embate de compostura suprema, exhalé hondo y murmuré muy tranquilo, como quien pide un café: entonces, hasta esa próxima vez, Lolita. Hasta luego, mi perverso Humbert Humbert, ¡MUUUAAA!

Me levanté como embriagado de aquel beso quimérico, le guiñé el ojo y me dispuse a partir, pero no sin antes recomendarle una novela corta de Tolstoi, El padre Sergio. Al salir, vi cómo al frente estacionaba un impresionante auto negro. Por la insignia parecía un auto importado; un viejo alto y enjuto que rayaba lo famélico se bajó de él. Vestía de traje y usaba anteojos de sol. Caminé unos pasos y disimulé mirar la cartelera de cine. El viejo entró en el café. No me fijé, pero estaba seguro de que era ese viejo fifí el que se iba a encontrar con ella.

Volví sobre mis pasos y retomé por otro camino sin pensar en lo que acababa de acontecer. Seguí dando zancadas sin ninguna dirección, nada más caminaba por ahí, perdiéndome entre inmensos frascos de cemento. Me sentía en una encrucijada, como en un momento de búsqueda. He tenido estos momentos en el pasado, pero por alguna razón esta vez se me representaba diferente. Sentía que lo que saliera de este momento terminaría por fin de darme forma y cuerpo. Podía sentir en mi interior cómo algo afloraba, algo monstruoso que me devoraba las entrañas, y si no hacía algo para detenerlo, pronto no quedaría nada para salvar en mí. Francamente me daba igual estar donde fuere, me daba lo mismo estar o no estar en el plano de los vivos. Y si no fuera por la curiosidad natural de ver en qué me convertiría al finalizar el ciclo de mutación espiritual, me habría arrojado de cabeza al cruzar por el puente de cañada. Pero, por otra parte, estar en el estado cognitivo en que me encontraba, dejaba abierto nuevos caminos y posibilidades a descubrir. Porque cuando todo en la vida te deja de importar, el espíritu sigue luchando por existir, y se aferra, aun si no estamos conscientes de ello, a lo que sea que pueda provocar una tormenta, un chispazo en nuestro interior. Pero no fue sino al final de aquel maniaco día que lo empecé a comprender.

En un momento del viaje iba tan abstraído en mis fantasías que dejé de prestarle atención a todo lo que me rodeaba, y si no hubiera sido porque me percaté, después de quién sabe cuántas cuadras, de que un cachorro me estaba siguiendo, mis retinas no habrían divisado más que baldosas y sueños. El perro era de la calle, tenía rasgos siberianos y estaba muy flaco. Al punto de que las costillas se les marcaban bajo el pelaje sucio y despoblado. Me puse en cuclillas y él se acercó, tímido. «Qué pasa, amiguito. Sí, lo sé, todo el mundo nos ha abandonado, ¿eh?», dije y le extendí la mano. Él la olisqueó, sacó el rabo de entre las patas y comenzó a moverlo. «Eso es, mi amigo, eso es». Los ojitos lagañosos, de un azul zafiro, me veían sumisos. Tenía la lengua fuera y se lo veía inquieto, y a pesar de que era un cachorro, era evidente la falta de algunos dientes por la mala o nula alimentación. Le di unas palmadas y dejé que me siguiera. Donde sea que fuera a parar, al menos aquella tarde, él lo haría conmigo. Así lo había resuelto. Si algo faltaba para seguir asimilando la comedia, era la lluvia. El sol de la tarde iba en picada, el cielo gris pronto se tornó nebuloso y las primeras gotas comenzaron a caer. Me había metido a un barrio que no conocía, las calles esbeltas y asfaltadas mudaron a otras semirocosas y destruidas que poco a poco iban perfilándose en inmundas calles de tierra. Llegué a un punto en que perdí por completo el eje. No había ningún taxi a la vista. Por fin, luego de otro breve recorrido divisé a unas cuantas cuadras del desvío que había tomado un letrero luminoso, así que me dirigí en su dirección. Se escuchaba música y había algunas motos y autos fuera. Sospeché que se trataba de un bar, y tras acercarme más, descubrí, que en efecto, lo era.

Dos personajes fornidos que estaban en la vereda conversando y haciéndose ademanes con las manos me dirigieron miradas de aversión cuando ingresé al pub. El perro, por supuesto, entró conmigo. Era un antro de mala muerte, había unas cuantas mesas, algo de gente y hasta un pequeño escenario en el fondo. También una rockola en la cual sonaba el tema «Creo» de Callejeros. Me dirigí a la barra y pedí una cerveza.

—¿El perro es tuyo? —Quiso saber el cantinero.

—No, pero esta noche viene conmigo —contesté y apreté los dientes.

—Bien, bien… pero cuidá de que no se coma a nadie, con lo flaco que está no me extrañaría.

Le guiñé un ojo, tomé asiento junto a la barra y bebí mi cerveza del pico. «Nada mal», me dije. No pasó mucho tiempo hasta que una muchacha se me acercó y me pidió fuego.

—¿Te perdiste?

—Algo así.

—Este no es un buen lugar para andar yirando. Si fuera vos, dejaría esa cerveza y piraría de acá —me advirtió el encanto que tenía enfrente. Luego me volcó una bocanada de humo en la cara.

—Menos mal que no sos yo —repuse entre tosidos.

—¿Tu acompañante tiene nombre?

—Se llama Prometeo —dije tras pensarlo un poco— . Soy Lázaro —agregué después mientras ponía mi mejor cara de encantador sufrido hijo de puta.

Mi interlocutora me miró unos largos segundos con los ojos entornados, como si se estuviera pensando el próximo movimiento.—Soy María —dijo por fin.

Compartimos la cerveza mientras debatíamos en si debía o no debía quedarme. El techo de chapa del bar rechinaba con los golpes de la lluvia, que a esa altura eran como balazos de ametralladoras cayendo del cielo.

—Puta madre, se largó con todo —dije.

—Sí, parece que va a ser una noche larga.

—Mientras haya cerveza, ningún problema. ¿O no, Prometeo?

Prometeo me miró, torció la cabeza hacia un lado y paró las orejas.

—¿O no, Prometeo? —preguntó esta vez María en un tono cariñoso. El recién nombrado Prometeo ladró dos veces, asintiendo.

Un grupo de tres muchachos al fondo miraban con recelo la escena. No había muchas mujeres en el bar, y era evidente que María era la más joven y bella de las que estaban, así que imagino que no habrá gustado una mierda que un desconocido intentara ligar con ella. María era bajita y delgada y con unos pechos como cocos, por lo que resaltaba al instante. Tenía una melena azabache muy larga y brillante, y una bonita piel blanca. Algunas pecas le adornaban ligeramente el rostro. A pesar de su palpable rebeldía, se notaba que era una joven dulce.

—Es algo raro ver gente nueva por acá. Las únicas caras frescas que se atreven a venir son las de los tranzas que tienen la protección de los chicos del barrio. O alguna que otra puta. Las gatas son siempre bienvenidas en este antro.

—Bueno, supongo que hoy es un día especial.

—Así parece —dijo María y pidió otra cerveza—. ¿Y qué hacés de tu vida?, además de ponerla en aprietos.

—Soy periodista, o bueno, digamos que estoy en ese campo de servicio a la comunidad tan desprestigiado.

—Te gusta el puterío, ¿eh? —masculló María entre risas.

—Ningún periodista con respeto por la profesión se enfrascaría en el amarillismo mediático. Eso es mierda lavacocos.

—¿Qué tiene de malo? A mí me encanta el puterío, me hace reír muchísimo. Dicen que la risa es buena. Y vos deberías reír más por lo que veo.

—Viéndolo así, puede que algo de razón tengás —dije y empiné un trago.

—Siempre tengo razón. Me gusta tu tonada, porteñito.

Sonreí. Le metí otro beso a la cerveza y fui al baño. En el momento que estaba meando siento unos pasos que se detienen atrás mío. Eran los tres camorreros. Alcancé a guardar el canario antes de recibir por detrás el primer puñetazo al riñón. Caí contra el respaldo del mingitorio.

—Este lugar no es para maricones. Agárrenlo —gritó el oso de metro noventa de largo y de ancho que al parecer era el que llevaba adelante la batuta. Me sujetaron de los brazos.

Si tenés mil mangos te vamos a dejar quedarte. Es el precio por querer pescar en nuestras aguas.

—En el bolsillo de la campera —dije, y cuando la maldita bola de grasa se me arrimó le surtí la trompa de un cabezazo. Cayó al suelo y sus camaradas me sujetaron tan fuerte que creí que me arrancarían los brazos.

—Chano, no te podés dejar pegar así por este porteño careta de mierda —dijo gozándole al gordo uno de los camorreros que estaba repleto de tatuajes tumberos.

—Así que te querés ligar, hijodemilputa.

Nuevamente el gordo arremetió contra mí. Esta vez me largó una piña directo a la cara que me dio de lleno en el ojo izquierdo, para rematar después otras dos piñas a la boca del estómago. Quedé tendido de rodillas mientras seguía sujeto.

—Tendríamos que rajarle el cuello —dijo el otro que me sujetaba, el cual apenas si era un muchachito con sombra de bigote.

—Se van a dar cuenta que fuimos nosotros —alertó el tatuado.

—A ustedes, zorritas, les falta huevos para hacer correr sangre, eso es lo que pasa —dije yo con resentimiento y realmente deseando una paliza o la muerte.

Paliza que por supuesto me dieron. Tras mi última gran línea, me soltaron y cobré a lo grande. Me llenaron el cuerpo de golpes de puños y patadas. Cuando les pareció suficiente, me dejaron en paz y me robaron todo lo que consideraron de valor. Lo cual se resumía en el celular y una billetera con seiscientos pesos. Cuando se marcharon seguí tirado un rato más. Recostado contra la pared, saboreando el dolor pero todavía entero. Saqué un cigarrillo suelto que tenía apretujado en el bolsillo del jean y lo encendí. Nada mal, todavía podía aspirar la nicotina y escupir el humo por la boca, lo cual ya era decir mucho. Tras varios minutos, veo a María entrar paranoica en el baño.

—¡Esos chorros de mierda! —gritó y vino en mi auxilio.

—Estoy bien, estoy bien, nada más fueron algunos golpes. Levantame con cuidado.

Me levantó muy despacio y me acompañó al lavadero. Me enjagüé la cara. No había espejo, pero no lo necesité, podía imaginarme el ojo izquierdo deforme, inflamándose. También podía sentir las palpitaciones.

—Hay que ponerle hielo a eso, sino después la cara de Frankenstein va a ser un poroto al lado de la tuya.

—No me hagás reír que me duele —bromeé yo—. CARAJO, necesito una cerveza, nena. De verdad.

—Acá no te podés quedar. La próxima te matan.

—Si puedo tener una cerveza más, entonces habrá valido la pena —susurré con malicia.

—SOS UN PUTO LOCO —me recriminó María—. ¡Vamos!

—¿Adónde?

—Vos seguime. Los otros ratas ya se fueron pero seguro que andan por ahí.

Salimos fuera del bar, Prometeo no se veía por ningún lado. Entramos otra vez a buscarlo, empapados, y nada. Le preguntamos al cantinero y NADA. Volvimos a salir y lo llamé a gritos. NADA. Un dolor agudo pareció querer cobrar forma en torno a mi pecho, pero entonces, por encima del repiqueteo de la lluvia, me llegó un gemido que parecía provenir de un pasillo a un par de casas más adelante. Caminamos hacia allí y por fin apareció Prometeo; se encontraba atado con una cuerda a una planta de tronco fino y rengueaba. Al vernos se desesperó por zafarse y la soga ajustó aún más su cuello.

—Esos tipos son unos animales —dije enfurecido y corrí a desatar a Prometeo.

—Te dije que este lugar es peligroso.

Prometeo al obtener otra vez su libertad, cojeando y todo, se paró en dos patas y me saltó encima, demostrando que a pesar de los malos tragos, era un perro rudo.

«¡Buen chico!», le chisté. Así que ahí estábamos, Prometeo y yo, en medio de un barrio peligroso que no conocíamos, siguiendo a María a quién sabe dónde para hacer quién sabe qué. Lo más curioso es que no sentía una pizca de miedo, nada más me embargaba cierta esperanzadora curiosidad. Algunos rayos cobraban forma y atravesaban las nubes en el cielo nocturno, y ya no se podía ver más allá de los cinco metros. Éramos sopa de tanta agua que escurríamos, pero así y todo, María, Prometeo y yo, íbamos muy campantes caminando en mitad de una pastosa calle de tierra, sumergiéndonos cada vez más adentro de lo que a todas luces era una villa.

II

Acomodaba la biblioteca: varios volúmenes descansaban sobre la mesa de luz y otros tantos sobre la mesa del comedor y el escritorio. Me puse a recogerlos y de paso, aproveché para repasar y reflexionar sobre las últimas lecturas que había hecho. Allí se encontraban; La broma de Milan Kundera, su primer y mejor trabajo. Trópico de capricornio de Henry Miller, el cual fue una completa decepción para mí. La novela había empezado bien, pero pronto se me torno caótica, le sobraban por lo menos la mitad de páginas; eso pasa cuando un autor de talento no cuida su obra y no es propenso al corte y la corrección. También estaban dos libracos de Faulkner; había leído con atención sus cuentos. Eran libros gordos, incómodos, pero ciertamente daban gran placer a la vista y al tacto, con sus cubiertas rígidas y letras doradas sobresaliendo en un agradable relieve tejido. Es orgásmico contemplar estas ediciones, tanto por su calidad de maquetación como por las historias que bajo el caparazón verdeagua se guardan. Por otro lado, estaba Bukowski; había leído un mamotreto que recopilaba sus libros de cuentos, todo una delicia anarquista, decadente y escatológica capaz de llevar al lector a un dulce sueño con el diablo en alguna cantina de mala muerte de Los Ángeles. Había también una novela de Chandler con el marcador apretado en mitad de las páginas de «Adiós, muñeca» y varios libros de filosofía, de los cuales resaltaba el Ser y la nada de Sartre por su descomunal tamaño. Recién comenzaba a degustarlo, por lo tanto lo aparté para seguir leyéndolo más tarde. Todos fueron lustrados cuidadosamente con un pañuelo y colocados con afecto en sus respectivos huecos. Pronto tendría que conseguirme un departamento más grande. Los libros ya ocupaban toda la habitación y mitad del living-comedor; los menos afortunados descansaban amontonados en cajas, sepultados en el destierro con la promesa firme de un día volver a lucirse en una biblioteca vino tinto fabricada en madera de caoba.

Me preparé un té y me senté frente al ordenador. Abrí un documento de texto en blanco, respiré hondo, bebí un sorbo de infusión y puse las ideas a trabajar. Intenté darle claridad a los pensamientos, escribí algunos párrafos muertos, vacíos de contenidos… nada. Hace semanas que no lograba colar una línea que valiera la pena. Era frustrante, mis nervios se corroían en una sopa de desesperación para luego decaer quebradizos y flácidos a un pozo de nostalgia, directo a los años en que, aunque de producción defectuosa, era capaz de escribir sin sobresaltos, con la más desbocada ingenuidad y pasión. Ahora todo eso se había esfumado, de poco o nada me servía toda esa incalculable masa de material que mi cabeza había sido capaz de archivar durante largos años en materia de literatura y experiencia personal. La vida para mí se había convertido en un ciclo insufrible de repeticiones sin propósitos. Mi mente estaba saturada, irritada, hecha una inmensa pelota de nudos que me era imposible de desatar puesto que en su kilometraje era incapaz de encontrar el hilo correcto que desenmarañe todo aquel fardo de mierda.

El viento silbaba fuera y agitaba el polvo de la ciudad. El frío era agradable. Al menos mi cuerpo podía sentir las punzantes lanzas glaciales venir desde la ventana abierta y de retorcerse en deliciosos espasmos. No todo estaba inanimado, muerto. Incluso de las amargas sensaciones se puede rescatar una chispa de virulenta humanidad. Todo está ahí, dispuesto para el hombre. Un infinito abanico de oportunidades. Sólo hacía falta algo de voluntad y de entrega. Un trago. Unos buenos tragos para poner las ideas en movimiento. Sí, eso es lo que me hacía falta. Lo que estaba necesitando hace tiempo.

Levanté la vista, y junto a unos comics de Batman y cajas de películas, se encontraba en el estante del escritorio, disonante, mi viejo cuaderno de notas. Era un cuaderno pequeño recubierto en cuero negro, de una agradable textura. Las páginas estaban garabateadas con una letra ilegible y repugnante que con pesar descubrí como mía. Lo tomé, me senté en el sillón rasgado por un gato que ya no vivía conmigo y lo abrí. Dentro, el cielo de años mejores parecía serpentear a sus anchas y expandirse. Leí un fragmento fechado en el 7 de febrero de 2014:

«La vi, tras la barra, centelleando su silueta en movimientos dispares y enérgicos. Estaba junto a dos chicas más. Cualquiera que viera a las tres en una situación estática, como una fotografía por ejemplo, no dudaría en decir que era la menos guapa de las tres. Esto en gran medida por su menor producción y desprolijidad al vestir. Pero cualquiera que la hubiese visto en movimiento no habría dudado ni por medio segundo en que lo suyo era una belleza propia de un demonio. Había ido a parar al boliche solo, como acostumbraba. Córdoba desde la última vez que estuve, me pareció no ya la ciudad gigantesca y alegre y revuelta que me había figurado en el pasado, sino una jungla de cemento con un aglomerado de personas que no podría llamarse siquiera comunidad. No había hermandad entre sus ciudadanos, sino más bien como un dejo de provecho que cada quien podía sacar del prójimo. Las calles seguían bastantes limpias como recordaba y la gente seguía siendo en la superficie agradable con el forastero. Los bares y boliches habían decaído y esas luces fulgurantes de antaño colgaban aún entre las paredes y techos internos, pero con el triste lastre del paso del tiempo haciendo mella sobre todo aquello. El lugar era un bolichongo de mala muerte, entré y me acerqué a la barra a pedir un trago. Ella; una castaña de metro setenta, delgada y de largas piernas, de piel lechosa y unos increíbles ojos verdes-grises se me arrimó, y entonces pude contemplar con impunidad su rostro malditamente hermoso. Me sentí enfermo, como si estuviera contemplando algo religioso que tenía que profanar. Era blanca como los sueños del niño Jesús, y también tenía la gracia de una gacela y los ojos de un demonio que sueña despierto y la sonrisa fulgurante y triste del niño Jesús. Me dio una cerveza, compartimos unas palabras y luego me quedé estático, como hipnotizado junto a la barra, sencillamente viéndola trabajar. No era la mejor despachadora del mundo, ni siquiera de la manzana, sin embargo, la gracia que desprendía al hablarte le hacía sentir a uno que estaba frente a una atención excelente. Sabía que tenía que actuar rápido, pero estaba inhibido. Era su trabajo y yo no había ido a parar allí para cazar a damiselas en apuros. Las manos comenzaron a sudarme. Los pensamientos se elevaron sobre sí mismos y pronto sentí como un vértigo en las entrañas. Verdaderamente quería intentarlo. Sobre la barra había un frasco de galletas transparente en cual había pegado un cartel con marcador que decía Propina. Saqué cinco pesos, el único billete chico que tenía y lo coloqué. Ella vio cuando eché ese mísero papelito y desde atrás de la barra levantó los brazos, abrió grandes los ojos, torció la cabeza y me hizo un gesto acusador que parecía decirme: «¿eso es lo que vale mi atención, hijodeputa?». No, claro que valía más. Así que agregué con malicia una moneda de cincuenta centavos. Ella me frunció el ceño, simulando un odio corrosivo. Le sonreí con mi mejor cara de idiota-reventado y entonces saqué un billete de cincuenta y le pedí cambio en billetes de cinco. Luego los coloqué uno por uno en la rendija abierta a tajos de cuchillo de la tapa, de tal manera que la repartición entre las chicas luego fuera equitativa. Me dirigió una sonrisa natural y maravillosa. Sus dientes relucieron detrás de los frenillos que lejos de afearla, resaltaban su ingenua simpatía. La primer sonrisa genuina que veía que disparaba en la noche. Terminé el trago, lo dejé en la barra y me largué al baño. A mi regreso, me envalentoné y traté de hacer mi jugada. Llamé a su compañera, que era la que tenía a mano, una rubia con el pelo casi blanco y con unos pechos artificiales como sandías. Ella estaba en la otra punta sirviendo cerveza. Le pregunté a la rubia artificial el nombre de su compañera. Se llamaba Soledad. Luego le escribí un texto en mi celular y se lo mostré. La Pamela Anderson del lugar tomó el teléfono y se lo llevó a Soledad. Al minuto regresaron juntas. Tras un breve intercambio de palabras, Soledad, tras mirarme con los ojos entornados, dubitativa, tecleó algo y me devolvió el teléfono. Le había pedido el Facebook con un divertido discursito. Me lo dio, y debajo, sin yo habérselo sugerido, me dejó, además, su número. Me dirigió otra de esas sonrisas celestiales y salió sacudiendo el culo a la otra punta de la barra. Mi felicidad se salió del ridículo cuerpo. Me largué de la escena como un soñador que al despertar, abandona una dulce secuencia por la mitad, con la secreta promesa de retomarla a la noche siguiente».


Cerré el cuaderno y lo arrojé al escritorio. Mierda, no estaba preparado para revivir toda aquella abominable secuencia. Podía sentir cómo las lágrimas quemaban la superficie de mis ojos. Rápidamente me los sequé. No estaba dispuesto a derramar más dolor por esa condenada. De todas las cosas que podría detestar de mí, lo que más me enfurecía era lo patéticamente sensible que me había puesto en el último tiempo. Era un sentimental sin remedio, con el corazón tan podrido como un naranjo seco incapaz ya de dar sus frutos.

Apenas oscureció salí echando putas de casa. Bajé los tres pisos poco más corriendo y con animada voluntad abrí con un ridículo sistema de fichas la puerta del edificio (el sistema era ridículo porque cualquier raterucho podía ingresar colando una tarjeta en la rendija del seguro de la puerta). Libertad. Consuelo. Autos hasta donde diera la vista, edificios hasta donde diera la vista y gente hasta donde diera la vista desfilaban ante mí. La ciudad era monstruosa, casi tanto como el vacío que engullía a los ciudadanos. Caminé unas cuadras y entré a Don Mario. El bar estaba pelado. El lugar es un antro underground ubicado en el corazón de Nueva Córdoba; sus paredes negras están repletas de dibujos psicodélicos y de caricaturas de cantantes de bandas de rock. Hay decenas de mesitas pegadas al suelo y unas banquetas increíblemente incómodas en las que asentar el culo. Uno de los pocos lugares del ambiente donde todavía sirven la cerveza en botella.

Al fondo había tres metegoles, uno estaba ocupado por una parejita y dos chicas hermosas que se evidenciaba que nada tenían que hacer allí. Pedí una cerveza y me senté cerca del grupo. Reían y todos estaban muy animados. Fuera el frío te frisaba los sesos, dentro, la cerveza escarchada las manos. Todos estábamos abrigados hasta el cuello y levantábamos constantemente los hombros y nos fregábamos las manos. Amaba aquel ambiente en el bar, y más lo amé aquella vez que fui con Soledad y nos sentamos al fondo, lejos de la vista de todos. Y donde hablamos y reímos y en donde a pesar de que sabía que aquello no duraría, tenía la más miserable certeza de que su imagen y el amor que en ese preciso instante le profesaba me seguirían como perros del infierno hasta el último segundo de esta vida y de la otra. Cielos, tenía ganas de gritar y de romperlo todo. Pero en vez de eso eché una buena ojeada a los culos que tenía enfrente y me arrimé a las dos chicas del metegol cuando la parejita desapareció sin dejar rastros. Eran dos jóvenes ardientes que estaban de intercambio. Dos vascas.

—El lugar mola. Aunque hace un frío de la ostia —largó la vasca más corpulenta. Todo un monumento de mujer, con su cabellera negra serpenteándole por debajo de los hombros y el turbante en la cabeza haciéndole juego con el vestido claro que se le vislumbraba bajo la campera.

—Tú tampoco tienes tonada, ¿es que no eres de por aquí? —dijo la rubia. De quien me vi presa ni bien pisé el bar.

—No, soy del interior.

Ellas eran muy jocosas y tenían una estatura y un volumen que nuestras mujeres en muchos casos envidiarían. Eran como amazonas en tierras lejanas. Gigantes pechugonas en tierras de hobbits. Enseguida me di cuenta que eran chicas de mundo y que sus consciencias estaban por completo destapadas del convencionalismo y conservadurismo general del que hace gala nuestra Argentina. Hicimos buenas migas. Resulta que eran enfermeras. En el pasado me he acostado con algunas enfermeras. Por lo general son frías y se les da muy bien la bebida. Y en la cama casi no hay bestia en el mundo que se les compare. Son sucias, viciosas y salvajes. Para cuando el bar comenzó a llenarse, nosotros ya estábamos hasta las narices. Más tarde llegaron sus amigos, con los que estaban compartiendo el hostel, y, tras cuatro o cinco rondas de cervezas más, nos fuimos todos al departamento a seguir la caravana.

En casa, comencé a conversar con la vasca del turbante. ¿Así que eres escritor?, vaya que tienes libros. Le mascullé que intentaba serlo, luego le pasé la cerveza y ella empinó un buen trago. Josune es una buena lectora, sé que este libro de aquí es de sus favoritos, me dijo y tomó entre sus manos Tokio Blues de Murakami. Josune. Su nombre siguió rodando en mi mente mientras intentaba emparejar a esa rubia de ensueño con el mediocre de Murakami. El escritor japonés estaba en boga en el ambiente pseudocultural. Era un escritorucho más del montón; llano. Pero el hecho de ser japonés le daba cierto aire de cosmopolita. Sus libros son ágiles y superficiales, repletos de frases cortas y dramáticas que intentan pasar por reflexiones filosóficas. Otra de las características en las obras del japonés es que están increíblemente densas de descripciones de comidas y personajes dándose banquetes. Había disfrutado en su tiempo con Tokio Blues por ser una novedad. Pero Haruki es un escritor que da vuelta sobre lo mismo una y otra vez, y es incapaz de dotar de profundidad a sus personajes. Sus historias carecen de propósito. Sin embargo, su forma occidentalizada de escribir y el tinte melancólico que transmite en sus obras son suficientes para hechizar a los lectores menos curtidos, esos que siempre se están montando a la ola de la novedad. Ven, quiero que conozcas a mis amigos, repuso mi interlocutora luego de un momento. Los extranjeros andaban con mochilas cargadas de alcohol. Por lo visto tenían pensado montarse una fiesta en alguna parte y me les atravesé en el camino. Había una pareja de brasileros, un francés, una colombiana y un alemán. Me puse a conversar con ellos. Todos estaban muy alegres y divertidos. El francés intentaba engatusar a Josune. Se la veía algo incómoda, así que preparé un trago; sueño tropical, que consiste en una medida de ron de coco, otra de Blue Curaçao y una parte de jugo de piña. Mezclé en la coctelera que tenía en casa para situaciones semejantes y se lo llevé. ¡Gracias, tío!, ¿todos los argentinos son así de caballeros como tú?, quiso saber Josune. Nadie es como yo. Josune me dirigió una deliciosa sonrisa. El francés se precipitó desde atrás, intentando reanudar la conversación con la vasca con su acento amanerado. Pero ya le fue tarde. Me dijo tu colega que te gusta Murakami, le fui a decir yo, ante la mirada antenta del francesito, imitando un acento españolizado. SÍ, ES DE MIS AUTORES FAVORITOS, replicó la rubia emocionada. Creo que podría recomendarte algo. Y así fue. Nos dirigimos hasta la biblioteca que estaba en mi cuarto, hurgué un poco y le tendí La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Murakami tenía un estilo similar al de Kundera. Era como una mala copia de él. Se lo regalé. Esperaba que con esto se empezara a interesar por autores de mejor calidad. ¡Muchas gracias!, gritó Josune y me dio un sonoro beso en la mejilla. Y así comenzó, desde entonces nos quedamos charlando en el cuarto. Hablamos sobre literatura, sobre cine y sobre sus viajes por el mundo. Había estado en Alemania, la India, Francia, Bélgica y Perú. Era una criatura fascinante. Había mucha emoción y ternura detrás de sus palabras. En un momento entré al baño y me encontré con el brasilero dándole por el culo a la colombiana. Estaban parados; ella se aferraba con pasión al porta toallas mientras él le metía unas embestidas como si no fuera haber un mañana. Me puse a mear mientras ellos seguían en lo suyo. Del otro lado de la puerta se oían risas y bailes y una música en una lengua que no conocía. Luego me enteré de que era euskera.

Cuando la fiesta acabó y todos estaban por partir, Josune quiso quedarse. ¿Me acompañarás luego al hostel?, no sé llegarme sola. Claro que sí, nena, te acompañaría donde fuera, dije yo ciego de vino. Cuando todos se marcharon del departamento, nos pegamos un revolcón de cuatro horas. Intermitentemente nos poníamos a charlar de nuestros asuntos mientras contemplábamos el cuerpo desnudo del otro. Finalmente nos dormimos. Al despertar, fue todo como un sueño que se me venía por partes. Una vez más, había dejado que el demonio de la lujuria me arrastrara a su fuego y me consumiera en otra piel. Se había ido otra noche que sería incapaz de recordar en el futuro próximo.

III

Tiré la ropa mojada a un lado, abrí con sigilo la puerta del baño y me colé. El vapor que desprendía el agua se desparramaba a sus anchas en la pequeña habitación, formando pequeñas nubes en los vórtices de las esquinas del techo. Hice a un lado la cortina de la ducha; María pegó un alarido y cruzó un brazo sobre las tetas y el otro sobre su sexo. Yo estaba desnudo.

—No es para tanto —dije—. Tengo frío. Además, vas a necesitar que te enjuague la espalda.

—¡Ni en sueños! SALÍ DE ACÁ, DALE.—Nena, es nada más que un baño. No quieras verlo como un ataque sexual —dije y entré. Luego me posicioné con agilidad detrás de la aturdida María y acto seguido le froté los hombros—. Tenés la piel suave como el algodón, ¿ya te lo habían dicho?

Y era verdad… en parte. María tenía una piel mantecosa y fresca, adornada por pequeñísimos lunares alrededor de la parte baja del cuello. Tenía un pelo abundante, negro y brillante y unas orejas puntiagudas que le sobresalían a un costado de la melena aplastada. Parecía indefensa allí frente a mí. Pero no salió de la ducha. Le acaricié los brazos y con delicadeza hice que los pusiera a un costado del cuerpo. No dijo palabra alguna. El agua caliente seguía manando a chorros sobre nosotros. La giré muy lento, pegué mi pecho a sus tetas y la rodeé con los brazos, casi con ternura. Tuve una erección. El miembro se aplastó sobre el monte de venus. Comencé a darle besos en el cuello, pero enseguida María me miró con aquella carita suya.

—No te traje para esto. Pensé que alguien como vos lo iba a entender.

—Ma-Mar…

María salió de la ducha, se envolvió en un toallón y dejó el baño. «¿Por qué con las mujeres todo tiene que ser tan personal?», me pregunté. Seguí bajo el agua un rato más, entonces ocurrió que la puerta volvió a abrirse.

—Acá tenés algo de ropa de mi hermano. Fijate qué te puede quedar.

—Ma-María…

La puerta se volvió a cerrar. Apoyé las manos sobre las cerámicas de la pared, levanté la cara y dejé que el agua se volcara en ella. Me había comportado como un imbécil… una vez más. Me sequé, tomé un joggin claro, una musculosa negra y salí fuera. Fui hasta el comedor, Prometeo estaba echado sobre la alfombra de la entrada. Me miró con ojos soñolientos. El departamento era pequeño y estaba sobrecargado de muebles. Tenía los techos demasiados bajos y era algo claustrofóbico. Saqué una botella de vino del refrigerador, crucé el angosto pasillo que separaba el comedor de la habitación y me encontré con María. Estaba de espalda, frente a un espejo de cuerpo entero peinándose la larga cabellera azabache.

—Lo siento mucho, María… creí… creía…

—¿QUÉ ES LO QUE CREÍAS? —gritó, luego giró la cabeza y me miró con aquellos expresivos y enormes ojos negros—. ¿QUE QUERÍA COGER CON VOS?

—La forma en que me abordaste en el bar… comprende que…

—HOMBRES-HOMBRES… siempre pensando en lo mismo. Todo se resume en COGER para ustedes. No les importa un carajo lo que una puede tener adentro, todo lo que quie…

—¡Basta, María! —dije. Ella calló de golpe—. Te pedí perdón, che. Tomemos un trago mejor. Ya. Dejemos atrás el mal trago.

Destapé el vino y le pegué un beso. No estaba mal.

—Me gusta cómo decoraste todo esto. Nunca hubiera pensado que te encantara el rosa chillón y todas esas cosas cursis que le gustan a las adolescentes románticas.

—Es porque sigo siendo una adolescente romántica, tonto —me dijo esta vez algo más distendida.

—Y yo que creía que eras una elfa del bosque… con ese pelo largo y negro, con esa piel tan blanca y con esas orejitas puntiagudas sobresaliéndote…

—¿Qué tienen mis orejas? —preguntó y se las puso a mirar en el espejo—. No son muy grandes, ¿o sí?

—A algunos hombres les gustan así, de tu tamaño equis ele.

María dejó de mirarse en el espejo y me dirigió una cara con el entrecejo arrugado. Luego sonrió.

—Las elfas son sexys —remató.

Tenía razón. Nos sentamos en la cama y nos pasamos la botella. Cuando se relajó me contó que su hermano, quien era dos años mayor que ella, estaba en prisión por un robo. Que trabaja en una empresa que ofrecía servicios de limpieza a grandes cadenas de supermercados y que, a pesar de ser mayor, estaba terminando el secundario en una escuela nocturna. Giré la cabeza y pude ver que en una mesita que estaba en la esquina del cuarto habían amontonados varios cuadernillos y carpetas. Además, para ganar unos pesos extras, vendía frascos de marihuana. Lo quería dejar, pero de momento no le era posible porque de lo contrario no llegaba a fin de mes. También tenía una hermanita pequeña, de seis años, que se encontraba viviendo con unos tíos en Buenos Aires. Su mayor anhelo era sacarla de ahí y traerla consigo. El vino se terminó.

—Tiene que ser duro —repuse—.

—Lo es…

—Pero ahora que te conozco más, sé que lo vas a lograr. Sos una una chica dura, una superviviente.

—¿Te gustaría comer algo? —dijo María, cambiándome el tema.

—Eso depende.

—¿Depende de qué?

—No le irás a echar veneno a la comida, ¿no? Vi que tenés sobre la mesada veneno para ratas.

—¿Siempre sos tan chistoso?

—Nada más cuando me siento bien —María se sonrojó al escuchar esto.

—A ver eso —agregó luego y se me arrimó. Me tomó la cara entre las manos y se puso a examinarme el ojo—. Está mejor. Ponete algo más de hielo mientras yo hago algo de comer.

María caminó hasta la puerta y luego se volvió.

—¡Y no toqués nada!, pensar que te hacías el lindo en la ducha con ese ojo todo feo. Hice una mueca divertida y ella la replicó. Se fue a preparar la cena. Me quedé un rato en la pieza contemplando unas fotografías que habían pegadas en el espejo. Habían varias de su hermanita, parecía una chica muy mona, como una María en miniatura. Pero me llamó la atención una selfie en la que estaba ella con un chico en la cama, en la misma habitación. El muchacho veinteañero, tenía la cara lisa, ojos azules y el pelo teñido de rubio con el típico desgastado en mechas de los amante de la cumbia. María estaba acurrucada a él y sostenía un peluche. Volví con María. Me puse hielo en el ojo y me le arrimé para ver qué estaba cocinando. Bifes con cebolla y papas, nada mal. Prometeo se desperezó al sentir el aroma de la comida y se arrimó a nosotros.

—Si me lo permitís, me gustaría bañarlo.

—Se va a morir de frío, pobrecito.

—Es un cachorro, lo envuelvo con un toallón viejo y problema resuelto. Apuesto a que nunca se dio un baño en su vida.

María me acercó un fontón y me puse manos a la obra. Entibie el agua, le agregué una buena dosis de champú y sumergí a Prometeo. Él pataleó un poco, pero después de unos minutos parecía estar muy a gusto. Sacó la lengua fuera y se lo veía distendido, casi feliz. Cuando lo saqué su imagen era aterradora. El hocico y el cráneo eran todo piel y huesos. Sin el pelaje pomponeado las costillas se le marcaban al punto de la locura. Lo sequé mientras cantaba una canción. Para cuando Prometeo estuvo listo, la cena estaba servida.

—Esto es para nosotros y esto… para Prometeo —dijo María y le tendió un plato de abundantes huesos de osobuco con carne—. La tenía para cuando hiciera puchero, pero ahora que lo pienso, creo que la tenía para este momento. Yo creo en esas cosas.

Le sonreí. Yo no creía en el destino, pero eso no impedía que lo maldijera con frecuencia. Apenas hube dejado el plato en el suelo, Prometeo le hincó el diente como un lobo salvaje a su presa. Al instante limpió la fuente. Al final del banquete se puso a rasquetear los huesos, pero no consiguió demasiado con esa dentadura suya.

—Si vivís en un departamento lo mejor es que se quede conmigo.

—¿De verdad harías eso?

—Sí, me gusta Prometeo. Parece un buen chico, quiero que se ponga bien —dijo María y me quedó mirando con el semblante iluminado. Era una mujer encantadora.

Después de la cena nos acostamos. Me eché en el suelo, sobre unas colchas que María me tendió. Ella se recostó en su cama de un cuerpo, justo a mi lado. Se puso en posición de feto y me quedó mirando desde arriba.

—Me alegra que Prometeo y vos estén acá.

—A nosotros también nos alegra estar acá —dije.

Nos dormimos. No recordaba la última vez que había dormido tan bien. Fue un sueño blanco, tranquilo, por completo reparador. No dormimos mucho pero sí el tiempo suficiente. Al abrir los ojos, María ya estaba vestida y con el desayuno listo. Mi ropa estaba húmeda, pero de todas formas me vestí con ella. Desayunamos café con leche. María me prestó algo de dinero para volver en taxi. Me dejó, además, su número. Quedamos en que la llamaría en la semana y acordaríamos un encuentro. Luego del desayuno, me despedí de Prometeo y de María y me marché.

¿Un mal día, eh?, vociferó el tachero. Me dieron una paliza, pero la cosa no terminó del todo mal, al final me quedé con la chica, dije, y agregué algo así como que por todas las desgracias siempre hay un diablo que se beneficia, haciendo referencia al mal clima y a su glorioso día de trabajo. Yo soy un creyente, señor, no me diga diablo, señor. Y yo no soy un señor, caballero, estoy lejos de serlo, le retruqué. El resto del recorrido fuimos en silencio. Me cobró el viaje setenta y cinco pesos. ¡Setenta y cinco pesos! Pero qué chorro y carroñero era el gremio este de los conducecohes. Le di cien y dije que se quedara con el cambio. Me agradeció. ¡Adiós, viejo ladronzuelo!, le aullé al bajarme y me precipité a la puerta del edificio. Subí por las escaleras y entré al piso.

El departamento estaba ordenado y olía muy bien. Una música estruendosa me sacudía los tímpanos. Una voz gutural en una lengua inidentificable bramaba detrás de guitarras eléctricas y retumbos de batería. «¡Hay que joderse!», me dije. Entré a la pieza, todo estaba igual de impecable. Me dirigí al lavabo, abrí la puerta del baño de un golpe y me encontré con Josune sentada en el inodoro. Estaba cagando. Al verme pegó un alarido.

—Hasta tu mierda huele bien.

—So cabrón, ya arreglaremos cuentas tú y yo.

Cerré la puerta y me dirigí a la cocina. Por lo visto el almuerzo del día eran verduras y… verduras. Escuché que se jalaba la cadena. El truño iría a una mejor vida. Me imaginé que al cielo de los truñacos. Josune apareció en el umbral.

—Más vale que tengas una buena historia para contarme… pero qué coño te pasó en la cara…

—Lo siento, nena. Tuve un pelea y terminé detenido. No es una linda historia… —mentí—. Me siento fatal.

—Oh, pobrecillo… me tenías preocupada. Ven aquí.

Fui hasta Josune y ella me abrazó. Hundí la cabeza en sus gigantescas tetas de vaca lechera y me quedé allí, reconciliado con la vida. ¿Tendríamos un revolcón con aquella música?, me pregunté. Bueno, qué más da, mientras haya algo de acción. Josune bajó el volumen y me propuso almorzar y después ver una película en la cama. Le dije que sí, aunque para mis adentros ya urdía otros planes.

—¿Y esa música?

—Es una banda vasca, se llama Dawnmaster.

Almorzamos. Con sutileza empecé a tantear el terreno y a preguntarle cosas de la noche anterior para juntar las piezas que me faltaban y armar el rompecabezas. Josune estaba muy bien, tenía mucha carne en los lugares correctos. Tenía un rostro particular, había un rasgo duro en él que era muy fácil identificar; el mentón cuadrado y el flequillo rubio que le caía como una diminuta cortina sobre la frente. Sin embargo, algo en sus ojitos negros muy refulgentes y en la forma de expresarse y de moverse la hacían sumamente femenina y delicada. Llevé el televisor a la pieza y nos recostamos. Ella eligió una película: la estúpida comedia de acción clase B; Deadpool. Le sugerí que nos quitáramos la ropa para estar más cómodos. Aceptó. Ni bien terminó la primera escena de acción de la película comencé a meterle mano. Funcionó. Comenzó a encenderse. Me toqueteó los huevos y le metió un buen apretón. «¡AOOCH!». ¿Qué pasa ahí abajo? No lo sé, nena, le dije. La verga estaba flácida, como si en la situación no tuviera nada que hacer. Cuando follamos no pudiste acabar, estuviste bombeándome toda la mañana, debes estar MUY cargado. Deberías chupármela, le dije con brusquedad. Qué delicioso. Ajá, sí, sí, delicioso, vení, comemela. DELICIOOOOOSO. ¡Mierda!, la cosa no terminaba de funcionar. No sé qué demonios me pasaba. Pronto, de la nada, comencé a pensar en María. En su pelo abundante y brillante, en sus orejas puntiagudas, en sus maravillosos ojos negros que nada tenían que ver con los de Josune. En su preciosa cara pálida. No, no, maldita sea, algo va mal. Estás utilizando la imagen equivocada, Levi. Concentrate, vamos, vos podés. Eso es, la ducha, ¿recordás lo dura que se te puso cuando tenías el cuerpo de María desnudo frente a vos?, vaya que sí. Estabas encendido entonces, ¿eh? ¡A que sí, semental! Sigue, perra, sigue. Así, zorra de mierda. Esto es un argentino, ¡españoleta chupapija! Eso es. Ahí va, nena. SIENTE LA CORRIENTE BLANCA. ¡EL TSUNAMI! Aaah, le volqué la savia de la vida, el zumo vital del que se construyen los especímenes fuertes y vigorosos dentro de la jaula de carne que era su boca. Josune dio un par de arcadas y luego, tras una especie de convulsión, escupió una sustancia chiclosa ahí mismo, sobre la cama.

—¡Eres un cabrón! Se suponía que me ibas a follar no a correrte en mi boca. ¡Coft-coooft! Me hubieses dicho que me detuviera, ¡cooft-coooft! MAMÓN.

—No te preocupes, nena. Pronto tendremos un segundo round. Puede que hasta un tercero.

—Nada de eso, comemierda. Iremos al hostel ahora mismo.

Josune se había enfadado. Un aluvión de malos momentos acudieron a mi inestable psique y me sentí un miserable. Me vestí y la acompañé. Dimos un par de vueltas largas porque yo no recordaba la dirección que me había dicho su amiga y Josune no tenía la más pálida idea. Pero al final se me vino a la cabeza como por arte de magia y encontramos el sitio. Era una casona muy vieja.

—Vale, cabroncete, ya se me fue el enfado. Quiero verte pronto, me gustas, joder, aunque seas un guarro de la ostia.

Le sonreí. Fue una sonrisa forzada. Le pasé la dirección de casa. Le di un beso en los labios y me marché.

Por las calles céntricas de Córdoba, entre un genterío parlante y vivaracho, bajo un brillante sol de atardecer de julio, un alma apagada y como mortecina caminaba con la cabeza gacha, vislumbrando baldosas y sumiéndose en nostálgicas ensoñaciones. Era Lázaro Saúl Levi, un derrotado.

IV

Terminé de escribir una nota y la mandé a la redacción de la revista. Estaba molido, necesitaba aire. Era viernes y hacía un bonito día así que me dirigí hacia el Paseo de las Flores; había bastante gente. Me detuve frente a un muchacho que estaba vendiendo su obra autoeditada; los volúmenes estaban amontonados en una mesita. Le di cien pesos y me llevé un libro. Era un poemario.

—¡Gracias, señor, que lo disfrute!

Recorrí un par de pasos y me senté en el respaldo de un árbol. El título ya me advertía que estaba ante una mierda sentimental: El color de la flor marchita. Leí tres poemas, pero sencillamente era demasiado para mí. Recuerdo que uno de ellos decía algo así: «En noches de sustancia infinita/ siento que una víbora/ me carcome por dentro/ y clava sobre mi cabeza/ una bandera negra/ para ver abrirse rosas/ que contienen los secretos/ de mi apenado cerebro».

Me sentí enfermo y con ganas de vomitar. Volví donde estaba el muchacho y le tendí el librito. Me miró, sus ojos transmitían la ilusión de la grandeza. Conocía esa mirada. Era la mirada de alguien que se creía un genio a la espera de ser descubierto: ¿será este hombre rebosante de inteligencia y de juicio que tengo enfrente quien me descubrirá?, podía leer sus pensamientos. Tomé una lapicera de la mesa que seguramente tenía para firmar ejemplares, abrí uno de sus libros libro y sobre un espacio en blanco escribí una serie de nombres.

¿Qué hace, señor? Si quiere una firma sólo tiene que pedírmelo. CERRÁ EL PICO, le dije y seguí con la lista. Tomá, consideralo un favor, seguí escribiendo, pero si dentro de cinco años seguís vomitando mierdas como ésta, entonces renunciá a la literatura y dedicate a otra cosa. Hacete marinero o algo así; embarcate y después de algunos años de ventura volvé a intentarlo. Le dejé allí el libro y me marché. Le había hecho una lista de títulos; de libros y de autores que debería leer para mejorar su obra. Aunque al final ese no sería el problema. El pobre diablo tenía que vivir, romperse la cabeza y el espíritu contra lanzas y paredes muchas veces antes de siquiera asentar el culo y ponerse a parir versos. No soporto a los poetas, sobre todo a los poetas rítmicos con complejo de músicos; son demasiados pretenciosos, demasiados impersonales. Siempre exagerándolo todo, al punto de que con tanta sensiblería alcanzan el mote de ridículo. Ningún poeta bien alimentado puede decir una gran verdad. Algunos tienen una buena retórica, un hermoso estilo y eso confunde a la plebe, pero detrás de la linda fachada de las palabras no dicen gran cosa. El mundo está lleno de malos poetas y de malos lectores de poesía. Carajo, necesitaba una cerveza o enloquecería. Eran recién las cinco de la tarde.

Me acerqué a un quiosco y compré una lata de cerveza. Antes de pagar ya le estaba metiendo un trago. El dinero no me duraba, era un derrochador sin remedio. Lo tiraba en cualquier nimiedad, simplemente no me importaba. No me interesaba tener una gran casa, una linda novia con el cerebro de una hormiga pedigüeña o un coche fastuoso. Ni siquiera quería un coche. Sentía repulsión por los vehículos y por las personas que los conducían y hacían de ellos artículos de lujo. Las jodidas ciudades le pertenecían a esas horribles máquinas. Por otra parte, sentía un fetiche rayando en lo vergonzoso por los libros. No me importaba gastar lo que sea por uno. Nunca fui una persona práctica. Nada me interesaba realmente, no tenía pasión por el mundo y la gente rara vez me gustaba. Me he dilapidado sueldos enteros en uno o dos volúmenes. Intentaba apartarme lo más posible de todo, sobre todo de las personas, pero siempre había alguien rondándome y haciendo de mi camino algo todavía un poquito más espinoso y miserable.

De vez en cuando aparecía un prototipo que me gustaba y entonces estaba perdido. La mayoría de las veces eran mujeres. Me atraían mucho más que los hombres. No estoy hablando en un sentido sexual. No soy un marica. Está muy bien ser maricón, si te gusta la cuestión liberal y empomarte hombretones o que te penetren de lo lindo. A mí no me va esa historia. Ni siquiera me gusta demasiado el sexo, sólo es otra de las formas del hastío. Supongo que mi atracción en las mujeres tiene que ver con cierto rasgo de dureza emocional que advertí en algunas de ellas. En una sensibilidad genuina. En una locura perversa y fatal. En los hombres hay características extraordinarias también, pero casi nunca son de nivel espiritual: todavía estamos demasiados atados a los convencionalismos del patriarcado como para despertar en nosotros esa condición seminal y maravillosa propia de los especímenes que han pasado demasiado tiempo oprimidos.

¿Qué haría con mi jodida vida y mi dilapidada juventud?, si lo supiera, probablemente no me pasaría la mayor parte del tiempo de mis mejores años escribiendo. Hay cierta pulsión de muerte en los escritores. Cierto deseo de alcanzar el precipicio y de arrojarse de cabeza al abismo. Aunque no demasiado pronto. NO ANTES DE ESCRIBIR UNA CÉLEBRE O PÓSTUMA OBRA MAESTRA. La literatura es una semilla poderosa. El problema es cuando esa semilla, rebosante de vigor existencial sustituye a la vida real, a la vida de carne y hueso.

Estaba muriéndome, quiero decir, realmente estaba malgastando mis mejores años en encontrar un sentido en todo esto, en lo que hacía y porqué; sólo que era demasiado inconsciente para darme cuenta de ello la mayoría del tiempo. Todavía faltaba el último gran alarido. Escribir la última gran escena. EL GRAN ACTO. Pero los acontecimientos no se precipitaban, así que volví por otra lata de cerveza para precipitarme yo hacia los acontecimientos. Estaba listo para dejar libre a mis demonios por un rato y perder la cabeza. Pero entonces recordé a María. Recordé su bondad y desistí de emborracharme. Caminé otro poco y sin darme cuenta me dirigí al café donde me había encontrado hace unos días al zorrón del vestido azul. Tamaña fue mi sorpresa al ver el auto importado del viejo estacionado frente al local.

Me llegué hasta la fachada de enormes ventanales de vidrio del café y miré con cautela hacia adentro. Lolita estaba charlando con el viejo famélico, que seguía de traje oscuro. Parecía ofendida. Él no paraba de parlotear y ella lo observaba como antipática mientras cruzaba y descruzaba los brazos. Estaba vestida de entre casa. Sus curvas estaban al descubierto. Lolita en un momento se paró, amagó a salir y el viejo la sostuvo del brazo. ¡Dejame!, advertí que le dijo por el movimiento de sus labios. Salió fuera y caminó en la dirección contraria a la mía. El viejo se quedó en el café como pensativo. La seguí.

Tres cuadras más adelante la alcancé, me le puse a la par y le hablé.

—La ciudad a veces puede parecer un pañuelo —dije divertido mientras levanté el mentón y le eché una mirada sugestiva al cielo sereno.

—¿Es que me estás siguiendo?

—Pensé que te iba esto de jugar al gato y al ratón.

—Siéndote sincera, apareciste en el momento justo. Necesito despejarme. ¿Me pensás ayudar con eso?

—Soy un simple servidor, señorita…

—Medea. Me llamo Medea.

—Qué nombre tan raro. Me suena a fábula mitológica o algo así.

—¿Vos cómo te llamás?

—Levi.

—¿Vivís cerca, Levi?

—No vivo lejos. Pero estoy cansado de estar encerrado en mi propia jaula. ¿Por qué no vamos a la tuya?

—¿Acaso tenés a tu mujer esperándote que no me querés llevar?

—No, algo peor que eso.

—¿Peor?

—Tengo demonios viviendo en casa.

—Ja, ja, já —la cosa empezaba a despegar.

—Está bien, vamos. Sólo porque no quiero que tu papá vaya a tu casa y nos encuentre haciendo algo inmoral. Parecía molesto.

—¿Te creés con tanta suerte? —remató y me dirigió una mirada filosa.

Nos dirigimos a la letrina que alquilaba. Detestaba tener que llevar gente al departamento. No porque el lugar fuera una mierda, que lo era, sino por el hecho de que después la mayoría de los actos de mis relatos transcurrirían allí. Detestaba ser monotemático. Pensé entonces en hacerle un lavado de cara a la pocilga, pero ése no sería yo. Medea iba con un jogging deportivo y una camperita azul haciéndole juego. Tenía unas piernas cortas y robustas y un gran culo que se esmeraba en sacudir. Su cintura era diminuta, como tallada a base de trabajo en el gimnasio y sus pechos se agitaban enloquecidos con cada paso medido al milímetro que daba. Era un monumento de mujer y la calle era su pasarela. Todos le echaban un ojo al pasar, incluso las mujeres. Algunos guarangos les decían auténticas barbaridades. Sobre todos quienes se paseaban en confortables vehículos extranjeros. Yo no le dirigí ninguna de esas miradas lascivas. Las mujeres quieren ser deseadas, pero no por perdedores o déspotas. Yo era un derrotado, pero no al punto del patetismo en el asunto de las mujeres. Tenía algunos buenos trucos bajo la manga y estaba dispuesto a ponerlos en práctica aquella tarde.

Habíamos llegado.

Medea estaba como hiperquinética, iba de un lado a otro por el departamento. No quiso tomar asiento y no tardó nada en ponerse a hurgar entre los libros. Le ofrecí tomar algo: un café, mates, una medida de whisky. Quiso vino. Tenía una caja de vino tinto en la heladera a medio tomar. No le importó. Era una mujer con actitud, de eso no había dudas. Preparé una jarra. Bebí.

—Tenés mal gusto para la decoración, pero uno muy afilado para los libros.

—Voy a tomar eso como un cumplido —dije y le pasé la jarra.

—¿Qué son todos estos papeles? —quiso saber cuando tomó una pila de ellos del escritorio. Se puso a leer—. ¿Sos una especie de escritor?

—Algo así.

—Me gusta cómo comienza esta historia. El párrafo tiene fuerza: “Era una chiflada, pero estaba enamorado. No sabía lo que era el amor hasta que la conocí. Tampoco lo que era el dolor, hasta que se esfumó como polvo barrido por un cáustico viento de otoño. Ahora bebo para sentirla conmigo, crepúsculo tras crepúsculo, en una especie de locura negra y nebulosa. Y entre trago y trago garabateo páginas. Intento traerla de nuevo hacia mí a través de historias. No estoy seguro de que funcione, pero me ayuda a pasar el tiempo. En medio de todo eso, envejezco” —leyó.

—¿Quién era el viejo fifí con el que estabas en La Perla?, parecía preocupado —pregunté sin más.

—Te gustan los atajos. Ir por la vía rápida.

—Lo siento. Parecés una chica instruida, pero hay algo en tu comportamiento que no me termina de cuajar. Es como si algo en las partes que te componen no fueran del todo compatibles.

—Sos uno de esos chicos observadores, ¿eh?

—No, soy alguien que está interesado.

—¿Te intereso? —me dijo.

Creo que realmente la sorprendí con la respuesta.

—Desde el primer momento. No creo en las energías, pero siento que hay una tensión entre violenta y deliciosa entre nosotros. Capaz sea nada más que mi imaginación.

—Decime algo, ¿por qué tenés tantos libros de Vargas Llosa y ninguno de García Márquez a la vista?

Aquello me desconcertó, Medea había soltado los escritos para seguir fisgoneando la biblioteca. Improvisé una respuesta.

—Simple, no me gusta. Lo estimo más como periodista que como novelista. Cien años de soledad es una mierda aburrida que únicamente le interesa a los críticos. Tiene su magia en los recursos estilísticos que utiliza para plantear la historia, pero fuera de eso es una bomba que nunca detona. Además, detesto las novelas donde no hay diálogo. Cualquier escritorucho debería de poder dotar de diálogos a sus personajes.

—Te creés un listo sabelotodo, ¿no es así?

—No tengo miedo de verter mis mierdas. Es lo que opino. De todas formas prefiero quedarme callado la mayoría de las veces. No hay nada como el silencio del contemplador.

—Te creés una especie de duque que puede ir por ahí tomando lo que le guste, lo que se le cante, ¿me equivoco?

—Sólo intento ser lo más fiel posible a mí mismo —sentía cómo la tensión sexual entre nosotros iba en aumento. En un momento se hizo sencillamente insoportable. Tenía que actuar.

—Creés que sos un salvaje, un cavernícola, un ser primitivo en un mundo superficial y con demasiados modales, ¿me equivoco? —me dijo. El rubor comenzó a trepar por su rostro cobrizo. Intentaba darse valor—. Pensás que sos como un lobo solitario en un territorio-de…

Me lancé hacia Medea. La jarra cayó al suelo y se hizo añicos. Medea me metió la lengua al vuelo, y juro que nunca sentí nada igual; era como una descomunal serpiente que se movía y se enroscaba en una presa tres veces menor. Le agarré el culo con las dos manos, la levanté para que sintiera la fuerza del deseo, los músculos de mis bíceps contrayéndose y la tiré en el sofá. Me volví a precipitar sobre ella. Medea intentó zafarse, darme vuelta, quería tener el control. Pero yo era más fuerte, no la dejé. Lo que saliera de esa lucha sería el reflejo de lo que después pudiera ser el vínculo. Tenía que ser fuerte. Resistir. Medea me sacó el buzo con apuro y clavó las garras en mi espalda. Me mordió la parte baja del cuello, sobre el trapecio superior, y luego succionó con brusquedad y deseo felino. Su lengua era como un pincel que bullía pasión, se movía y se sacudía con descaro. Era demasiado. Logró girarme y posicionarse sobre mí, consiguió tener el control de la situación. Noté en una fracción de segundo una mueca de victoria en sus labios. Sabía que estaba perdido.

No podría llamarse amor a lo que hicimos. Pero tampoco fue un sexo vulgar de desahogo. Realmente había habido algo allí. No sabía lo que era, pero existió, y duró todo el tiempo que estuvimos juntos.

—Sé que estás loco —me dijo—. Lo sé, lo percibo. Tengo experiencia en ese campo patológico. Pero la tuya es una locura distinta. Es algo entre hermoso y punzante como una aguja que poco a poco se va hundiendo más y más, hasta que finalmente se pierde entre la carne… y duele.

No pude responder a aquella acusación. Quería declararme inocente, pero no podía engañar a una mujer como Medea. Así que no lo intenté.

—¿Qué dice? —preguntó luego, haciendo referencia al tatuaje que tenía en el pecho escrito con unas despampanantes letras cursivas.

—LEVIATHAN.

—Estudié algo sobre eso en la cátedra de filosofía… ¿el libro de Hobbes?

—¿Qué estudiás? —pregunté a mi vez. Tenía el presentimiento de que estudiaba psicología. Entonces una brecha se abriría entre nosotros. De pronto, me odié por querer saber aquello. Había cosas de las que era mejor no tener conocimiento. Seguí—. No tiene que ver con Hobbes, pero me gusta decir que sí. De esa forma no tengo que entrar en detalles.

—Ya entiendo, es algo personal —dijo, luego agregó—. ESTUDIÉ: pasado. Hice letras clásicas.

Sonreí. Me había sorprendido.

—Diste en el clavo con lo del tatuaje —dije y la acurruqué en mi pecho. Estábamos sentados en el sillón de cuerpo entero, semidesnudos. Medea tenía el mejor cuerpo que hubiera poseído. Pero no fue ésa la cualidad que más me atrapó de ella.

—Quiero decirte algo. Más bien, explicártelo. Pero va a ser mejor si lo ves con tus propios ojos.

—Seguro. ¿Ahora?

—Esta noche. Te voy a dejar una dirección. Quiero que vayas, ¿vas a ir?

—Claro, ¿pero de qué se trata?

—Ya lo vas a ver.

—Bien.

—Te espero a las doce y media, sé puntual, por favor. Andá, agarrá una mesa, tomá algo y esperame. Un trago te va a sentar bien.

—Ya empezás a conocerme —le dije y ella rio entre divertida y nerviosa.

Medea se fue. No sabía qué pensar sobre ella. Era un putón, eso me lo dejó claro en nuestro primer encuentro en La Perla. Pero por otra parte, puede que haya sido la violencia del enlace que se desprendió desde el primer momento en que nos vimos lo que la llevó a actuar así. No era la primera vez que me pasaba. Yo era acreedor de muchísimos defectos y vicios, pero también sabía que por momentos era como una fuerza endiablada que se llevaba puesto todo. La gente terca que insistía en estar a mi lado solía acelerar su ciclo natural. Medea era como una especie de demonio. Todo en ella era deseo, lo invocaba. Incluso al minuto de marcharse comencé a echarla en falta. Era un anhelo enfermizo y perverso. Y sin embargo sentía cierta nostalgia que nada tenía que ver con fuerzas oscuras, sino más bien con un sentimiento puro, de añoranza por un ser humano que, de alguna manera, se las había arreglado para ganarse muy rápido mi afecto y hacerme dudar hasta de mí mismo.

Me sentía perdido, así que para recobrar la confianza, me senté frente al ordenador y me puse a machacar el teclado. Las palabras surgieron con naturalidad. Ni siquiera reparé en la historia que estaba evocando con palabras. La prosa fluyó como un ligero río de montaña; tenía tramos cortos y espinosos sobresaltos en la trama del protagonista. En un par de horas, después de una especie de trance impetuoso y vívido, el relato estaba listo. Cuando leí la historia con más cuidado, me sobresalté; el relato contaba la historia de un muchacho que se la pasaba de cama en cama, poseía una especie de vacío existencial anidándole en el pecho y nada le satisfacía. Al final, el protagonista fumaba un puro recostado en su cama y repasaba las últimas aventuras. Entonces entró en razón, y, sintiendo como una chispa de virulento sentimiento hacia una de estas amantes, palideció. Lo hizo porque era por la mujer equivocada, por la clase de mina que lo podría partir en dos. Descubrí con pesar que las características del personaje con que había dotado a esa mujer demoniaca encajaban con las de Medea. Me turbé y me maldije. Ahora sólo quedaba esperar.

No me iba a engalanar. Pero para darme un aire más rudo me puse una campera de cuero negro con franjas blancas a la altura de los hombros. Mi pelo castaño oscuro, rebelde, caía sobre parte de mi cara. Me afeité con esmero, con una maquinita nueva incluso, aunque no por completo. No quería parecer un niño. A las doce clavada, salí de casa, me tomé un taxi y partí hacia El Cerro de las Rosas. El viaje me salió una pequeña fortuna. Putié al tachero al bajarme del automóvil. Él me insultó a su vez y apretó el acelerador, desapareciendo de mi vista.

El lugar era una especie de taberna rústica. Un sujeto grandulón que estaba en la puerta y que había contemplado la escena con el taxista me miró con desprecio. Era el matón del bar. No me importó una mierda. Entré y ni bien pisé el establecimiento una muchacha muy mona me abordó.

—¿Se le ofrece algo, señor?

—Levi. Me llamo Levi.

—¿Vas a tomar algo esta noche, Levi?

—Me gustaría conseguir una mesa… después traeme una cerveza —dije. Y tras pensarlo mejor, repliqué—. No, mejor un vodka —tenía el presentimiento de que aquella noche pasaría algo. Algo gordo. No sabía si sería bueno o malo, pero lo mejor era tener el espíritu prevenido.

—¿Trago o botella?

—BOTELLA.

—Muy bien —me dijo ella risueña, como si aquello le asegurara el comienzo de una excelente noche de trabajo.

Me dirigió hacia una mesita cerca del escenario y se fue a buscar el pedido. La taberna era agradable. Era más bien bucólica, construida en piedra y madera; sobrecargada de carteles de todos los tamaños y colores y nacionalidades. Tenía, además, el espacio correcto. No era pequeña, pero tampoco demasiado grande. Había gente, pero no estaba repleto. La atmósfera era íntima. Me relajé. La camarera vino con la botella de vodka y con una jarra de zumo de naranja. Entendí porqué estaba tan risueña. Me costó una barbaridad. Tendría que haberme quedado con la cerveza. ¡A la mierda!, me pondría hasta las narices, qué demonios. Preparé un trago y bebí. ¡Ah, delicioso!, ¡riquísimo! Eran las doce y media. Una mujer de mediana edad se me acercó a pedirme un cigarro. Le di uno y lo fumó delante de mí. Empezó a darme charla. Disculpá, pero espero a alguien; es una chica celosa, no quiero que me vea con ninguna guapura cerca, dije. Lo de guapura le gustó, aunque estuviera lejos de serlo. Me sonrió con premura y se fue a otra mesa a molestar a un viejo solitario. Zorra chupasangre del carajo, murmuré. Para la una y media ya me había bajado más del cuarto de la botella de vodka. Alcé la vista y descubrí con pesar que la jodida taberna se había llenado, sobre todo de personas mayores. Comencé a ponerme nervioso y a maldecir para mis adentros. Más vale que Medea tuviera una buena explicación para su retraso o ya me escucharía luego. Entonces ocurrió que las luces se apagaron y el escenario se iluminó. Presentí que aquello tenía que ver con Medea. No me equivoqué.

V

Y ahí estaba aquel increíble culo contorneándose sobre el escenario con una diminuta tanga. Se sacudía lenta y sensualmente; se percibía como un cuadro pintado al óleo en movimiento. Las luces azules y rojas y verdes del escenario se derretían sobre aquel torso danzante, sobre los bestiales pechos naturales y se desparramaban a lo largo de todo el cuerpo. En verdad que Medea sabía mover lo suyo. La gente en el bar comenzó a enloquecerse, y fue todo tan progresivo que no recuerdo con precisión la secuencia que llevó todo al hecatombe. Sólo me acuerdo que había un tipo grandulón que no paraba de gritarle obscenidades a Medea, le escupía toda la clase de guarradas misóginas y denigrantes como: “Pequeña putita” o “Lo que papá le haría a ese culo, mamita”. Lo siguiente que se me viene a la mente es verlo retroceder y caer sobre una mesa, desparramar bebidas y caer de culo al suelo. Le había metido un buen puñetazo en todo el rostro a traición. Luego todo se salió de control. Las personas se inquietaron, comenzaron a volar sillas y todo se fue en un abrir y cerrar de ojos a la mierda. Por donde se mirase habían personas insultándose, dándose empujones e incluso algún que otro puñetazo. Incluso dos zorras se tiraban de los pelos mutuamente hasta que una por fin tiró a la otra y entonces la arrastró por el piso embarrado en líquido etílico. Las personas corrían y gritaban y se insultaban y se volvían locas. Vi odio en el destello de la mirada de Medea antes de que dejara la escena. La había cagado una vez más.

Encendí un cigarro y me dirigí caminando hacia Nueva Córdoba. Me dolían los nudillos y la cabeza me palpitaba horriblemente. Una especie de botella o vaso que había volado se había reventado en mi frente y podía sentir el hinchazón latente. Eran recién las dos de la madrugada. El cielo nocturno estaba estrellado y el vapor helado inundaba las calles de la ciudad y se enredaba en los árboles y trepaba por las paredes de los edificios. Saqué la bandana que cargaba en la muñeca y me la enrollé en la cabeza. Fue una larga caminata reflexiva.

A veces sucedía que me sentía como un niño rabioso. Alguien que lejos de pensar en las consecuencias de sus actos más bien se empeñaba en experimentar la violenta futilidad de un momento. Siempre el mismo cuento con el mismo trágico desenlace. Entré en un bar: Wachitas.

El viejo antro pronto se mudaría a un lugar más grande y mis sueños y esperanzas de borracho se desvanecerían con su pérdida. Me acerqué a la barra y le pedí a Alexis prestado su teléfono para hacer una llamada. Alexis había ido algunas veces a casa, era un muchacho algo extraño, le iba toda la movida Zen y de viajes astrales, pero nos llevábamos bien. Trabajaba en el bar como despachador. Saqué del bolsillo un papel con el número de María. Marqué. Nada, volví a intentarlo. Esta vez contestó.

—Hola, nena. Lamento la hora… ¿qué decís de vernos un momento?

—¿QUÉ? ¿LEVI? Pero qué son estas horas de llamar. Mañana trabajo, sabés. ¿Estás loco? Qué mierda te pasó ahora…

—Pasó que quiero verte. Dale, ¿qué decís de vernos un rato?

Hablamos unos minutos pero no hubo caso. Sólo logré enfurecerla. No tenía la menor idea de lo que estaba haciendo. Pero algo me decía que si esa noche la pasaba solo, sin un corazón comprensivo que me hiciera compañía, terminaría colgando de una soga. Finalmente María se despidió y me colgó. Le devolví el teléfono a Alexis y pedí una cerveza. Me senté en una mesa al fondo y bebí con pereza mientras contemplaba a la multitud. Todos formábamos parte de la misma inmundicia de historia. Todos intentábamos olvidar alguna tragedia interior. Levanté la vista y observé a dos chicas sentadas solas en una mesa a la espera de algún Don Juan que se les arrimara con un trago. Lo pensé pero rápidamente desistí. Me sentía demasiado melancólico para esos rodeos. Así que me levanté, dejé la cerveza a medias y me largué a casa.

Tamaña fue mi sorpresa a descubrir a Medea en el zaguán del edificio, esperándome.

—¡VOS, VENÍ PARA ACÁ!

Fui. Me metió dos bofetadas cruzadas y luego me besó con vehemencia. La cabeza me dolía horriblemente. Subimos.

—Sos un hijo de puta con muchas agallas.

—Lo siento, nena. Comprendé que no me esperaba nada de eso.

—Cerrá el culo y cogeme.

Mujeres, nunca terminaría por entenderlas completamente. Esa noche tuvimos un sexo explosivo, duro. La bombee durante horas. A pesar del dolor físico que sufría fui capaz de desenvolverme con soltura. Por alguna razón no paraba de pensar en que tarde o temprano escribiría sobre ello. No me equivoqué.

Al otro día me levanté con resaca y noté con pesar que Medea ya no se encontraba en el departamento. Me dejó una nota sobre la mesa de luz y un vaso de Sprite con hielo. Por lo visto se había marchado hace poco tiempo. La nota decía lo siguiente: “Anoche estuviste magnífico. Es posible que un día de estos te haga otra visita sorpresa. Esporádicamente tuya, Medea”.

El fragmento iba acompañado de la estampa de un beso. Bebí la gaseosa y me recosté otro rato. La vida era extraña, pensé. Estaba en el ojo de un huracán; todas las cosas buenas y malas que le pasaban a un hombre en toda una vida sentía que me estaban sucediendo a mí en el lapso de algunos pocos años. Me sentía un derrotado con bastante suerte. Pero la vida es una constante derrota inconquistable. Sólo por momentos muy fragmentarios y milagrosos un hombre lograba sentir por muy breves períodos de tiempo, que realmente estaba consiguiendo algo y se sentía genuinamente bien con ello.

Tuve un sueño apacible y me levanté a eso de las cinco de la tarde. Lo primero que hice fue bañarme, sacarme la fría transpiración adosada al cuerpo. Quitarme el incienso que Medea me había dejado impregnado. Fue una ducha reparadora. Después me dirigí a la computadora y me puse a revisar el correo.

Tenía una revista literaria digital que actualizaba todas las semanas. Así que me puse a leer algunos de los trabajos que me habían enviado y me puse a examinar y a descartar y seleccionar. A menudo tenía que hacer un esfuerzo doble como editor. Me di cuenta que había demasiados aspirantes a escritores. La gran mayoría se notaba que no habían leído un clásico en su vida. Yo no tenía respeto por los escritores. Detestaba a quienes se postulaban como uno y escupían mierdas adosadas de rebuscados adjetivos desde un pedestal ignominioso. Los escritores legítimos nunca tuvieron una oportunidad de ser otra cosa, algo más. Necesitaban de la palabra para sobrevivir y sobrevivirse día tras día. Y a menudo, enloquecían a través de ella. Nunca tuvieron otra elección. Todos los demás o eran unos cagatintas o unos farsantes.

Luego de actualizar la página opté por despejarme. Decidí que iría a recorrer algunas librerías. Todavía quedaba algo de tiempo. Estaba por marcharme cuando descubrí que el diario donde escribí sobre cómo conocí a Soledad no estaba en su sitio. Hurgué otro poco y nada. Algo me decía que Medea tenía que ver con aquello. Carajo, era mejor no pensar sobre algunas cosas. Así que sin más, me largué del departamento con la esperanza de encontrarme con algo de valor en el camino y olvidar todo lo acontecido en el último tiempo por un buen rato.

No lo conseguí.

Fuego en las tripas

Publicado en La Náusea Literatura

2017

El humo del cigarrillo se escapaba de entre los labios de Hank. Hank era escritor. Tenía una botella de whisky sobre el escritorio y de tanto en tanto le metía un trago. La computadora, la maldita computadora estaba en blanco. Nada. Hace días que no podía escribir una línea. Hank se sentía desahuciado, como si le hubiesen abierto las entrañas con una hachuela de carnicero y le hubiesen extraído toda la pasión que alguna vez poseyó. Lo que antes significó para él no sólo un sitio de placer sino también de autocomprensión, con el tiempo rallándole los huesos, comenzó a personificar la desdicha misma. Todos los malos pensamiento que un hombre puede tener en la vida se arremolinaban en la mente de Hank al momento de estar sentado frente al computador. La idea de colgar de una soga o de reventarse los sesos le rondaban con frecuencia. «Ya ni siquiera puedo escribir, que el diablo me lleve de una vez», pensó.

Bebió otro trago de la botella y luego apagó el cigarrillo en su muñeca. «Maldita sea, Hank, antes tenías agallas. Bastaba con que te pusieras a mecanografiar para que la magia echara a correr. Y ahora apenas si puedes mantenerte cuerdo, fósil ponzoñoso», se dijo. Hank tenía la costumbre de hablarse a sí mismo. A veces murmuraba en voz alta y otras, simplemente la voz se encontraba en su cabeza. La maldita voz que era como un relojito, siempre haciéndole tic-tac dentro, siempre martillándole los sesos.

—Te quiero, Hank —le había dicho ella mientras sus filosos ojos se le clavaban como estacas—. Cielos, Hank, sé que estás loco. Nadie, jamás, ni por todo el maldito dinero del mundo, hubiera hecho lo que tú hiciste por mí.
—Oh, chica, calla ya y sígueme al infierno.
—Te seguiría donde fueras. Donde fueras, ¿oíste?
En aquella oportunidad, mientras ella escurría aquel exquisito diálogo que se le quedó grabado a fuego, él hubiera querido decirle cuánto la quería, pero en vez de eso, sólo la besó. Y mientras se despojaba de todas las trivialidades de que está compuesta la psiquis y se entregaba con ferocidad al único instinto que debiera de tener algún valor en la existencia del hombre, una lágrima fútil le brotó, haciendo del momento algo milagrosamente perenne en el espíritu de Hank.
Hank le dio un golpe de puño al escritorio, empinó otro trago, y tras ese destello de la memoria que la trajo de vuelta y que la materializó, comenzó a escribir.
«Nada mal para empezar, viejo perro del infierno. Nada mal».

Luego de un par de horas machacando el teclado el teléfono sonó. Era su editor.
―Hank, ¿ya tienes algo para mí?
―Estoy empezando algo, Charlie. Es reciente. Pero parece que es de buen material.
―Eso dijiste la última vez, Hank. Escucha, tienes que entregarme algo para que pueda vender o me echaran a patadas de aquí. Recuerda que eres el único autor que represento; dejé a todos a un lado por hacerme cargo de tu obra. Tus libros se venden como pan caliente en Europa, deberías venir de vez en cuando, eres toda una celebridad.
―Mierda, Charlie, no me presiones, te digo que estoy trabajando en algo. Aprecio que todo marche sobre ruedas, pero no fastidies, quieres.
―Estás bebiendo otra vez, ¿no es cierto? Reconozco esa voz carrasposa. Ese whisky barato va a matarte. Debes enfocarte. Ya olvida de una jodida vez a esa novia muerta tuya. Eso sucedió hace más de veinte años.
―Charlie ―resopló Hank con tranquilidad del otro lado de la línea―, no quiero pelear contigo, te digo que tengo algo bueno entre manos. Pero te diré una cosa, si vuelves a hablar así de Jane iré hasta esa enorme casa tuya en Barcelona que te pagaste vendiendo mis libros y partiré tu famélico culo judío a patadas, ¿lo captas?
Silencio.
―Te llamaré cuando tenga el manuscrito terminado. Será pronto.
―De acuerdo Hank. Que así sea. Adiós, y deja de beber esa mierda, te pudrirá las tripas.
Hank colgó.
Prosiguió con la escritura. Hank estaba viejo y cansado. Tenía hemorroides en el culo y tres gatos rondándole por la casa. Había dejado hace años la cerveza y el vino barato. Ahora bebía un Malbec de vez en cuando y alguna que otra medida de whisky. Casi siempre cuando tenía que enfrentar la hoja en blanco y no sabía cómo comenzar. Se oyó la llave al otro lado de la sala y luego el suave movimiento de la puerta al abrirse; inmediatamente después un portazo. Era Linda, su esposa, que cada vez que entraba a la casa cerraba con violencia la puerta para anunciar su llegada.
―¡HANK! ¿ESTÁS AHÍ?
―¡Arriba, cariño!
Los gatos se agolparon en torno a los platos ni bien Linda pisó la casa. Linda los alimentó y después subió a ver a Hank. Lo encontró parado frente a la computadora, escribiendo.
―¿Sabías que Hemingway escribía parado y de corrido y que nadie podía interrumpirlo mientras lo hacía? El hijo de perra se ponía malo. Entraba en trance cuando estaba frente a la máquina de escribir. Era la forma que tenía de ahuyentar los fantasmas.
―Me lo has comentado unas diez mil veces. ¿Otra vez estás bebiendo esa porquería?
―Tienes suerte de que no sea Hemingway. De lo contrario te rompería el hocico por interrumpirme y hablarme de esa forma, nena.
―Si fueras él tampoco podrías hacerme el amor. Serías todo un hada con pelo en pecho impotente. Mira. Mira mis piernas, ¿te gusta lo que ves, Hank? ―Linda traía puesto un vestido ceñido que destacaba su pequeña silueta de bailarina y se lo levantó para lucir las piernas. Eran unas piernas espléndidas de treintañera―. Apuesto a que Hemingway no podría con estas piernas ni aunque su vida dependiera de ello. Ni con este culo ―mencionó esta vez sujetándose los muslos con las dos manos.
Hank dejó en lo que estaba trabajando, fue hasta el umbral y tomó a Linda del culo, luego la levantó y presionó el frágil cuerpo contra la pared. Todavía podía hacer aquello. Hank se sintió vigoroso. Se le puso dura al sentir los tibios muslos de su mujer. Ella era magma quemándole y cuando la sentía se ponía rígido como una roca. Cargó a Linda y la llevó hasta la habitación.

Luego de hacer el amor pensó que sería buena idea ir al hipódromo y apostar algunos dólares en las carreras de caballos. Era un buen día para ser un escritor de renombre en el ocaso de su carrera. Y de la vida.

Homenaje a Hank y Linda Lee.

Otro día para luchar

Publicado en Revista Almiar (Margen Cero)

Publicado en junio de 2017

«Dejame de romper las pelotas o mi novio te las va a romper a vos. No quiero saber más nada de tu persona». Con esta simple pero contundente frase me desayuné una mañana frente a la computadora. La chica que amaba me había vuelto a escribir, y eso ya era algo para celebrar. No tenía una cerveza a mano, así que me tomé un té mientras reflexioné sobre lo acontecido.

Lo que ocurrió fue que en un ataque sentimental le había escrito un largo texto cierta noche, estaba algo bebido y eufórico, pero en realidad dije cosas lindas, cosas… digamos, a corazón abierto. Incluso algunos fragmentos los escribí con lágrimas en los ojos. Cuando un hombre expone su corazón, cariño, más vale que lo tomes y lo abraces o en su contrapartida, apaléalo, pero nunca lo dejes vivo con su amor propio a cuestas para luchar otra vez. Ella intentó ejecutar en el altar a mi corazón, pero no lo consiguió. Mi bombilla-músculo vivió un día más para amarla entre penumbras y derroches. No, ya no la buscaría. Había perdido interés por su materialidad física, sólo me interesaba la efigie que mi mente era capaz de evocar de ella y que empleaba con la intención de escribir.

Por supuesto, al hacer esto, la estoy venerando. No conozca otra forma de amar que no sea colando a mi musa-espina entre mis relatos. Me parece una forma imperecedera de amor, puesto que los textos, virtuosos o malos, con mérito o sin éxito, nos precederán a ambos.

Ella no es una chica común, pero le gusta vivir una vida común, con un novio común y personas comunes girando a su alrededor. A ella le gusta soñar y luego ver arder sus fantasías en una olla de fideos al mediodía. Simplemente no es una chica práctica para alcanzar sus ideales y está siempre necesitando de alguien que le dé un empujón anímico. Yo, en cambio, voy con el viento adonde me lleve. Soy incapaz de apegarme a las cosas. Realmente soy alguien sin demasiadas esperanzas en el mundo. Sólo me siento bien cuando leo una buena novela o cuando escribo. Todo lo demás me es intrascendente.

Quizá por darme todo igual es que siempre me suceden cosas salidas como de una fábula del absurdo o se me arremolina la gente más descabellada de la ciudad. No pienso mucho en eso. Por lo único que soy capaz de sentir envidia en realidad es por mi gato. Él es tan perezoso y pareciera darle todo igual. Lo único que hace es comer, cagar en sus piedritas, dormir, desperezarse y venir hacia mí para que le rasque la panza. Luego vuelve a repetir el ciclo.

No miento cuando digo que en verdad los gatos saben de qué va la vida. La vida va de vivir otro día para celebrar de que una vez más nos salvamos de la guillotina de la muerte. Los nihilistas le tienen miedo al óbito. Quienes creen ciegamente en la libertad le tienen miedo a la expiración de la carne; La libertad no existe. Si existiera, no seríamos una mente-espíritu atrapados en una prisión de huesos y músculos. El aniquilamiento de la materia es bueno. La muerte es sublime y sabia y te libera. Los tontos le tienen miedo a la muerte. Los tontos a menudo también le tienen miedo a la vida, y por eso en vez de experimentarla se quedan acomodados en sus mediocres trabajos. Con su culo postrado en un sillón viendo televisión. Viendo cómo otra gente vive. Eso hacen los tontos. Seguramente todos hemos sido imbéciles alguna vez, pero hay que despabilar a tiempo porque peor que la vida o que la muerte, es hacer del tiempo algo imperecedero y estático. Algo monótono y gris. Por eso, si vas a celebrar que tienes otro día más en tu haber, haz que cuente.

Con todos estos pensamientos rondándome fue que salí a la calle. Todavía había luz natural. No me gusta beber con la claridad del sol, así que cargué un libro y me dirigí a una plaza cercana. Leí un par de páginas de Crack Up, cuando una niña se me acercó con una pelota de tenis en la mano y un helado en la otra.

—¿Qué está leyendo, señor? —me preguntó con su voz chillona de niñita chillona.

Levanté los ojos y la miré. Tendría siete años. Estaba muy mona vestida. Parecía una pequeña prostituta.

—EL DEVORADOR DE NIÑOS —contesté con voz gutural.

Ella salió corriendo a refugiarse a brazos de su madre. Seguí con mi lectura. Al poco tiempo, después de pensárselo algo, la madre vino hacia mí. Una madre primeriza. Joven.

—¿Le parece bien asustar a una criatura? Nada más tiene cinco años.

«¿Cinco y ya la visten así?», tuve ganas de inquirir. Pero en vez de eso, dije sin sacar la vista de la lectura: —No debería darle helado con este frío, esa porquería daña sus dientes. Además, podría enfermarse vestida así: mirá el viento que hay. Deberías ser una madre más responsable.

—¿MADRE YO? ¿Te parece que puedo ser madre con esta panza?

La miré. Ella se levantó la blusa y me mostró el abdomen. Un abdomen firme, como de publicidad. Tragué saliva. No sabía qué decir. De pronto me pareció la criatura más sensual que hubiera visto. Era malditamente hermosa.

—Es mi sobrina —dijo por fin—. ¿No te gusta mucho la gente, no? Me da esa sensación —quise responderle, pero ella una vez más se me adelantó—. Me gusta Fitzgerald, El gran Gatsby es un gran libro. ¿Me recomendás ése?

Le dije que aún no lo había terminado pero que me parecía que todo lo que hizo Fitzgerald bajo mi óptica es bueno. El tipo tenía sangre, pasión y era muy esquizoide. Así que todo el material de su trágica figura era digno de llevarse con altanería. Eso fue lo que le dije; ella sonrió y se sentó a mi lado en el césped. La chiquilla revoloteaba junto a nosotros y cada tanto hacía alguna pregunta incómoda.

—¿Verdad que el señor tiene cara de malo, tía?

Ella reía cada vez que la chiquilla salía con preguntas así.

—No me gusta para vos, tía.

Otra risita más. Terminé por reír yo también.

—El señor no es malo, Luli, lo que pasa es que el señor quiere estar solo y nosotras lo interrumpimos.

Cerré el libro. El tenue velo negro comenzó a caer sobre la ciudad.

—¿Te gustaría tomar una cerveza? —dije por fin.

—¿Y qué sigue, después me vas a invitar a garchar? —me respondió toda seria.

—¡GARCHAR, GARCHAR, GARCHAR! —comenzó a gritar Luli mientras correteaba en círculos alrededor de nosotros—. ¡GARCHAR, GARCHAR, GARCHAR!

Quedé estupefacto. Por fin ella ya no se contuvo y escupió una enérgica carcajada.

—Es una broma, tonto. ¿No sos bueno entendiendo las ironías, no?

—¡GARCHAR, GARCHAR, GARCHAR!

En realidad me había atrapado, pero fingí desconcierto y sonreí. Luli seguía gritando y su tía no hacía nada para detenerla.

—Que se desahogue —dijo por fin, y se aferró con sus dos manos a mi brazo mientras caminábamos en busca de algún bar.

Y así empezó todo. Fuimos a un lindo bar irlandés en el que no había demasiada gente. Luli estaba con su Coca-Cola y nosotros con nuestras cervezas artesanales.

—Noté algo raro en vos. Algo particular. ¿Me creés si te digo que a veces tengo clarividencia?

Le creía. Le creería lo que fuera con tal de tenerla enredada en mis brazos un par de horas. Sus ojos avellana, su piel blanca, su pelo castaño, ese abdomen, ese culo, esas piernas, esa forma al andar… pronto mi cabeza se fundió en una ola de cerveza y dejé que pecaminosas imágenes flotaran un momento por mi mente. Casi podía degustar el momento en mi paladar.

—Luli, tomá esto y andá a comprar caramelos al negocio que está acá al lado —le dije a la pequeña y le señalé el kiosco. Luli salió correteando toda contenta.

—¿Y eso? —dijo ella con una preciosa mueca que me sugería arrimarme más.

Lo hice. Cerré los ojos y lancé mi cara directo a la jabalina, o directo a un sueño de mujer. Su lengua se movió lentamente. La mía, algo más rígida, más versada, más pecadora, más infiel, siguió ese dulce baile de astros que me proponía. Su manito, tocó mi pierna muy cerca del miembro y apretó con fuerza. Estábamos sentados, arrimados el uno con el otro. Mi mano se entretejió en su melena clara y suave mientras que la otra tallaba con los dedos esa cintura criminal. Entonces ocurrió que se despegó de mí. Me empujó con la mano hacia atrás y se paró. Tragó algo de saliva y me dijo:

—Sos todo lo que quiero, pero todavía no. Todavía no.

Luli apareció con la bolsa de caramelos: Ella la tomó de la mano, me dirigió una mirada taciturna y una sonrisa trágica y acto seguido dieron media vuelta y desaparecieron bajo el umbral. No sabía ni siquiera su nombre. Un sueño, eso fue.

Me quedé con su cerveza y con la mía. Todavía tenía un corazón vivo. Un corazón resiliente. Y esa bombilla-músculo había sentido algo. Todavía tenía un corazón y algo de tiempo. Todavía podía esperarla. Así que la esperé. Largas tardes y largas noches quedé estancado en la plaza y el bar irlandés esperando verla.

«Si me ama, nunca regresará», recuerdo que pensé una vez mientras la añoraba. Jamás regresó.

El manifiesto de la locura y el olvido

Publicado en la Revista Extrañas Noches

julio de 2016

Llegué a casa con algunas latas de cerveza encima luego de una dura mañana de trabajo en la redacción de la revista. Mi celular personal, que había dejado cargando sobre una repisa, no paraba de chirriar en intermitentes sonidos. Lo agarré y comencé a leer una sucesión de mensajes que me dejaron incrédulo. La condenada zorra de mis pesadillas me había vuelto a escribir después de dos años de ausencia y litros de cerveza y de borracheras en mi línea de tiempo diacrónica. Sabía de antemano que no estaba preparado para aquello y que de alguna manera me iba a joder el día, las semanas, los meses, los años y tal vez, la vida.

Era evidente que estaba pasando por una especie de crisis y que necesitaba de la persona que más tiempo invirtió entendiendo su psicología: Sol no era una chica ordinaria, así que lejos de hacer una entrada de presentación por los años olvidados, se limitó a escribirme una cadena de mensajes de los más dispares en los que me contaba cosas de su vida del día a día como si nada hubiera ocurrido entre nosotros. Era una chiflada y ella lo sabía.

Mierda, apuré una lata de cerveza y dejé el celular a un lado, en silencio. Entré al lavabo, y aunque era un gélido invierno me bañé con agua fría, mientras, en simultáneo, bebía. No estaba mal, aquella ducha hizo de mí un colador. El agua me perforaba, vaya que sí, pero para entonces mi cabeza ya era un cohete despegando.

Tenía un mecanismo patológico de lo más curioso; la mayor parte del tiempo (y de la vida) era un sujeto frío y algo calculador. Siempre fui introvertido: aun cuando podía ser alguien sumamente excéntrico y amigable en sociedad por dentro no dejaba de ahogarme en una monstruosa introspección. Lo que quiero decir, es que soy por naturaleza, alguien mental. Estoy demasiado conectado con las catacumbas de mi cráneo y en general le esquivo a todo lo que tenga que ver con lo sentimental. No me gusta sentirme fuera de foco, necesito dominar el espíritu, y domando la mente es que lo consigo. Cuando eso falla todo se jode. Me vuelvo enfermo y primitivo y navego paisajes extremos de un minuto a otro mientras el pecho me explota y la cabeza se me dispara como un misil al infierno. En definitiva, me vuelvo un imbécil, un lunático. Era lo que comenzaba a ocurrirme.

Al salir del baño, abrí la última cerveza que quedaba y me senté frente al ordenador. Intenté escribir algo, pero nada más se me venían a la superficie escenas terribles de mi pasado con Soledad. El hecho de que no pudiera evocar su esencia de una manera justa y animada, me preocupaba. Sabía que ella me había hecho daño, pero también sabía que me había dado cosas hondas. Me había dado una primavera que recordar, y eso, teniendo en cuenta que mi biografía siempre fue más bien un campo de batalla, merecía algún valor. Sin embargo, mis defensas insistían en mostrármela como un ser despiadado y egoísta que únicamente velaba por su propio bienestar.

El ser parecía querer bifurcárseme; por un lado, estaba la parte que quería traer a mí las buenas cosas de Sol, y, por el otro, la facción que quería arrastrame a sus demonios y recordarme lo que sus fauces podían hacer conmigo. No podía resolver la cuestión, así que pegué un largo trago de cerveza y dejé el ordenador sin poder aclarar un carajo mi situación. Necesitaba despejarme, o en su contrapartida, detonarme hasta los cimientos. De lo contrario terminaría melancólico y esquizoide. Decidí esperar a que abriera el bar para aclarar el asunto.

Bajé a comprar unas cervezas al kiosco y en el camino un borracho andrajoso que estaba tirado en una esquina con una manta me pidió dinero. Seguí mi camino sin dirigirle la palabra. Compré tres botellas. A mi regreso, el viejo al verme, abrió los ojos como platos y aulló:

—¡EH, PUERCO CAPITALISTA, POR LO MENOS TENÉ LA DECENCIA DE CONVIDARME UN TRAGO!

Al oír esto frené el recorrido y regresé sobre mis pasos. Le planté cara y le dije que retirara lo dicho si no quería rifarse una paliza. Enseguida el viejo comenzó a retractarse:

—Eh, muchacho, no seas tan agresivo con un pobre viejo. Nada más quiero un trago.

Me senté a su lado en las escaleras del zaguán del edificio, le pasé una botella y él enseguida la destapó con los dientes; «¡Bloop!». El viejo metió un trago largo y digno.

—Eso va a matarte, viejo.

—Hay tantas cosas que te matan, muchacho, que la bebida, creéme, es el menor de los males.

—Puede que tengás razón, pero aun así te va a pudrir las tripas.

—Cuando tengás mi edad, muchacho, si es que una mujer no te mató antes, también el chupe te va a matar a vos.

Sonreí y le quité la cerveza de las manos. Bebí. Charlamos algo más a pesar del frío y de nosotros. Era un viejo agradable después de todo, que había pasado por demasiadas cosas como para no arriesgarse a mendigar un trago cuando tenía la oportunidad. Era astuto y como muchos, era esclavo del pasado. Al marcharme le dejé algunos pesos para que se comprara una buena petaca de vodka, porque como él mismo me dijo: «Aquello sirve para combatir el frío y los fantasmas de la mente».

Con la cerveza haciendo estragos en mi organismo, comencé a sentir como si una bestia emergiera del barro que me corroía por dentro y me recrudecí. Comencé a ver y a sentir el mundo en una forma estrafalaria y grotesca: Todos esos condenados edificios levantándose ante mis ojos, y los autos y sus bocinazos martillándome los sesos, y la gente desfilando como errante con aquellos malditos celulares en las manos, y los perros hurgando la basura en mitad de la tarde y los desamparados arrojados a la calle intentando exprimir la poca compasión ajena que quedaba no hacían más que engullirme los sentidos y obligarme a divagar como sonámbulo dentro de mí. Los aullidos mudos de la civilización parecían querer materializarse. Salir. Apuré el paso y paré sólo para beber un trago de cerveza a la vista de todos. Eso acalló las voces por un momento. El mundo enloquecía a mi alrededor y nadie parecía darse cuenta, y mientras el circo continuaba la función, yo seguía mi descenso hacia un infierno más personal.

Algunos infiernos vienen en forma de mujer, otros, en jaulas podridas con pasados podridos. Algunos descensos son progresivos y enfermos, y llegan de la mano de la bebida, la violencia o el sexo. Y están los otros, que parecieran no tener una explicación racional y que llevan al sujeto al paroxismo de la locura como si pese a todo fuera arrastrado por un destino maldito. No creo en las maldiciones ni en los destinos, únicamente conozco demasiado a los hombres como para saber que dentro de cada uno hay una llama que arde y crece y se desarrolla y que progresivamente lo quema todo. Yo tenía mi método para retrasar la combustión; beber como un Cosaco una cerveza tras otra hasta reventar. Luego, algo más ligero de equipaje, comenzaba el circuito de ascenso y descenso de nuevo.

Mi cabeza era como una cuarenta y cuatro cargada que a veces al disparar se encasquillaba. Nada parecía funcionar del todo bien en mí. Lo único que sabía con certeza para entonces era que cuando la bala salía siempre daba en el blanco. Aquel día, sin embargo, pese a mí, la realidad se representó con un crudo y agridulce humor.

En casa, enturbiado pero ya con algo más de disposición anímica, me puse a escribir. La cosa fue bastante mejor. Estuve abstraído un buen par de horas machacando el teclado. Escribir, es con diferencia la vocación humana que más satisfacciones me ha traído. Si no fuera por ello y por la lectura, hace tiempo que habría saltado del balcón. Escribir ahuyentaba mis fantasmas. Me hacía mejor de lo que era. Mejor que cualquier cosa que podría haber sido de no haber tenido una fijación literaria. El tiempo pasó muy rápido, como siempre sucede cuando te interiorizas en una actividad que te llena. Escribir me colmaba. Corregía mis defectos y suprimía todos los agujeros que me atravesaban —al menos lo hacía por algún tiempo—.

Para cuando dejé la ermita a reventar de libros y mugre alimenticia que era el escritorio, estaba sobrio. Bajé las escaleras, salí del edificio y enfilé en dirección al bar con la esperanza de encontrar una respuesta a mi situación, o en su contrapartida, a procurar olvidarme de las preguntas por completo. La noche era dura y descarnada y le arrancaba la careta a los hombres. Esa noche había más gente de lo habitual en las calles, y sobre todo, por alguna razón, desfilaban muchas parejas.

Varones y mujeres se tomaban de las manos y juntaban sus labios y sus sexos en todo los rincones del mundo. Algunos se revolcaban en pomposos lechos, otros en desiertos arenosos del Líbano bajo un sol que cocía la piel, otros en chozas en el corazón de la selva peruana y otros simplemente cogían en construcciones ruinosas de ciudades del primer mundo. Detrás de todo eso, en las profundidades de un silencio negro, estaba lo otro, eso de lo que la gente no solía hablar con frecuencia salvo en casos excepcionales, cuando monstruos excepcionales surgían de repente en pantallas de televisión y se le recordaba, a ésos, de su existencia; violaciones a niños en estados emergentes, mutilación genital en masa en colonias de Yemen, hombres de familia irrumpiendo en mitad de la noche en departamentos vecinos de estudiantes para someterlos y asesinarlos en Norteamérica, Yihadistas detonando sus chalecos y volándolo todo en Francia, torturas en cárceles militares clandestinas en Cuba, lavado de dinero y corrupción de funcionarios populistas en Argentina, locura civil y censura en Venezuela, muerte por inanición en Corea del Norte, familias enteras alimentándose de la basura en India y necrófilos sedientos con cadáveres de seres amados en todas las madrigueras de servicios fúnebres y morgues del planeta tierra podían ser algunos de los largos etcéteras. En la periferia de todo aquello, dentro del campo de lo que no le interesaba a nadie, estábamos los otros: los mezquinos viviendo una pálida existencia. Con nuestras mezquinas preocupaciones y nuestras mezquinas esperanzas. Pujando por sobresalir en un hormiguero a reventar de ineptos semejantes a nosotros. Haciendo exactamente lo que se esperaría que hiciésemos y de vez en cuando rompiendo alguna regla idiota que el sistema esperaría que rompiésemos. Rezando por enamorarnos y enloquecer. Tan automatizados que ni siquiera el vaticinio de nuestra propia muerte sería capaz de conmovernos. Así estaba el mundo, envilecido por perversas criaturas sin culpa que todavía creían en la inocencia.

Más tarde, en el bar, me encontraba bebiendo una cerveza del pico, dándole cuerda a la cabeza y enloqueciendo otro poco, cuando tres lindas criaturas tomaron asiento en la mesa de al lado. Una especialmente tuvo mi atención. Era una curiosa chica que llevaba un sombrero flapper. El cabello oscuro como el ébano le caía pesado sobre parte del rostro, que poseía la extraordinaria cualidad de tener un reguero de pecas sobre los pómulos y la nariz. No podía sacar mis ojos de aquella carita magníficamente pálida que engullía unos ojos avellanas muy vivos. Por entonces yo era un sujeto noctámbulo y solitario que disfrutaba de la cerveza y de la compañía ocasional de extraños. Había ido a parar al bar después de escribir un ensayo sobre Chandler y su alcoholismo. Cargaba conmigo un libro que esperaba dilapidar esa misma noche por si el asunto de mi exchica no me llevaba a ningún lado.

Es curioso como pueden funcionar algunos lectores, yo era capaz de enfocarme y abstraerme en una lectura en cualquier situación y lugar. Esa noche lo intenté, pero cada vez que lograba interesarme en la novela, sentía una mirada cortar el aire y caer sobre mí como un machete. No podía concentrarme en la lectura, todo lo que podía hacer era beber y fijarle los ojos a la chica del sombrero.

El bar olía a cigarrillo y a gloria. Todos estaban muy distendidos. Bebí un buen trago y volví a mirar hacia la mesa vecina, ella estaba indiferente ante la charla muy animada que mantenían sus dos amigas. Pronto, todas las caras que desfilaban ante mí comenzaron a ponérseme borrosas. Todo era visto como a través de un lente que sólo hacía foco nítido en un objetivo; ELLA. El bullicio del bar se volvió cada vez más insustancial y amorfo, y al final, terminé por maldecir y cerrar el libro. Me dediqué a beber.

La curiosa chica del flapper, tras un momento, se paró y vino hacia mí con una naturalidad que me dejó duro. Vestía como una joven parisina de los años veinte; cargaba una camisa holgada, sin sostén, de un dorado brillante que metía bajo un short renegrido. El pantalón de tiro alto se empeñaba en ajustar, tenaz, el abdomen y los muslos. Tenía también unas medias de nailon gastadas que iban en perfecta comunión con unos zapatitos como de colegiala; todo iba a juego con la indumentaria. Sí, todo en ella me parecía salido como de una novela de aquella década. Me figuré enseguida la siguiente imagen; una representación de cabello oscuro de Zelda Fiztgerald. Luego recordé lo que Hemingway escribió sobre Zelda en París era una fiesta y temblé. Ante mí tenía una figura salida como de las páginas de un cuento de uno de los mejores años que hubiera visto la literatura.

—El libro de la risa y el olvido… —murmuró Zelda una vez que tomó el libro de mi mesa y leyó la tapa. Luego abrió una página con cuidado, y ante mi perplejidad, leyó lo siguiente: «La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad, el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se rescriben las biografías y la historia».

—Quiero a esa zorra… pero es momento de que la borre de mi vida —dije como murmurando para mí, con los ojos clavados en la botella. No sabía del todo porqué había salido con aquello. Simplemente lo escupí. Sentí entonces como si el eclipse en mis entrañas comenzara a desvanecerse.

La chica del flapper me quedó mirando con los ojos entornados, dubitativa. Luego habló así:

—Deberías decírselo, sea quién sea. Las personas tenemos la costumbre de desaparecer, de alejarnos de los otros y de nosotros mismos. A veces necesitamos encontrarnos en una forma nueva y por eso nos vamos lejos. Pero hay caras que no se olvidan, ¿sabés? Y situaciones que llevamos con nosotros, y, aunque la mayor parte del tiempo no lo notamos, somos también parte de los demás y de los momentos que nos marcaron. Insisto, deberías decirle a esa persona lo que sentís.

—¿Vos creés?

—Absolutamente. Nunca se sabe cuando puede ser la última vez que podemos hablar con alguien que nos importa. Por otra parte, también pienso que podemos tomar decisiones en el presente y ser lo bastante fuertes como para sostenerlas en el tiempo.

—Puede que deba decírselo. Puede que tenga que decirle demasiadas cosas a demasiada gente. Pero también puedo no decir nada. Hacer un voto de silencio.

—Si sos capaz de vivir con esa decisión toda tu vida, entonces estoy de acuerdo. Yo lo veo así, mirá: Mientras estemos, así como ahora estamos vos y yo, vamos a ser algo así como un cuenco bajo un INMENSO ramaje de un árbol que lo nubla todo… Tenemos sed, queremos que el cuenco se llene para poder beber. Dependemos del árbol, de lo que nos dé. Y el árbol depende de todo lo que lo rodea, y así sucesivamente, de menor a mayor, de lo más pequeñito hasta lo más grande. Del microcosmos al macrocosmos. Nosotros, el cuenco sediento, no vemos lo que hay más allá del árbol, pero eso no quiere decir que no exista nada más fuera de él.

—No entiendo… ¿esto tiene algo que ver con El Mito de la Caverna de Platón?

—Pará… escuchame, tonto. Y entonces, como te decía; cuando llueve, el árbol se moja y unas cuantas gotas caen en nuestro cuenco por medio del ramaje. Nos parece poco, no nos quita la sed. Queremos más. Pero pasa que el cuenco, a través del tiempo, se va llenando de forma progresiva, ¿me seguís? —afirmé con la cabeza. La pequeña Zelda hablaba muy pausado—. Y resulta que algunas veces, así, de repente, viene el frío, el polvo, el ruido y después; LA TORMENTA. Diluvia, entonces pasa que nuestro cuenco recibe más agua de la que es capaz de soportar… Escupimos, nos ahogamos. Es demasiado, no lo soportamos, pero por alguna razón que no entendemos seguimos adelante, soportándolo todo y más… A lo que voy, lo que quiero decir, es que nosotros somos como ese cuenco, solamente que nosotros, las personas como vos y como yo, no acumulamos agua en el cuenco para saciar nuestra sed sino que la sed la saciamos acumulando otra cosa: experiencia. Para algo tiene que servir después todo esa experiencia que juntamos, ¿no te parece? Ya sea para que en el gozo o en la agonía, despabilemos, despertemos de una vez por todas… Siempre es un buen momento para despertar, así sea en nuestra última hora, cuando estemos exhalando nuestra última bocanada de aire… Porque como dice la gente por ahí, más vale tarde que nunca… ¿Te digo qué es despabilar para mí? Es vivir. Vivir con la mente y con el cuerpo —me dijo mientras me miraba fijamente con sus preciosos ojos iluminados—. ¡Bah! No sé ni lo que digo, me hice un enredo, mejor ni me escuchés… ¿Puedo? —dijo luego, toda risueña, señalando la botella. Asentí.

Su nombre era Martina. Era una chica inusual que sabía hablar bonito y ser agradable con un extraño. Bebimos algunas cervezas juntos. No le conté mi historia ni ella me contó de qué iba la suya, pero nos entendimos rápido. Cuando se arremangó la enorme camisa para estar más cómoda pude ver que lucía una manga japonesa en el brazo izquierdo. También noté las rajaduras en su muñeca como vestidas entre el tatuaje. Era una superviviente. Brindé por eso.

—Tengo que irme, pero antes, voy a dejarte esto —me dijo Marti, y se sacó el medalloncito muy mono que le colgaba en cuello y me lo tendió. Había pintado en él una especie de serpiente azul con cabeza de dragón que se elevaba por sobre las olas del océano y se enrollaba en un barco—. Es un Leviatán. Simboliza la fuerza, la bestialidad, la justicia divina ante la barbarie del hombre. La próxima vez que te vea, te lo voy a pedir, pero de momento es tuyo. Es mi talismán. Si a mí me ayudó puede que a vos también. Así que cuidalo.

—Lo voy a cuidar… lo prometo.—Y algo más… —continuó y sacó de su cartera una libretita. Cortó una hoja y escribió algo en ella. Me obligó a cerrar los ojos mientras lo hacía. Pude sentir cuando me colocó el papel en el bolsillo de la camisa—. Es mi manifiesto para triunfar en la vida. Leélo cuando estés solo y tranquilo, antes no se vale.

Una vez más asentí perplejo.

—Bueno, creo que eso es todo, ya me tengo que ir —dijo la pequeña Zelda.

Antes de que ella pudiera hacer nada me le arrimé y le di un fuerte beso en la mejilla. No fue un beso de deseo sino de correspondencia y agradecimiento. Aquel encuentro había sido para mí como una revelación. La pequeña Zelda lo entendió perfectamente.

—Chau, extraño —me dijo con dulzura y me presionó los pómulos. Luego se paró, me sonrió con aquella sonrisa suya y se volvió hacia donde estaban sus amigas. Les dijo unas palabras que no escuché o que no quise oír y se marchó.

Volví caminando algo desconcertado. Me sentía sin peso, liviano como una mariposa que recién se hubiese desprendido de su capullo. Parecía como si me hubiesen abierto al medio y me hubiesen extraído los órganos. Era una sensación extraña y nueva para mí. En el recorrido tomé un desvío, y en el camino vi al viejo derrumbado en el mismo lugar donde lo encontré por la tarde. Roncaba como un enorme oso en medio del frío que escocía la carne. Me acerqué con cuidado y puse el resto del dinero que me quedaba dentro de la petaca de vodka vacía que descansaba a su lado, después salí a paso lento en dirección al departamento.

Ya recostado, cerré los ojos y traje a la cabeza el rostro de Soledad. El pelo castaño le caía sobre el semblante blanco como la leche y sus enormes ojos verdes me observaban rodeados por una oscuridad ominosa. Su cuerpo delgado y frágil estaba desnudo, y a pesar de la penumbra lo divisaba con claridad. Su sexo me llamaba. Me enloquecía. Pero no acudí al encuentro. Su boca rosada no sonreía, sin embargo no estaba triste, estaba estática, como todo lo demás. Pinté un retrato mental de todo aquel monumento sacudido por fuerzas oscuras. Fue una visión hermosísima. Lloré.

Un tiempo después, cuando las lágrimas ya se habían petrificado y no eran más que cáscaras adosadas en el rostro, sosegado pero todavía pensativo, palpé la camisa y recordé la petición de la pequeña Zelda. Saqué la hoja que la extraña chica del flapper me dio y leí su manifiesto. Tenía nada más que un punto y decía lo siguiente: «Vive locamente y explóralo todo. Ama, llora y déjate matar (o morir) una vez. Luego, procura olvidar. Bórralo todo y comienza de nuevo: Estarás listo entonces para la verdadera experiencia. Algo semejante a la felicidad espera por vos».

Después de la lectura, algo apesadumbrado pero decidido agarré el celular, borré los mensajes de Soledad, quité el chip y lo partí en dos. Decidí que antes de encontrar algunas certezas tenía que destruir los propios cimientos que me sostenían. Debía hacer resurgir mi mundo en nueva forma, y para ello, antes tenía que levantar un muro lo suficientemente alto para encallar todo el pasado que no formaba parte de la nueva visión. Tenía que emprender un nuevo camino. Surgir en una nueva forma. Fue exactamente lo que hice.

A la mierda tu amor

Publicado en el primer número de Revista Extrañas Noches

Julio de 2016

Nací con un don. El don de observar. Debí haberme dedicado al rubro de los psicoanalistas, pero ninguna persona que sienta respeto por sí misma trabajaría en ello. Este don sirve para dos cosas; para meterte en problemas o para escapar de ellos. Pertenezco más bien a la primera opción. Soy un escritor malogrado, así que para mitigar la megalomanía propia de los clarividentes que nunca dan en el clavo, bebo.

No conozco a ningún buen escritor que no tenga un sombrío pasado con la bebida. Las personas que son demasiadas correctas, y con esto me refiero, a demasiadas conformistas con todo lo que pasa a su alrededor, nunca podrán escribir una sola línea que valga la pena. No importa cuánto lo intenten.

Un escritor trabaja en soledad. Vive en soledad. No es una persona bonachona con la que otro ser humano querría pasar un tiempo prolongado bajo el sol. No importa cuánto se esfuerce uno por ocultar las costuras, si pasas el tiempo suficiente a nuestro lado, los hilos comenzarán a verse, y más temprano que tarde, el cuero se rajará.

En mi caso particular, trato de no transitar demasiado tiempo ningún camino que no sea el propio. Primero, porque rara vez me agrada otra persona, y segundo, porque mis costuras se rajan muy rápido y no estoy dispuesto a dejar que cualquiera vea lo que hay debajo. La mayoría de la gente ni siquiera podría entenderlo, y la razón de que no puedan entenderlo, es la misma razón por la que sujetos como yo no quieran compartir tiempo con el prójimo; nadie parece ser ya lo suficientemente real ni sincero con uno mismo.

Las personas ya no son capaces de ver la belleza allí donde yace una cascada de huesos, ni mucho menos pueden distinguir entre los grises que separa lo aparente entre esto o lo otro. Todo lo que se hace hoy día es seguir a la masa en su ruta hacia el matadero. El problema es que es tanta la gente que integra esta amorfosidad que terminan siendo peligrosos para las minorías, y más aún, para las singularidades.

Conocí una vez a una singularidad. Debí remarcar que las minorías tampoco deberíamos pasar demasiado tiempo al lado de las singularidades, puesto que si una de estas criaturas te seduce y te atrapa, puede terminar contigo. Ella casi terminó conmigo.

Esta no es una historia de amor, es la historia de cómo un contendiente a literato creyó encontrar una de estas extrañas y escurridizas criaturas. Y en cómo ésta, después de ver detrás de su cuero cosido, lo dejó a su suerte. Pero en medio de todo ese barro bochornoso, hubo lugar para la dulzura y las lágrimas.

No soy bebedor de whisky, pero debo admitir que la noche en que la conocí, bebí mis buenas copas de Johnnie Walker antes de salir de la casucha que alquilaba.

Iba caminando en dirección al centro, y paré para comprar unos cigarrillos. Un chico de unos diez años con síndrome de Down que estaba con su madre esperando su turno para comprar, me miró con sus enormes ojos acuosos, se me arrimó y dijo: «El cielo no es nada bonito, ¿verdad?». Mierda, era uno de los cielos más hermosos que hubiera visto nunca, regado de estrellas, de un azul-lechoso. Indudablemente el crío, que no tenía la mejor dicción pero sí mejores modales que la mayoría de los niños, tenía toda la razón. El cielo siempre me había parecido triste, pero asociaba la tristeza y la inmensidad del firmamento con mi propia alma, honda y miserable. Algo así como lo que tenía que existir detrás de la más irrevocable belleza. «Qué bien le hubiese sentado esta revelación a los poetas del romanticismo», pensé mientras encendí un cigarro.

—Sabe usted, señor, ¿qué otra cosa no es linda? —siguió el crío—. El olor a cigarrillo y las tetas de mi Mamá. Son uvas viejas y tan grandes como la sandía que come mi abuelo.

La madre al escuchar esto, se ruborizó al punto de perder la serenidad. La miré, le dirigí una mueca divertida y le dije que en verdad tenía un chico muy especial. Salí del kiosco, y pensé que ese crío podría convertirse en un gran escritor. Tenía la sinceridad y las agallas, dos cualidades difíciles de encontrar encarnadas en nuestro tiempo.

El tiempo en el que vivimos, me da la sensación de que es como un rostro maquillado al milímetro. El maquillaje acentúa las virtudes del rostro; alarga las líneas y parece dar una sensación de volumen a las partes menos proporcionadas, al punto de convertirlas en sugerentes. El maquillaje es tan bueno, que es imposible no sentir admiración por un rostro tan hermoso y cuidado. El cuerpo está igual de en buena forma. Todo va a tono con el conjunto. Pero ese monumento en movimiento, nunca se va a la cama con nadie. Porque en cuanto se vaya a la cama con alguien, tendrá que poner en juego otras virtudes. Virtudes de las que se sabe escaso. No hay fondo en ese cuerpo, sólo una hermosa fachada capaz de deslumbrar al más sensato de los mortales. Así es nuestro tiempo. Vivimos en el tiempo de la imagen. Una imagen fabricada en dos dimensiones: plana, sin profundidad, destinada a desaparecer sin un legado importante que heredarle a la posteridad.

Recorrí el artificial paisaje de la ciudad con los ojos; estaba en pleno centro, por lo tanto los bares llenaban la vista. Me detuve un momento en una esquina y contemplé la masa en movimiento. Todos parecían inquietos y atomizados por las pequeñas pantallas en las manos. Por otra parte, las botellas de cervezas desfilaban en las mesas de todos los bares donde se vislumbrara una persona. Vivimos en una sociedad alcohólica. En una sociedad saturada de su propia mediocridad que busca salvajemente un escape de los rutinarios días. La bebida es un escape. También las salidas nocturnas a bares, la pornografía, el sexo, la violencia y la televisión. Ni qué decir de la tecnología digital, que en manos de seres infrahumanos, se convierte en el blasón de la estupidez.

Odiaba todo eso, pero, sobre todo, detestaba el sexo y su terrible corrupción del seno del espíritu humano. Como Tolstoi, siempre tuve la secreta certeza de que la carne me impedía ser el hombre que quería ser. Después de un revolcón con alguna chica que acababa de conocer, y por la que no era capaz de sentir la más mínima empatía, tenía fuertes lapsos de depresión. Me sentía un imbécil que no veía en la mujer más que una fuente donde meter el pijo. Pero en el último tiempo me las venía apañando bien.

Al principio fue difícil, pero mientras más pasaban las semanas, mejor logré sentirme con mi decisión. Llegué al punto de tener una belleza desnuda frente a mí y lograr amortiguar el sexo. Me volví una especie de ascético. De vez en cuando estaba con alguna chica, pero mi ejercicio radicaba en conocerla, en penetrar en su psicología, en explorar la sustancia que componía su alma y le daba forma a sus sueños. No en copular.

El resultado fue francamente magnífico. Alguna que otra llegó a derramar piadosas lágrimas ante tan singular verbo. Y para mi sorpresa, a través de aquellos excéntricos actos las puertas de sus almas se me abrieron con suma facilidad. Sin embargo, no quise entrar en el paraíso de ninguna de las mujeres con las que me vi; estaba en una etapa de autodescubrimiento y no quería dejar daños colaterales en mi camino. Sentía la necesidad de estar desligado de toda responsabilidad sentimental.

De esta manera estuve algunos meses, hasta que apareció este ejemplar raro incluso en el rango de las singularidades. En el campo de la física, una singularidad es aquella que escapa a las leyes físicas a las que se ve sometido nuestro universo. Por lo tanto, toda regla que se conozca y que sirva para entender nuestro mundo, no sirve en absoluto para comprender la singularidad.

Caminaba por la vereda; buscaba un bar. Y en eso veo de refilón que una silueta le tira un vaso cargado de cerveza en la cara a otra, mientras su voz, que se elevaba por sobre el bla-bla-bla de la multitud, chilló: «No necesito tu mierda, nene». Tuvo mi atención de inmediato. Era una esbelta castaña que estaba mandando a la mierda a su chico. El tipo parecía culpable de lo que sea que ella lo hubiese acusado. El espectáculo consistía en que ella le gritaba mientras él recibía los alaridos con la cabeza gacha, completamente avergonzado de quién sabe qué cosa.

—¿No vas a decir nada, imbécil? —gritó. El pobre diablo no sabía dónde meterse. Mientras tanto, quienes estaban fuera del bar, escudriñaban el espectáculo—. Me voy a la mierda, no quiero verte más.

Tomó su cartera-sobre de la mesa y salió sacudiendo el culo a otra parte. Algo me decía que no iría demasiado lejos. Seguí a cierta distancia sus largas piernas, y, tras doblar la esquina, a media cuadra, se metió a un bar. Entré.

Estaba en la barra. Había mucha gente. Pedí una cerveza y le hablé.

—¿Qué hace una chica como vos con un pelotudo como ése?

—¿Me estás siguiendo? —respondió.

—¿Para qué pregunto? ni siquiera quiero escuchar ese cuento, me da la sensación de que es una historia vulgar del montón —dije—. Aunque podría escucharte contar otras anécdotas.

—Me sonrió. Sus ojos grises zafiros mostraban inteligencia y cautela.

—Tenés razón. Pero más que contar historias, quiero vivirlas. Quiero experimentar algo nuevo. Algo único. Algo que me deja una huella tan honda y agridulce que nunca sea capaz de olvidarlo.

Le clavé los ojos en el rostro. Era algo así como un artista frente a un trasto blanco a punto de intentar la hazaña de pintar su mejor obra. Su cara era malditamente hermosa. Uno podría perderse en ese rostro salpicado de lunares. Uno podría besarlo tanto que le dejaría moraduras violetas, de tal forma, que más que besos, quien la viera creería que la habrían golpeado con saña. Algo en su forma de ser y de decir las cosas me puso en alerta. Era esquizoide y temeraria.

—¿Y…? —dijo tras verme, viéndola de aquella forma—. Si vas a asesinarme promete algo antes, que no vas a enterrar mi cadáver. Yo soy de las que prefieren la cremación, ¿sabés? Me gusta todo eso de que el cuerpo arda en un fuego virulento hasta que lo único que quede sea un alud humeante, y después, sólo cenizas —me dijo haciendo unos ademanes muy graciosos con las manos. Era muy ingeniosa en sus diálogos.

Me la quedé mirando con los ojos entornados y con una sonrisa mordida en los labios, luego dije:—Vámonos a la mierda. Conozco un lugar mejor.

—Pero antes, terminemos la birra.

—Tengo una idea mejor —dije, y puse la botella a un costado dentro de la campera y la saqué del bar. Por lo cual todo el camino hasta casa la fuimos bebiendo.

Llegamos a la letrina que alquilaba. El lugar era un puto caos, lleno de libros desparramados por todos los rincones, botellas, bolsas y platos sucios amontonados en la cocina.

—Apuesto a que nunca estuviste en un vertedero como este.

—¿Un lugar mejor?, ¿eh?… Me gusta, tiene su toque. Ya me estaba empezando a cansar de que me llevaran siempre a departamentos ostentosos. Esto es más personal. Pero decime algo, dale: ¿cómo tuviste el coraje de traerme acá?

—Es lo que soy, nena. Puede que luego me arrepienta, pero esta noche helada no voy a esconderme de vos. Aunque algo sí te puedo asegurar, en este basurero hay más tesoros que en cualquiera de los otros lugares que hayas pisado en el pasado.

—Eso lo voy a decidir yo —chilló resuelta, mientras levantó un hombro hasta el mentón y ágil, hizo movimiento con la cabeza de tal manera que su melena se sacudió tapándole parte del rostro. Era un espectáculo contemplarla.

Recorrió la casa en silencio. Hurgó los libros; al parecer, le interesaban los tomos de filosofía y poesía. Luego fue hasta el escritorio y escarbó entre los papeles. Agarró una hoja y leyó lo siguiente:

 «“Nada puedo hacer por el momento más que esperar que las piedras que el tiempo traiga de ahora en más, sepulten, ambiciono que para siempre, el dolor que me destruye”, recuerdo que invoqué en una terrible soledad, como si el hecho de construir con apolíneas palabras una metáfora del momento que me carcomía el alma, pudiese ahogarme todavía más en un tormento sin esperanza. Estaba en el cuarto, navegaba por una especie de niebla opaca, y era incapaz de ver nada más que hacia mi pasado. Y todo, toda esa visión, juro que me destruía. Ya no estaba. La había vuelto a perder, y esta vez para siempre. Me recosté, fijé los ojos en la esquina del techo en donde había suspendida una araña que acechaba a un insecto, y repasé nuestra íntima y pequeña biografía. “¿Cómo fue que empecé a amarla?, ¿cómo fue que todo se fue al demonio?”, me pregunté. “Ah, en un día. Mi pasión nace, se desarrolla y alcanza su cenit, ¡TODO EN UN DÍA!”, me dije y supuse que de los sueños se alimentan las pesadillas. Y así me vi, viéndome, todo paralizado tratando de recordar, no sin estremecerme, cómo se había dado toda aquella fábula del infierno. Mientras tanto, aquella repugnancia negra, se movió con agilidad asombrosa y cazó a la mosca que había caído en una de las tantas redes colocadas en los recovecos de mi cuarto. La vida era un infierno, pero no quemaba a todos de la misma manera».

Luego de la lectura, se quedó un momento pensativa. Bebió un trago de la botella de whisky que estaba en el escritorio y me miró con solemnidad. Estaba como conmovida, como si algo le hubiese destapado el fuego que le roía. No hizo falta decirle que era mío.

—Podría quererte —me dijo.

—Cielos, creo que estoy enamorado de vos —arremetí. Y me arrimé hasta donde estaba y le calcé una mano en la cintura, de manera que la arrastré hacia mí y la besé.

La besé tanto esa noche que al otro día sentí la lengua tosca y pesada. Su hermoso rostro estaba desfigurado por mis besos. Le dejé espantosas ronchas en su piel blanca bañada de lunares.

Recuerdo que mientras estaba encima de ella, algunas lágrimas se me cayeron y golpearon su silueta en la oscuridad. No dijo nada, sólo besó mis ojos húmedos. No hubo penetración, no la necesitamos. La primera vez no quisimos arruinar el momento con la trivialidad de la carne. Salimos nuestros buenos meses. Juntos éramos tan explosivos que las peleas no tardaron en llegar. Estábamos demasiados inmersos uno dentro del espectro del otro. El espíritu no está hecho para combatir esa clase de pasiones.

Estaba jodidamente enamorado. Por entonces bebía más de la cuenta porque no podía reconocerme en aquella situación. Intentaba por todos los medios descifrar lo que me pasaba, lo que quería. Pero no duró. Un día se cansó de mis tonterías.

—¡A la mierda tu amor! —me gritó una noche en una borrachera—. ¡A la mierda tu amor, nene!

Sabía que lo decía en serio. Se marchó y no la volví a ver. Las singularidades pasan una vez en la vida. A veces me pregunto si habrá conseguido de esta historia, esa huella inolvidable que buscaba.

«A la mierda tu amor», todavía retumban esas palabras en mi cabeza. Me quedé con su amor y con el mío. Me quedé inventando historias para traerla de vuelta de cientos de modos distintos. Pero siempre es ella. La misma. Mi fuego. Mi amor.