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El manifiesto de la locura y el olvido

Publicado en la Revista Extrañas Noches

julio de 2016

Llegué a casa con algunas latas de cerveza encima luego de una dura mañana de trabajo en la redacción de la revista. Mi celular personal, que había dejado cargando sobre una repisa, no paraba de chirriar en intermitentes sonidos. Lo agarré y comencé a leer una sucesión de mensajes que me dejaron incrédulo. La condenada zorra de mis pesadillas me había vuelto a escribir después de dos años de ausencia y litros de cerveza y de borracheras en mi línea de tiempo diacrónica. Sabía de antemano que no estaba preparado para aquello y que de alguna manera me iba a joder el día, las semanas, los meses, los años y tal vez, la vida.

Era evidente que estaba pasando por una especie de crisis y que necesitaba de la persona que más tiempo invirtió entendiendo su psicología: Sol no era una chica ordinaria, así que lejos de hacer una entrada de presentación por los años olvidados, se limitó a escribirme una cadena de mensajes de los más dispares en los que me contaba cosas de su vida del día a día como si nada hubiera ocurrido entre nosotros. Era una chiflada y ella lo sabía.

Mierda, apuré una lata de cerveza y dejé el celular a un lado, en silencio. Entré al lavabo, y aunque era un gélido invierno me bañé con agua fría, mientras, en simultáneo, bebía. No estaba mal, aquella ducha hizo de mí un colador. El agua me perforaba, vaya que sí, pero para entonces mi cabeza ya era un cohete despegando.

Tenía un mecanismo patológico de lo más curioso; la mayor parte del tiempo (y de la vida) era un sujeto frío y algo calculador. Siempre fui introvertido: aun cuando podía ser alguien sumamente excéntrico y amigable en sociedad por dentro no dejaba de ahogarme en una monstruosa introspección. Lo que quiero decir, es que soy por naturaleza, alguien mental. Estoy demasiado conectado con las catacumbas de mi cráneo y en general le esquivo a todo lo que tenga que ver con lo sentimental. No me gusta sentirme fuera de foco, necesito dominar el espíritu, y domando la mente es que lo consigo. Cuando eso falla todo se jode. Me vuelvo enfermo y primitivo y navego paisajes extremos de un minuto a otro mientras el pecho me explota y la cabeza se me dispara como un misil al infierno. En definitiva, me vuelvo un imbécil, un lunático. Era lo que comenzaba a ocurrirme.

Al salir del baño, abrí la última cerveza que quedaba y me senté frente al ordenador. Intenté escribir algo, pero nada más se me venían a la superficie escenas terribles de mi pasado con Soledad. El hecho de que no pudiera evocar su esencia de una manera justa y animada, me preocupaba. Sabía que ella me había hecho daño, pero también sabía que me había dado cosas hondas. Me había dado una primavera que recordar, y eso, teniendo en cuenta que mi biografía siempre fue más bien un campo de batalla, merecía algún valor. Sin embargo, mis defensas insistían en mostrármela como un ser despiadado y egoísta que únicamente velaba por su propio bienestar.

El ser parecía querer bifurcárseme; por un lado, estaba la parte que quería traer a mí las buenas cosas de Sol, y, por el otro, la facción que quería arrastrame a sus demonios y recordarme lo que sus fauces podían hacer conmigo. No podía resolver la cuestión, así que pegué un largo trago de cerveza y dejé el ordenador sin poder aclarar un carajo mi situación. Necesitaba despejarme, o en su contrapartida, detonarme hasta los cimientos. De lo contrario terminaría melancólico y esquizoide. Decidí esperar a que abriera el bar para aclarar el asunto.

Bajé a comprar unas cervezas al kiosco y en el camino un borracho andrajoso que estaba tirado en una esquina con una manta me pidió dinero. Seguí mi camino sin dirigirle la palabra. Compré tres botellas. A mi regreso, el viejo al verme, abrió los ojos como platos y aulló:

—¡EH, PUERCO CAPITALISTA, POR LO MENOS TENÉ LA DECENCIA DE CONVIDARME UN TRAGO!

Al oír esto frené el recorrido y regresé sobre mis pasos. Le planté cara y le dije que retirara lo dicho si no quería rifarse una paliza. Enseguida el viejo comenzó a retractarse:

—Eh, muchacho, no seas tan agresivo con un pobre viejo. Nada más quiero un trago.

Me senté a su lado en las escaleras del zaguán del edificio, le pasé una botella y él enseguida la destapó con los dientes; «¡Bloop!». El viejo metió un trago largo y digno.

—Eso va a matarte, viejo.

—Hay tantas cosas que te matan, muchacho, que la bebida, creéme, es el menor de los males.

—Puede que tengás razón, pero aun así te va a pudrir las tripas.

—Cuando tengás mi edad, muchacho, si es que una mujer no te mató antes, también el chupe te va a matar a vos.

Sonreí y le quité la cerveza de las manos. Bebí. Charlamos algo más a pesar del frío y de nosotros. Era un viejo agradable después de todo, que había pasado por demasiadas cosas como para no arriesgarse a mendigar un trago cuando tenía la oportunidad. Era astuto y como muchos, era esclavo del pasado. Al marcharme le dejé algunos pesos para que se comprara una buena petaca de vodka, porque como él mismo me dijo: «Aquello sirve para combatir el frío y los fantasmas de la mente».

Con la cerveza haciendo estragos en mi organismo, comencé a sentir como si una bestia emergiera del barro que me corroía por dentro y me recrudecí. Comencé a ver y a sentir el mundo en una forma estrafalaria y grotesca: Todos esos condenados edificios levantándose ante mis ojos, y los autos y sus bocinazos martillándome los sesos, y la gente desfilando como errante con aquellos malditos celulares en las manos, y los perros hurgando la basura en mitad de la tarde y los desamparados arrojados a la calle intentando exprimir la poca compasión ajena que quedaba no hacían más que engullirme los sentidos y obligarme a divagar como sonámbulo dentro de mí. Los aullidos mudos de la civilización parecían querer materializarse. Salir. Apuré el paso y paré sólo para beber un trago de cerveza a la vista de todos. Eso acalló las voces por un momento. El mundo enloquecía a mi alrededor y nadie parecía darse cuenta, y mientras el circo continuaba la función, yo seguía mi descenso hacia un infierno más personal.

Algunos infiernos vienen en forma de mujer, otros, en jaulas podridas con pasados podridos. Algunos descensos son progresivos y enfermos, y llegan de la mano de la bebida, la violencia o el sexo. Y están los otros, que parecieran no tener una explicación racional y que llevan al sujeto al paroxismo de la locura como si pese a todo fuera arrastrado por un destino maldito. No creo en las maldiciones ni en los destinos, únicamente conozco demasiado a los hombres como para saber que dentro de cada uno hay una llama que arde y crece y se desarrolla y que progresivamente lo quema todo. Yo tenía mi método para retrasar la combustión; beber como un Cosaco una cerveza tras otra hasta reventar. Luego, algo más ligero de equipaje, comenzaba el circuito de ascenso y descenso de nuevo.

Mi cabeza era como una cuarenta y cuatro cargada que a veces al disparar se encasquillaba. Nada parecía funcionar del todo bien en mí. Lo único que sabía con certeza para entonces era que cuando la bala salía siempre daba en el blanco. Aquel día, sin embargo, pese a mí, la realidad se representó con un crudo y agridulce humor.

En casa, enturbiado pero ya con algo más de disposición anímica, me puse a escribir. La cosa fue bastante mejor. Estuve abstraído un buen par de horas machacando el teclado. Escribir, es con diferencia la vocación humana que más satisfacciones me ha traído. Si no fuera por ello y por la lectura, hace tiempo que habría saltado del balcón. Escribir ahuyentaba mis fantasmas. Me hacía mejor de lo que era. Mejor que cualquier cosa que podría haber sido de no haber tenido una fijación literaria. El tiempo pasó muy rápido, como siempre sucede cuando te interiorizas en una actividad que te llena. Escribir me colmaba. Corregía mis defectos y suprimía todos los agujeros que me atravesaban —al menos lo hacía por algún tiempo—.

Para cuando dejé la ermita a reventar de libros y mugre alimenticia que era el escritorio, estaba sobrio. Bajé las escaleras, salí del edificio y enfilé en dirección al bar con la esperanza de encontrar una respuesta a mi situación, o en su contrapartida, a procurar olvidarme de las preguntas por completo. La noche era dura y descarnada y le arrancaba la careta a los hombres. Esa noche había más gente de lo habitual en las calles, y sobre todo, por alguna razón, desfilaban muchas parejas.

Varones y mujeres se tomaban de las manos y juntaban sus labios y sus sexos en todo los rincones del mundo. Algunos se revolcaban en pomposos lechos, otros en desiertos arenosos del Líbano bajo un sol que cocía la piel, otros en chozas en el corazón de la selva peruana y otros simplemente cogían en construcciones ruinosas de ciudades del primer mundo. Detrás de todo eso, en las profundidades de un silencio negro, estaba lo otro, eso de lo que la gente no solía hablar con frecuencia salvo en casos excepcionales, cuando monstruos excepcionales surgían de repente en pantallas de televisión y se le recordaba, a ésos, de su existencia; violaciones a niños en estados emergentes, mutilación genital en masa en colonias de Yemen, hombres de familia irrumpiendo en mitad de la noche en departamentos vecinos de estudiantes para someterlos y asesinarlos en Norteamérica, Yihadistas detonando sus chalecos y volándolo todo en Francia, torturas en cárceles militares clandestinas en Cuba, lavado de dinero y corrupción de funcionarios populistas en Argentina, locura civil y censura en Venezuela, muerte por inanición en Corea del Norte, familias enteras alimentándose de la basura en India y necrófilos sedientos con cadáveres de seres amados en todas las madrigueras de servicios fúnebres y morgues del planeta tierra podían ser algunos de los largos etcéteras. En la periferia de todo aquello, dentro del campo de lo que no le interesaba a nadie, estábamos los otros: los mezquinos viviendo una pálida existencia. Con nuestras mezquinas preocupaciones y nuestras mezquinas esperanzas. Pujando por sobresalir en un hormiguero a reventar de ineptos semejantes a nosotros. Haciendo exactamente lo que se esperaría que hiciésemos y de vez en cuando rompiendo alguna regla idiota que el sistema esperaría que rompiésemos. Rezando por enamorarnos y enloquecer. Tan automatizados que ni siquiera el vaticinio de nuestra propia muerte sería capaz de conmovernos. Así estaba el mundo, envilecido por perversas criaturas sin culpa que todavía creían en la inocencia.

Más tarde, en el bar, me encontraba bebiendo una cerveza del pico, dándole cuerda a la cabeza y enloqueciendo otro poco, cuando tres lindas criaturas tomaron asiento en la mesa de al lado. Una especialmente tuvo mi atención. Era una curiosa chica que llevaba un sombrero flapper. El cabello oscuro como el ébano le caía pesado sobre parte del rostro, que poseía la extraordinaria cualidad de tener un reguero de pecas sobre los pómulos y la nariz. No podía sacar mis ojos de aquella carita magníficamente pálida que engullía unos ojos avellanas muy vivos. Por entonces yo era un sujeto noctámbulo y solitario que disfrutaba de la cerveza y de la compañía ocasional de extraños. Había ido a parar al bar después de escribir un ensayo sobre Chandler y su alcoholismo. Cargaba conmigo un libro que esperaba dilapidar esa misma noche por si el asunto de mi exchica no me llevaba a ningún lado.

Es curioso como pueden funcionar algunos lectores, yo era capaz de enfocarme y abstraerme en una lectura en cualquier situación y lugar. Esa noche lo intenté, pero cada vez que lograba interesarme en la novela, sentía una mirada cortar el aire y caer sobre mí como un machete. No podía concentrarme en la lectura, todo lo que podía hacer era beber y fijarle los ojos a la chica del sombrero.

El bar olía a cigarrillo y a gloria. Todos estaban muy distendidos. Bebí un buen trago y volví a mirar hacia la mesa vecina, ella estaba indiferente ante la charla muy animada que mantenían sus dos amigas. Pronto, todas las caras que desfilaban ante mí comenzaron a ponérseme borrosas. Todo era visto como a través de un lente que sólo hacía foco nítido en un objetivo; ELLA. El bullicio del bar se volvió cada vez más insustancial y amorfo, y al final, terminé por maldecir y cerrar el libro. Me dediqué a beber.

La curiosa chica del flapper, tras un momento, se paró y vino hacia mí con una naturalidad que me dejó duro. Vestía como una joven parisina de los años veinte; cargaba una camisa holgada, sin sostén, de un dorado brillante que metía bajo un short renegrido. El pantalón de tiro alto se empeñaba en ajustar, tenaz, el abdomen y los muslos. Tenía también unas medias de nailon gastadas que iban en perfecta comunión con unos zapatitos como de colegiala; todo iba a juego con la indumentaria. Sí, todo en ella me parecía salido como de una novela de aquella década. Me figuré enseguida la siguiente imagen; una representación de cabello oscuro de Zelda Fiztgerald. Luego recordé lo que Hemingway escribió sobre Zelda en París era una fiesta y temblé. Ante mí tenía una figura salida como de las páginas de un cuento de uno de los mejores años que hubiera visto la literatura.

—El libro de la risa y el olvido… —murmuró Zelda una vez que tomó el libro de mi mesa y leyó la tapa. Luego abrió una página con cuidado, y ante mi perplejidad, leyó lo siguiente: «La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad, el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se rescriben las biografías y la historia».

—Quiero a esa zorra… pero es momento de que la borre de mi vida —dije como murmurando para mí, con los ojos clavados en la botella. No sabía del todo porqué había salido con aquello. Simplemente lo escupí. Sentí entonces como si el eclipse en mis entrañas comenzara a desvanecerse.

La chica del flapper me quedó mirando con los ojos entornados, dubitativa. Luego habló así:

—Deberías decírselo, sea quién sea. Las personas tenemos la costumbre de desaparecer, de alejarnos de los otros y de nosotros mismos. A veces necesitamos encontrarnos en una forma nueva y por eso nos vamos lejos. Pero hay caras que no se olvidan, ¿sabés? Y situaciones que llevamos con nosotros, y, aunque la mayor parte del tiempo no lo notamos, somos también parte de los demás y de los momentos que nos marcaron. Insisto, deberías decirle a esa persona lo que sentís.

—¿Vos creés?

—Absolutamente. Nunca se sabe cuando puede ser la última vez que podemos hablar con alguien que nos importa. Por otra parte, también pienso que podemos tomar decisiones en el presente y ser lo bastante fuertes como para sostenerlas en el tiempo.

—Puede que deba decírselo. Puede que tenga que decirle demasiadas cosas a demasiada gente. Pero también puedo no decir nada. Hacer un voto de silencio.

—Si sos capaz de vivir con esa decisión toda tu vida, entonces estoy de acuerdo. Yo lo veo así, mirá: Mientras estemos, así como ahora estamos vos y yo, vamos a ser algo así como un cuenco bajo un INMENSO ramaje de un árbol que lo nubla todo… Tenemos sed, queremos que el cuenco se llene para poder beber. Dependemos del árbol, de lo que nos dé. Y el árbol depende de todo lo que lo rodea, y así sucesivamente, de menor a mayor, de lo más pequeñito hasta lo más grande. Del microcosmos al macrocosmos. Nosotros, el cuenco sediento, no vemos lo que hay más allá del árbol, pero eso no quiere decir que no exista nada más fuera de él.

—No entiendo… ¿esto tiene algo que ver con El Mito de la Caverna de Platón?

—Pará… escuchame, tonto. Y entonces, como te decía; cuando llueve, el árbol se moja y unas cuantas gotas caen en nuestro cuenco por medio del ramaje. Nos parece poco, no nos quita la sed. Queremos más. Pero pasa que el cuenco, a través del tiempo, se va llenando de forma progresiva, ¿me seguís? —afirmé con la cabeza. La pequeña Zelda hablaba muy pausado—. Y resulta que algunas veces, así, de repente, viene el frío, el polvo, el ruido y después; LA TORMENTA. Diluvia, entonces pasa que nuestro cuenco recibe más agua de la que es capaz de soportar… Escupimos, nos ahogamos. Es demasiado, no lo soportamos, pero por alguna razón que no entendemos seguimos adelante, soportándolo todo y más… A lo que voy, lo que quiero decir, es que nosotros somos como ese cuenco, solamente que nosotros, las personas como vos y como yo, no acumulamos agua en el cuenco para saciar nuestra sed sino que la sed la saciamos acumulando otra cosa: experiencia. Para algo tiene que servir después todo esa experiencia que juntamos, ¿no te parece? Ya sea para que en el gozo o en la agonía, despabilemos, despertemos de una vez por todas… Siempre es un buen momento para despertar, así sea en nuestra última hora, cuando estemos exhalando nuestra última bocanada de aire… Porque como dice la gente por ahí, más vale tarde que nunca… ¿Te digo qué es despabilar para mí? Es vivir. Vivir con la mente y con el cuerpo —me dijo mientras me miraba fijamente con sus preciosos ojos iluminados—. ¡Bah! No sé ni lo que digo, me hice un enredo, mejor ni me escuchés… ¿Puedo? —dijo luego, toda risueña, señalando la botella. Asentí.

Su nombre era Martina. Era una chica inusual que sabía hablar bonito y ser agradable con un extraño. Bebimos algunas cervezas juntos. No le conté mi historia ni ella me contó de qué iba la suya, pero nos entendimos rápido. Cuando se arremangó la enorme camisa para estar más cómoda pude ver que lucía una manga japonesa en el brazo izquierdo. También noté las rajaduras en su muñeca como vestidas entre el tatuaje. Era una superviviente. Brindé por eso.

—Tengo que irme, pero antes, voy a dejarte esto —me dijo Marti, y se sacó el medalloncito muy mono que le colgaba en cuello y me lo tendió. Había pintado en él una especie de serpiente azul con cabeza de dragón que se elevaba por sobre las olas del océano y se enrollaba en un barco—. Es un Leviatán. Simboliza la fuerza, la bestialidad, la justicia divina ante la barbarie del hombre. La próxima vez que te vea, te lo voy a pedir, pero de momento es tuyo. Es mi talismán. Si a mí me ayudó puede que a vos también. Así que cuidalo.

—Lo voy a cuidar… lo prometo.—Y algo más… —continuó y sacó de su cartera una libretita. Cortó una hoja y escribió algo en ella. Me obligó a cerrar los ojos mientras lo hacía. Pude sentir cuando me colocó el papel en el bolsillo de la camisa—. Es mi manifiesto para triunfar en la vida. Leélo cuando estés solo y tranquilo, antes no se vale.

Una vez más asentí perplejo.

—Bueno, creo que eso es todo, ya me tengo que ir —dijo la pequeña Zelda.

Antes de que ella pudiera hacer nada me le arrimé y le di un fuerte beso en la mejilla. No fue un beso de deseo sino de correspondencia y agradecimiento. Aquel encuentro había sido para mí como una revelación. La pequeña Zelda lo entendió perfectamente.

—Chau, extraño —me dijo con dulzura y me presionó los pómulos. Luego se paró, me sonrió con aquella sonrisa suya y se volvió hacia donde estaban sus amigas. Les dijo unas palabras que no escuché o que no quise oír y se marchó.

Volví caminando algo desconcertado. Me sentía sin peso, liviano como una mariposa que recién se hubiese desprendido de su capullo. Parecía como si me hubiesen abierto al medio y me hubiesen extraído los órganos. Era una sensación extraña y nueva para mí. En el recorrido tomé un desvío, y en el camino vi al viejo derrumbado en el mismo lugar donde lo encontré por la tarde. Roncaba como un enorme oso en medio del frío que escocía la carne. Me acerqué con cuidado y puse el resto del dinero que me quedaba dentro de la petaca de vodka vacía que descansaba a su lado, después salí a paso lento en dirección al departamento.

Ya recostado, cerré los ojos y traje a la cabeza el rostro de Soledad. El pelo castaño le caía sobre el semblante blanco como la leche y sus enormes ojos verdes me observaban rodeados por una oscuridad ominosa. Su cuerpo delgado y frágil estaba desnudo, y a pesar de la penumbra lo divisaba con claridad. Su sexo me llamaba. Me enloquecía. Pero no acudí al encuentro. Su boca rosada no sonreía, sin embargo no estaba triste, estaba estática, como todo lo demás. Pinté un retrato mental de todo aquel monumento sacudido por fuerzas oscuras. Fue una visión hermosísima. Lloré.

Un tiempo después, cuando las lágrimas ya se habían petrificado y no eran más que cáscaras adosadas en el rostro, sosegado pero todavía pensativo, palpé la camisa y recordé la petición de la pequeña Zelda. Saqué la hoja que la extraña chica del flapper me dio y leí su manifiesto. Tenía nada más que un punto y decía lo siguiente: «Vive locamente y explóralo todo. Ama, llora y déjate matar (o morir) una vez. Luego, procura olvidar. Bórralo todo y comienza de nuevo: Estarás listo entonces para la verdadera experiencia. Algo semejante a la felicidad espera por vos».

Después de la lectura, algo apesadumbrado pero decidido agarré el celular, borré los mensajes de Soledad, quité el chip y lo partí en dos. Decidí que antes de encontrar algunas certezas tenía que destruir los propios cimientos que me sostenían. Debía hacer resurgir mi mundo en nueva forma, y para ello, antes tenía que levantar un muro lo suficientemente alto para encallar todo el pasado que no formaba parte de la nueva visión. Tenía que emprender un nuevo camino. Surgir en una nueva forma. Fue exactamente lo que hice.

Destrucción del Hombre

Publicado en Exégesis Diario

El verano me secaba las tripas. Y aunque era un decoroso día de semana me dirigí a la tienda en busca de algo de cerveza, gin y zumo de naranja. Lo que salió de aquella batalla no estoy seguro de qué me hizo sentir. Pero cuando la noche abrió sus monstruosos ojos yo me encontraba en cuclillas frente al inodoro; un viscoso líquido me fluía por la garganta para luego desparramárseme, amarillento, por la boca. Si hubiese tenido enfrente un lienzo hubiese engendrado una gran obra posmoderna. El título: «vómito de periodista sobre el retrete del mundo», jajajá, aquel pensamiento hizo que se me escapara una carcajada. Me compuse, era un guerrero, un hijo de puta de agallas. Así que seguí pegándole al trago. Dale que va y dale que va.

El país se iba a la mierda. Aquello me tenía sin cuidado. No confiaba en los votantes y mucho menos en las triquiñuelas de los políticos. Sabía de dónde salían esos parásitos y lo que hacían en su fuero íntimo. Dale al pueblo diez años de concordia, de reconstrucción, de esperanza, y luego tendrás asegurado otra década de sadismo sanguinario en tus manos. Así funcionaba todo. El truco era sencillo pero el espectáculo era monumental y bien estructurado. La teoría del caos. Lo que más detestaba de todo el teatro escenificado era tener que salir a la calle y ver los monumentos levantados en mármol y alabastro en los que se erguían hombres grotescos que justificaban una realidad que era por completo engañosa. Héroes fabricados por pequeños grupos en el gran salón de alguna sociedad ocultista de la que la mayoría de los hombres nunca han oído hablar. Cada vez que movía mi culo por los pasillos de la ciudad y tenía frente a mis ojos alguna representación de un obelisco sentía unas ganas irrefrenables de arrimarme y echarme una buena meada en el esmaltado falo. ¡Qué se joda el eunuco de Osiris!

A nadie parecía interesarle lo que sucedía en las celdas de nuestras prisiones, ni en las heladas salas de los neuropsiquiátricos, ni los geriátricos abandonados de toda humanidad ni en los prostíbulos que se montaban nuestra clerecía en cada orfanato a su disposición. Que todo aquello siguiera existiendo demostraba el fracaso rotundo de todos los hombres libres encarnados en el plano. Habíamos perdidos la batalla. Era como para enloquecer. Lo peor era ver con la rabia y la desvergüenza que las personas tendían a defender su propio encarcelamiento cuando se los acusaba. Qué se podía hacer en una realidad donde todo era placer imperecedero para soportar la tortura que se veía forzado a soportar el espíritu, sino beber.

La democracia era otro engaño, otro timo de los buenos. Pero nadie parecía saber de otra cosa mejor; de modo que el cincuenta y uno por ciento de la sociedad sometía al otro cuarenta y nueve por ciento. Los derechos individuales estaban cada día que pasaba más cuartados y el Gran Hermano de Orwell parecía volverse una realidad tangible. Si hasta podía escuchar el lema del Partido salirse de las páginas, dirigirse hacia mí y resonar al ritmo de hipnóticos tambores: «La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza».

Todos aquellos pensamientos se iban derramando por los subsuelos de mi cráneo y no podía hacer otra cosa sino lanzar estruendosas carcajadas. No había salvación, estábamos condenados. Encadenados y forzados a copular los unos con los otros hasta arder en el infierno de la más artificiosa vida. Platón tenía razón con su alegoría de La Caverna; veníamos jodidos de fábrica. De manera que si alguna vez logras salir fuera de la cueva y ver el mundo contingente para el que fuiste destinado a habitar, hazte un favor, y no regreses por nosotros, las almas muertas. Y a pesar de todo este golpe de realidad, había que seguir pateando los días. En mi caso, como podía, a los tumbos y tratando de pasar lo más desapercibido que mi propio genio me lo permitía.

A menudo desconfiaba de los gerentes, de los físicos, de los catedráticos de universidades, de los dueños de pequeñas pymes que parecían que se habían hecho de la nada. Dale un poco de poder y soberanía a un hombre sobre el prójimo y comenzará a subyugarte. Dale un título y algo de autoridad a quien es una piedra embrutecida y te deseará el paredón de fusilamiento si no estás de acuerdo con su limitada cosmovisión. La imagen de todos estos pequeños hombres luchando día tras día tras día para ser reconocidos por sus semejantes en el más opresor sistema conocido por el hombre me ponían enfermo. Todo estaba construido a base de bien en una gran maquinaria de ingeniería social, y ya llevaba milenios ejecutándose la orquesta.

Somos unos jodidos esclavos de la peor calaña, sobre todo porque nadie parece darse cuenta de que es un simple peón descartable en el tablero. Y algunas personas con descaro te escupían a la cara cuando le señalabas sus propias cadenas: «Lo hago por la familia», decían. Hombre, que la etimología de la palabra familia viene del latín famulus, y literalmente significa esclavo. Que es lo que eres tú y los que te rodean. Quizás la programación neurolingüística era la más efectiva de todas; no sólo podías insultarle al más libertario de los hombres frente a su crispado rostro a través de un lenguaje que ha ido escondiendo y degenerando su verdadero significado a través de los siglos, sino que podías limitar su imaginación, creatividad y todo el potencial con el que nació. El siguiente gran truco para doblegar mentalmente a una población es mediante el uso del símbolo. Éste se graba en el inconsciente y actúa de manera silenciosa, machacándote los sentidos y volviéndote cada día una ovejita más dócil y más deficiente cognitivamente.

Los símbolos están ligados a arquetipos poderosos que son encarnados por la especie humana; invertir su significado o el mal uso de los mismos puede degenerar el inconsciente colectivo de cualquier sociedad, y es por esta razón que su uso está magnificado hasta tal punto que no hay instrumento creado por el hombre que no tenga incrustado una etiqueta con uno. Pero, a pesar de todo, había que seguir imantado a la experiencia humana y a la experiencia animal que nos acobijaba. Fue lo que intenté hacer esa noche a base de litros de brebajes espirituosos que catapultaron mi espectro mental hacia rincones más luminosos; mejores.

Revista Exégesis: Número Zero

Publicado en Exégesis Diario

La guerra ya no se libra de una forma convencional. Cambió. Con los avances tecnócratas encauzados hacia la ciencia informática, en el presente, el arte de la guerra es incomparablemente más sofisticada que las que se desencadenaron a finales del siglo XX. Las nuevas armas silenciosas pergeñadas e implementadas por el Estado Profundo han arrastrado a los contendientes del sistema hacia un nuevo campo de batalla donde combatir la Guerra Invisible: la Red.

Este nuevo armamento adoptado por los prestidigitadores cuenta con todas las características que se esperaría de un arma convencional, con la diferencia de que su manera de funcionar y de entrar en acción en el terreno, cambiaron. El documento -Armas Silenciosas para Guerras Secretas, fechado en 1979- del Club Bilderbeg hallado en una fotocopiadora IBM que fue adquirida en una subasta militar, menciona lo siguiente acerca de lo que, por entonces, serían las futuras armas silenciosas para la nueva «guerra biológica»:

«Estas armas disparan situaciones en lugar de balas; propulsados por el tratamiento de datos, en vez de una reacción química, disparan bytes de información en lugar de granos de pólvora; a partir de un ordenador, en lugar de un fusil, operado por un programador de computadoras en lugar de un francotirador de élite. Y bajo las órdenes de un magnate bancario en lugar de un General militar. No producen ruido de explosión evidente, no causan daño físico o mentales aparentes, ni interfieren de manera evidente con la vida cotidiana y social de cada persona. Producen, sin embargo, un infaltable «ruido», causa infaltables daños físicos y mentales, e interfiere de forma infaltable en la vida social cotidiana; o más bien, infaltable para un observador entrenado, para aquél que sabe qué mirar y observar exactamente. El público no puede comprender esta arma, y entonces no puede creer que es en realidad atacado y sometido por ella. El público puede sentir instintivamente que algo no va bien, pero en razón de la naturaleza técnica de esta arma silenciosa, éste no puede expresar su sentimiento de manera racional, o tomar en su mano el problema con inteligencia. En consecuencia, las personas no saben cómo gritar por ayuda, y no saben cómo asociarse con otros para defenderse.

Cuando un arma silenciosa es aplicada gradualmente, las personas se ajustan, se adaptan a su presencia y aprenden a tolerar las repercusiones sobre sus vidas. Hasta que, la presión (psicológica vía económica) se vuelve demasiado grande y se hunden. En consecuencia, el arma silenciosa está hecha para la guerra biológica. Esta arma ataca la vitalidad, las opciones y la movilidad de los individuos de una sociedad; conociendo, entendiendo, manipulando y atacando sus fuentes de energía social y natural, así como sus fuerzas y debilidades físicas, mentales y emocionales». 

Autores publicados en este número: Aldous Huxley, Pedro Bustamante, Jorge Lizama, Ed Snowden, Marta Peirano y Jutta Schmitt.

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Bríndale difusión a tu proyecto mediante las notas de prensa

Una nota de prensa es un documento –generalmente de una extensión de no más de dos páginas- que presenta algún tipo de información relevante sobre nuestra empresa, emprendimiento o proyecto a los medios de comunicación. Para enviar notas de prensa lo más óptimo es acercarla a periodistas para que luego la publiquen en un periódico, revista, medio televisivo, radio o medio digital.

El objetivo de las notas de prensa es conseguir que la información que brindamos salga en diferentes medios que ayuden con su difusión. Para esto, la información en el documento debe ser relevante, de tal manera que consiga levantar expectativas en el profesional que la recibe. Si la nota de prensa tiene éxito, entonces con seguridad conseguiremos difusión mediante reseñas, artículos o reportajes. Por lo que es, sin duda, un paso importante para proyectar nuestro proyecto o emprendimiento.

Ya son más de 46.700 los muertos por COVID-19 en el país desde que comenzó la pandemia

24 de enero de 2021

El Ministerio de Salud de la Nación compartió un informe que indica que en Argentina desde el inicio de la pandemia fallecieron 46.737 personas, mientras que los contagios registrados hasta la fecha suman un total de 1.862.192 de casos.

En el país se registraron 162 nuevos muertos por coronavirus y un total de 11.392 casos de nuevos infectados en las últimas 24 horas, según informó el Ministerio de Salud de la Nación. Lo que suma un total de 1.862.192 infectados 46.737 fallecimientos desde que dio inicio la pandemia.

En este momento, a nivel nacional las camas de terapia intensiva se encuentran ocupadas en un 54,8% de su capacidad, y hay un total de 3.616 personas contagiadas internadas en Unidades de Terapia Intensiva.

Sueño blanco

2014

Abrí los ojos; ella dormía. La tenue luz de la mañana alumbraba la habitación; yo la miraba. Pensaba muchas cosas mientras ella se inmiscuía en el insondable sueño blanco. Pensaba en la sensación milagrosa que me abordaba. Meditaba sobre cuánto me gustaba la trivial secuencia. Estaba disfrutando el paisaje que ante mis ojos se mostraba.

Es que; me gusta tanto que sus ojos cerrados palpiten cuando mi mano coquetea con sus pómulos y que el sueño blanco sea profanado por estremecimientos más nebulosos. Ella entonces a veces despierta y me mira. Otras veces sonríe y sus pupilas flotan como entre nubes y me gritan que me quieren al son del silencio. Adoro verla dormir. darle tibios besos en el cuello, y verla retorcerse de deliciosas sensaciones. Me encanta cuando despierta y tiene el semblante teñido de rubor, como si ojos para adentro, haya sido testigo de extraordinarias y voluptuosas visiones.

Pero, sobre todo, me gusta cuando abre el aire como con un cuchillo y perfora el silencio con dos perfectas palabras. Y me dice muy pausadamente: “te quiero”. Y cuando, luego, su boca forma un asterisco y se abre cuadro a cuadro recreando un agujero negro y me absorbe por completo.

Tempestad y ofrenda

2014

Era yo antes de conocerte, sencillamente un barrilete danzando en el pequeño cosmos de un parque. El viento me arrastraba a su antojo y sin más, iba yo detrás a las desventuras de sus caricias. Y ahora, ahora que la vida me cinceló a golpes y derramó mis sueños por el retrete. Ahora que el corazón endureció y se hizo pequeño como el lobulillo de un ojo, puedo aspirar a la grandeza de un amor que ya no corresponde. ¡Pero, cuánto correspondió alguna vez!

Y como la existencia se trata de equilibrios; y de vida y de muerte, y de ocasos y de primaveras. Doy gracias a la tempestad que sin rumbo llevó mi velero agrietado hacia tu puerto. Y a los golpes y al retrete que, llevándose mis sueños, dejaron mi corazón para ofrendártelo.

A la mierda tu amor

Publicado en el primer número de Revista Extrañas Noches

Julio de 2016

Nací con un don. El don de observar. Debí haberme dedicado al rubro de los psicoanalistas, pero ninguna persona que sienta respeto por sí misma trabajaría en ello. Este don sirve para dos cosas; para meterte en problemas o para escapar de ellos. Pertenezco más bien a la primera opción. Soy un escritor malogrado, así que para mitigar la megalomanía propia de los clarividentes que nunca dan en el clavo, bebo.

No conozco a ningún buen escritor que no tenga un sombrío pasado con la bebida. Las personas que son demasiadas correctas, y con esto me refiero, a demasiadas conformistas con todo lo que pasa a su alrededor, nunca podrán escribir una sola línea que valga la pena. No importa cuánto lo intenten.

Un escritor trabaja en soledad. Vive en soledad. No es una persona bonachona con la que otro ser humano querría pasar un tiempo prolongado bajo el sol. No importa cuánto se esfuerce uno por ocultar las costuras, si pasas el tiempo suficiente a nuestro lado, los hilos comenzarán a verse, y más temprano que tarde, el cuero se rajará.

En mi caso particular, trato de no transitar demasiado tiempo ningún camino que no sea el propio. Primero, porque rara vez me agrada otra persona, y segundo, porque mis costuras se rajan muy rápido y no estoy dispuesto a dejar que cualquiera vea lo que hay debajo. La mayoría de la gente ni siquiera podría entenderlo, y la razón de que no puedan entenderlo, es la misma razón por la que sujetos como yo no quieran compartir tiempo con el prójimo; nadie parece ser ya lo suficientemente real ni sincero con uno mismo.

Las personas ya no son capaces de ver la belleza allí donde yace una cascada de huesos, ni mucho menos pueden distinguir entre los grises que separa lo aparente entre esto o lo otro. Todo lo que se hace hoy día es seguir a la masa en su ruta hacia el matadero. El problema es que es tanta la gente que integra esta amorfosidad que terminan siendo peligrosos para las minorías, y más aún, para las singularidades.

Conocí una vez a una singularidad. Debí remarcar que las minorías tampoco deberíamos pasar demasiado tiempo al lado de las singularidades, puesto que si una de estas criaturas te seduce y te atrapa, puede terminar contigo. Ella casi terminó conmigo.

Esta no es una historia de amor, es la historia de cómo un contendiente a literato creyó encontrar una de estas extrañas y escurridizas criaturas. Y en cómo ésta, después de ver detrás de su cuero cosido, lo dejó a su suerte. Pero en medio de todo ese barro bochornoso, hubo lugar para la dulzura y las lágrimas.

No soy bebedor de whisky, pero debo admitir que la noche en que la conocí, bebí mis buenas copas de Johnnie Walker antes de salir de la casucha que alquilaba.

Iba caminando en dirección al centro, y paré para comprar unos cigarrillos. Un chico de unos diez años con síndrome de Down que estaba con su madre esperando su turno para comprar, me miró con sus enormes ojos acuosos, se me arrimó y dijo: «El cielo no es nada bonito, ¿verdad?». Mierda, era uno de los cielos más hermosos que hubiera visto nunca, regado de estrellas, de un azul-lechoso. Indudablemente el crío, que no tenía la mejor dicción pero sí mejores modales que la mayoría de los niños, tenía toda la razón. El cielo siempre me había parecido triste, pero asociaba la tristeza y la inmensidad del firmamento con mi propia alma, honda y miserable. Algo así como lo que tenía que existir detrás de la más irrevocable belleza. «Qué bien le hubiese sentado esta revelación a los poetas del romanticismo», pensé mientras encendí un cigarro.

—Sabe usted, señor, ¿qué otra cosa no es linda? —siguió el crío—. El olor a cigarrillo y las tetas de mi Mamá. Son uvas viejas y tan grandes como la sandía que come mi abuelo.

La madre al escuchar esto, se ruborizó al punto de perder la serenidad. La miré, le dirigí una mueca divertida y le dije que en verdad tenía un chico muy especial. Salí del kiosco, y pensé que ese crío podría convertirse en un gran escritor. Tenía la sinceridad y las agallas, dos cualidades difíciles de encontrar encarnadas en nuestro tiempo.

El tiempo en el que vivimos, me da la sensación de que es como un rostro maquillado al milímetro. El maquillaje acentúa las virtudes del rostro; alarga las líneas y parece dar una sensación de volumen a las partes menos proporcionadas, al punto de convertirlas en sugerentes. El maquillaje es tan bueno, que es imposible no sentir admiración por un rostro tan hermoso y cuidado. El cuerpo está igual de en buena forma. Todo va a tono con el conjunto. Pero ese monumento en movimiento, nunca se va a la cama con nadie. Porque en cuanto se vaya a la cama con alguien, tendrá que poner en juego otras virtudes. Virtudes de las que se sabe escaso. No hay fondo en ese cuerpo, sólo una hermosa fachada capaz de deslumbrar al más sensato de los mortales. Así es nuestro tiempo. Vivimos en el tiempo de la imagen. Una imagen fabricada en dos dimensiones: plana, sin profundidad, destinada a desaparecer sin un legado importante que heredarle a la posteridad.

Recorrí el artificial paisaje de la ciudad con los ojos; estaba en pleno centro, por lo tanto los bares llenaban la vista. Me detuve un momento en una esquina y contemplé la masa en movimiento. Todos parecían inquietos y atomizados por las pequeñas pantallas en las manos. Por otra parte, las botellas de cervezas desfilaban en las mesas de todos los bares donde se vislumbrara una persona. Vivimos en una sociedad alcohólica. En una sociedad saturada de su propia mediocridad que busca salvajemente un escape de los rutinarios días. La bebida es un escape. También las salidas nocturnas a bares, la pornografía, el sexo, la violencia y la televisión. Ni qué decir de la tecnología digital, que en manos de seres infrahumanos, se convierte en el blasón de la estupidez.

Odiaba todo eso, pero, sobre todo, detestaba el sexo y su terrible corrupción del seno del espíritu humano. Como Tolstoi, siempre tuve la secreta certeza de que la carne me impedía ser el hombre que quería ser. Después de un revolcón con alguna chica que acababa de conocer, y por la que no era capaz de sentir la más mínima empatía, tenía fuertes lapsos de depresión. Me sentía un imbécil que no veía en la mujer más que una fuente donde meter el pijo. Pero en el último tiempo me las venía apañando bien.

Al principio fue difícil, pero mientras más pasaban las semanas, mejor logré sentirme con mi decisión. Llegué al punto de tener una belleza desnuda frente a mí y lograr amortiguar el sexo. Me volví una especie de ascético. De vez en cuando estaba con alguna chica, pero mi ejercicio radicaba en conocerla, en penetrar en su psicología, en explorar la sustancia que componía su alma y le daba forma a sus sueños. No en copular.

El resultado fue francamente magnífico. Alguna que otra llegó a derramar piadosas lágrimas ante tan singular verbo. Y para mi sorpresa, a través de aquellos excéntricos actos las puertas de sus almas se me abrieron con suma facilidad. Sin embargo, no quise entrar en el paraíso de ninguna de las mujeres con las que me vi; estaba en una etapa de autodescubrimiento y no quería dejar daños colaterales en mi camino. Sentía la necesidad de estar desligado de toda responsabilidad sentimental.

De esta manera estuve algunos meses, hasta que apareció este ejemplar raro incluso en el rango de las singularidades. En el campo de la física, una singularidad es aquella que escapa a las leyes físicas a las que se ve sometido nuestro universo. Por lo tanto, toda regla que se conozca y que sirva para entender nuestro mundo, no sirve en absoluto para comprender la singularidad.

Caminaba por la vereda; buscaba un bar. Y en eso veo de refilón que una silueta le tira un vaso cargado de cerveza en la cara a otra, mientras su voz, que se elevaba por sobre el bla-bla-bla de la multitud, chilló: «No necesito tu mierda, nene». Tuvo mi atención de inmediato. Era una esbelta castaña que estaba mandando a la mierda a su chico. El tipo parecía culpable de lo que sea que ella lo hubiese acusado. El espectáculo consistía en que ella le gritaba mientras él recibía los alaridos con la cabeza gacha, completamente avergonzado de quién sabe qué cosa.

—¿No vas a decir nada, imbécil? —gritó. El pobre diablo no sabía dónde meterse. Mientras tanto, quienes estaban fuera del bar, escudriñaban el espectáculo—. Me voy a la mierda, no quiero verte más.

Tomó su cartera-sobre de la mesa y salió sacudiendo el culo a otra parte. Algo me decía que no iría demasiado lejos. Seguí a cierta distancia sus largas piernas, y, tras doblar la esquina, a media cuadra, se metió a un bar. Entré.

Estaba en la barra. Había mucha gente. Pedí una cerveza y le hablé.

—¿Qué hace una chica como vos con un pelotudo como ése?

—¿Me estás siguiendo? —respondió.

—¿Para qué pregunto? ni siquiera quiero escuchar ese cuento, me da la sensación de que es una historia vulgar del montón —dije—. Aunque podría escucharte contar otras anécdotas.

—Me sonrió. Sus ojos grises zafiros mostraban inteligencia y cautela.

—Tenés razón. Pero más que contar historias, quiero vivirlas. Quiero experimentar algo nuevo. Algo único. Algo que me deja una huella tan honda y agridulce que nunca sea capaz de olvidarlo.

Le clavé los ojos en el rostro. Era algo así como un artista frente a un trasto blanco a punto de intentar la hazaña de pintar su mejor obra. Su cara era malditamente hermosa. Uno podría perderse en ese rostro salpicado de lunares. Uno podría besarlo tanto que le dejaría moraduras violetas, de tal forma, que más que besos, quien la viera creería que la habrían golpeado con saña. Algo en su forma de ser y de decir las cosas me puso en alerta. Era esquizoide y temeraria.

—¿Y…? —dijo tras verme, viéndola de aquella forma—. Si vas a asesinarme promete algo antes, que no vas a enterrar mi cadáver. Yo soy de las que prefieren la cremación, ¿sabés? Me gusta todo eso de que el cuerpo arda en un fuego virulento hasta que lo único que quede sea un alud humeante, y después, sólo cenizas —me dijo haciendo unos ademanes muy graciosos con las manos. Era muy ingeniosa en sus diálogos.

Me la quedé mirando con los ojos entornados y con una sonrisa mordida en los labios, luego dije:—Vámonos a la mierda. Conozco un lugar mejor.

—Pero antes, terminemos la birra.

—Tengo una idea mejor —dije, y puse la botella a un costado dentro de la campera y la saqué del bar. Por lo cual todo el camino hasta casa la fuimos bebiendo.

Llegamos a la letrina que alquilaba. El lugar era un puto caos, lleno de libros desparramados por todos los rincones, botellas, bolsas y platos sucios amontonados en la cocina.

—Apuesto a que nunca estuviste en un vertedero como este.

—¿Un lugar mejor?, ¿eh?… Me gusta, tiene su toque. Ya me estaba empezando a cansar de que me llevaran siempre a departamentos ostentosos. Esto es más personal. Pero decime algo, dale: ¿cómo tuviste el coraje de traerme acá?

—Es lo que soy, nena. Puede que luego me arrepienta, pero esta noche helada no voy a esconderme de vos. Aunque algo sí te puedo asegurar, en este basurero hay más tesoros que en cualquiera de los otros lugares que hayas pisado en el pasado.

—Eso lo voy a decidir yo —chilló resuelta, mientras levantó un hombro hasta el mentón y ágil, hizo movimiento con la cabeza de tal manera que su melena se sacudió tapándole parte del rostro. Era un espectáculo contemplarla.

Recorrió la casa en silencio. Hurgó los libros; al parecer, le interesaban los tomos de filosofía y poesía. Luego fue hasta el escritorio y escarbó entre los papeles. Agarró una hoja y leyó lo siguiente:

 «“Nada puedo hacer por el momento más que esperar que las piedras que el tiempo traiga de ahora en más, sepulten, ambiciono que para siempre, el dolor que me destruye”, recuerdo que invoqué en una terrible soledad, como si el hecho de construir con apolíneas palabras una metáfora del momento que me carcomía el alma, pudiese ahogarme todavía más en un tormento sin esperanza. Estaba en el cuarto, navegaba por una especie de niebla opaca, y era incapaz de ver nada más que hacia mi pasado. Y todo, toda esa visión, juro que me destruía. Ya no estaba. La había vuelto a perder, y esta vez para siempre. Me recosté, fijé los ojos en la esquina del techo en donde había suspendida una araña que acechaba a un insecto, y repasé nuestra íntima y pequeña biografía. “¿Cómo fue que empecé a amarla?, ¿cómo fue que todo se fue al demonio?”, me pregunté. “Ah, en un día. Mi pasión nace, se desarrolla y alcanza su cenit, ¡TODO EN UN DÍA!”, me dije y supuse que de los sueños se alimentan las pesadillas. Y así me vi, viéndome, todo paralizado tratando de recordar, no sin estremecerme, cómo se había dado toda aquella fábula del infierno. Mientras tanto, aquella repugnancia negra, se movió con agilidad asombrosa y cazó a la mosca que había caído en una de las tantas redes colocadas en los recovecos de mi cuarto. La vida era un infierno, pero no quemaba a todos de la misma manera».

Luego de la lectura, se quedó un momento pensativa. Bebió un trago de la botella de whisky que estaba en el escritorio y me miró con solemnidad. Estaba como conmovida, como si algo le hubiese destapado el fuego que le roía. No hizo falta decirle que era mío.

—Podría quererte —me dijo.

—Cielos, creo que estoy enamorado de vos —arremetí. Y me arrimé hasta donde estaba y le calcé una mano en la cintura, de manera que la arrastré hacia mí y la besé.

La besé tanto esa noche que al otro día sentí la lengua tosca y pesada. Su hermoso rostro estaba desfigurado por mis besos. Le dejé espantosas ronchas en su piel blanca bañada de lunares.

Recuerdo que mientras estaba encima de ella, algunas lágrimas se me cayeron y golpearon su silueta en la oscuridad. No dijo nada, sólo besó mis ojos húmedos. No hubo penetración, no la necesitamos. La primera vez no quisimos arruinar el momento con la trivialidad de la carne. Salimos nuestros buenos meses. Juntos éramos tan explosivos que las peleas no tardaron en llegar. Estábamos demasiados inmersos uno dentro del espectro del otro. El espíritu no está hecho para combatir esa clase de pasiones.

Estaba jodidamente enamorado. Por entonces bebía más de la cuenta porque no podía reconocerme en aquella situación. Intentaba por todos los medios descifrar lo que me pasaba, lo que quería. Pero no duró. Un día se cansó de mis tonterías.

—¡A la mierda tu amor! —me gritó una noche en una borrachera—. ¡A la mierda tu amor, nene!

Sabía que lo decía en serio. Se marchó y no la volví a ver. Las singularidades pasan una vez en la vida. A veces me pregunto si habrá conseguido de esta historia, esa huella inolvidable que buscaba.

«A la mierda tu amor», todavía retumban esas palabras en mi cabeza. Me quedé con su amor y con el mío. Me quedé inventando historias para traerla de vuelta de cientos de modos distintos. Pero siempre es ella. La misma. Mi fuego. Mi amor.

Las puertas magenta de Avalón

En la resaca más terrible
donde no consigo contabilizar las horas
ni los días
donde todo asusta
por esa especie
de antinaturalidad en la apariencia
algo que se ata a lo primitivo
parece querer emerger y cobrar forma;
y unos párpados pintados de negro
que resguardan pupilas sin color
me miran fijos
casi divertidos.
Parecen acusarme y decirme:
«Lo hiciste de nuevo».
Prontamente
en el filo del puente
de unos labios magenta
una sonrisa se apresura
y me abre las puertas de Avalón.
La guedeja
como pequeñas serpientes doradas
insiste en revolcarse
sobre una cara muy blanca
y pienso
en medio de la bruma de una espantosa mañana
-todavía la recuerdo-
con sus pequeños pasos al moverse
acercándose a todo aquello
que tenga un mundo que abrazar.
Todo color se disipa y la noche se ciñe
a los hijos del Demiurgo.
Me tambaleo y me muevo hacia ningún lugar.
No hay guía ni camino.
Por más que busco
no logro columbrar ningún rastro
de la luna
en el firmamento que se dobla sobre el plano
y llego a la conclusión
de que así es mejor.
Los primeros de nosotros
tampoco la tuvieron;
el retrato mental me reconforta.

Iniciación Adánica (Hacia el primer hombre)

Puedo sentir un eco reverberando detrás de los pasos;
es el susurro holístico de los muertos que claman libertad.
Descubrí en lúgubres catacumbas, entre el fango,
plegarias y aullidos de misericordia.
Y entre tantas voces disonantes, una clamó por mi rezo:
«Lo efímero no existe», articuló en gutural voz.
«Tan sólo la finita ilusión de lo perecedero».
Y me quedé allí, absorto
divagando en el secreto que me fue revelado
embebido en el umbral
de lo que, hasta hace un momento,
parecía ser un conocimiento impenetrable.
Así estuve
hasta que espejismos ladinos me poblaron la razón.
Pronto el embrujo cobró forma
y el rostro de ninfa
-pálido y de enormes ojos verdes seráficos-
se materializó entre la bruma y me dirigió la mirada propia de los demonios.
Pensé que mi propia prisión estaba en este pasaje retorcido y lacónico.
Entonces me quité la vestidura de hombre
y poseso de la incognoscible figie de Abraxas que me observaba, bramé:
-¡Oh, encarnación de Lilith! ¡Oh, savia de la que se componen mis delirios!
¡Sangre de mi vida!, ¡endriago corrompedor de mi fruto!
Cuánto te quise y cuánto te amo.