Ojos de demonio

2014

La noche atravesó mi pecho

y

sus pupilas verdes

ardieron

como un cometa

que

cruza el cielo.

Se apagaron.

El fulgor de esos demonios

que

vestían la noche.

Fueron extinguidos

por

dos besos.

Fue un asesinato a sangre fría

calculado

medido.

Mi boca se suspendió una

y

luego otra vez

en

sus rosados labios de ninfa.

Mis ojos siguieron abiertos:

divisaron con total impunidad

el aliento suspendido

y

el pecho

levemente

agitado

que exigía más

más

más…

Quería ver esos dos demonios verdes

aplastados

y

aniquilados

ante una fuerza

superlativamente inferior:

El beso que apaga la llama.

La pluma que vence la espada.

El puño de la vida

que

doblega el de la muerte.

«Magnífico sabor es el de la victoria»

pensé

en la súbita oscuridad

y

entonces pasó.

Los subversivos párpados

se abrieron

y

como una ola

que

rompe contra el acantilado

y

devora las pequeñas piedras

fue arrastrada mi alma

hacia las fauces del indómito fuego

que

aguardaba dentro

y

no pude hacer más

que

entregarme

y

aceptar

que

era

hombre muerto.

Las puertas magenta de Avalón

En la resaca más terrible
donde no consigo contabilizar las horas
ni los días
donde todo asusta
por esa especie
de antinaturalidad en la apariencia
algo que se ata a lo primitivo
parece querer emerger y cobrar forma;
y unos párpados pintados de negro
que resguardan pupilas sin color
me miran fijos
casi divertidos.
Parecen acusarme y decirme:
«Lo hiciste de nuevo».
Prontamente
en el filo del puente
de unos labios magenta
una sonrisa se apresura
y me abre las puertas de Avalón.
La guedeja
como pequeñas serpientes doradas
insiste en revolcarse
sobre una cara muy blanca
y pienso
en medio de la bruma de una espantosa mañana
-todavía la recuerdo-
con sus pequeños pasos al moverse
acercándose a todo aquello
que tenga un mundo que abrazar.
Todo color se disipa y la noche se ciñe
a los hijos del Demiurgo.
Me tambaleo y me muevo hacia ningún lugar.
No hay guía ni camino.
Por más que busco
no logro columbrar ningún rastro
de la luna
en el firmamento que se dobla sobre el plano
y llego a la conclusión
de que así es mejor.
Los primeros de nosotros
tampoco la tuvieron;
el retrato mental me reconforta.

Iniciación Adánica (Hacia el primer hombre)

Puedo sentir un eco reverberando detrás de los pasos;
es el susurro holístico de los muertos que claman libertad.
Descubrí en lúgubres catacumbas, entre el fango,
plegarias y aullidos de misericordia.
Y entre tantas voces disonantes, una clamó por mi rezo:
«Lo efímero no existe», articuló en gutural voz.
«Tan sólo la finita ilusión de lo perecedero».
Y me quedé allí, absorto
divagando en el secreto que me fue revelado
embebido en el umbral
de lo que, hasta hace un momento,
parecía ser un conocimiento impenetrable.
Así estuve
hasta que espejismos ladinos me poblaron la razón.
Pronto el embrujo cobró forma
y el rostro de ninfa
-pálido y de enormes ojos verdes seráficos-
se materializó entre la bruma y me dirigió la mirada propia de los demonios.
Pensé que mi propia prisión estaba en este pasaje retorcido y lacónico.
Entonces me quité la vestidura de hombre
y poseso de la incognoscible figie de Abraxas que me observaba, bramé:
-¡Oh, encarnación de Lilith! ¡Oh, savia de la que se componen mis delirios!
¡Sangre de mi vida!, ¡endriago corrompedor de mi fruto!
Cuánto te quise y cuánto te amo.