Las puertas magenta de Avalón

En la resaca más terrible
donde no consigo contabilizar las horas
ni los días
donde todo asusta
por esa especie
de antinaturalidad en la apariencia
algo que se ata a lo primitivo
parece querer emerger y cobrar forma;
y unos párpados pintados de negro
que resguardan pupilas sin color
me miran fijos
casi divertidos.
Parecen acusarme y decirme:
«Lo hiciste de nuevo».
Prontamente
en el filo del puente
de unos labios magenta
una sonrisa se apresura
y me abre las puertas de Avalón.
La guedeja
como pequeñas serpientes doradas
insiste en revolcarse
sobre una cara muy blanca
y pienso
en medio de la bruma de una espantosa mañana
-todavía la recuerdo-
con sus pequeños pasos al moverse
acercándose a todo aquello
que tenga un mundo que abrazar.
Todo color se disipa y la noche se ciñe
a los hijos del Demiurgo.
Me tambaleo y me muevo hacia ningún lugar.
No hay guía ni camino.
Por más que busco
no logro columbrar ningún rastro
de la luna
en el firmamento que se dobla sobre el plano
y llego a la conclusión
de que así es mejor.
Los primeros de nosotros
tampoco la tuvieron;
el retrato mental me reconforta.