SEO o no SEO… Este es el dilema.

SEO o no SEO… Este es el dilema. ¿Qué es mejor para el sitio, enfrentarse a los embates de la fortuna con los algoritmos de Google, vanagloriarse de los déspotas resultados de una campaña SEM o desafiar al océano del ciberespacio tras aplicar técnicas que depuren la experiencia web y en consecuencia mejoren el posicionamiento orgánico? Pagar es publicidad, sólo eso y nada más; un sueño de conquista que subsistirá mientras dilapides la fortuna alimentando a la bestia; consumación que hiere de muerte al deseo. SEM, click, caja. Ahora, existe otro método; el camino más largo, ¿quieres reformar el contenido de tu web, volverlo apetecible, intuitivo y accesible? ¡SEO es su acrónimo! “¡Qué difícil!”, estás pensando. Pues en verdad anhelas una audiencia vasta, precoz y feligresa. ¿Pero qué audiencia se quedará en tu página cuando dejes de nutrir a El Gog con el sacrosanto capital de los hombres vulgares? ¿Podrá el ego sopesar semejante injusticia y orfandad? ¿Tolerar, acaso, el desprecio de los buscadores tras el desnudo abandono de la publicidad a sueldo? Ese vicio arrogante debe cesar. ¿Qué cibernauta puede consentir tanto? Nadie, sino fuese por ese algo tras el umbral de lo aparente -ese orbe fértil por descubrir del que se sabe, ningún bloguero o emprendedor retorna- que promete justamente aquello que puede dar; vuelo propio, independencia. Que el barniz del infortunio que se ciñe sobre tu web se esfume y tus acciones confluyan hacia resoluciones importantes, de gran valía. Ahora, cierra los párpados y atestigua cómo cada entrada volcada en tu web manifiesta ánima propia y se replica en tu audiencia orgánica, eléctrica, no vana de interacciones y consumismo. No lo olvides, tenlo siempre presente, ¡el SEO es la respuesta a tus oraciones! Es la herramienta con la que podrás torcer el cauce del descarrilamiento pantanoso que atraviesas en el ciberespacio conocido.


Ser o no ser… He ahí el dilema

Ser o no ser... He ahí el dilema. ¿Qué es mejor para el alma, sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos, o levantarse en armas contra el océano del mal, y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir... Nada más; y decir así que con un sueño damos fin a las llagas del corazón y a todos los males, herencia de la carne, y decir: ven, consumación, yo te deseo. Morir, dormir, dormir... ¡Soñar acaso! ¡Qué difícil! Pues en el sueño de la muerte ¿qué sueños sobrevendrán cuando despojados de ataduras mortales encontremos la paz? He ahí la razón por la que tan longeva llega a ser la desgracia. ¿Pues quién podrá soportar los azotes y las burlas del mundo, la injusticia del tirano, la afrenta del soberbio, la angustia del amor despreciado, la espera del juicio, la arrogancia del poderoso, y la humillación que la virtud recibe de quien es indigno, cuando uno mismo tiene a su alcance el descanso en el filo desnudo del puñal? ¿Quién puede soportar tanto? ¿Gemir tanto? ¿Llevar de la vida una carga tan pesada? Nadie, si no fuera por ese algo tras la muerte —ese país por descubrir, de cuyos confines ningún viajero retorna— que confunde la voluntad haciéndonos pacientes ante el infortunio antes que volar hacia un mal desconocido. La conciencia, así, hace a todos cobardes y, así, el natural color de la resolución se desvanece en tenues sombras del pensamiento; y así empresas de importancia, y de gran valía, llegan a torcer su rumbo al considerarse para nunca volver a merecer el nombre de la acción.

Soliloquio de Hamlet, de William Shakespeare.